Author Archives: Eduardo Ruiz

Los Ruidos Interiores

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Para hacer una oración provechosa hay que favorecer el silencio. Es una condición indispensable para escuchar y encontrarnos con Dios.

Y más que propiciar un silencio exterior hay que propiciar el interior; hay que ELIMINAR TODOS LOS RUIDOS que intervienen negativamente en la oración, ruidos que distraen o, incluso, impiden realizar la oración.

El silencio exterior 

Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de CERRAR LA PUERTA, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto…” (Mt 6, 6).

Muy difícilmente escucharemos a Dios si estamos sumergidos en un contexto caótico lleno agitación, de palabrería y de dispersión. Es importante el silencio de la lengua, de los medios de comunicación, de cosas y de personas.

Este silencio es el más fácil, basta con internarse en un bosque, estar en la cima de una montaña, entrar en una capilla solitaria, etc.


El silencio interior 

El encuentro con Dios se da en el silencio del alma. Es importante conocer los ruidos que también podríamos llamar “interiores” para superarlos en la serenidad.

Estos son ruidos tremendos que no nos permiten el encuentro con Dios en la oración, ya sea esta comunitaria (verbal, litúrgica) cuando se reza, como –y con mayor razón- en la personal (oración mental: contemplación, meditación) cuando se ora.

Son ruidos silenciosos que, aunque no salgan a flote, anidan en la profundidad de la persona. Son ruidos que, incluso, a la larga nos van enfermando. Recordemos algunos:


  1. El ruido del odio: Este sentimiento hace inviable la oración, pues la persona no tiene vida espiritual o vida de Dios pues prescinde del otro. Bien lo dice san Juan: “Todo el que aborrece a su hermano es un asesino” (1 Jn 3, 15).
  2. El ruido de la crítica a Dios: Cuando le reprochamos a Dios lo malo que nos pasa o vemos. Este ruido silencioso nos hace callar al ser una actitud de reproche, crea distancias y elimina deseos de diálogo con Dios. Con un sentimiento de disgusto contra Dios se impide entablar un diálogo sereno.
  3. El ruido del rencor: El enfado por algo o contra alguien, si no se elimina a tiempo, se puede convertir en rencor. Este ruido es negativo hasta para la salud física y psicológica. Aquí conviene recordar que una condición previa para la oración es tener un corazón reconciliado (Mt 5, 24).
  4. El ruido del orgullo: Este ruido silencioso es exceso de amor propio, un amor hacia los propios méritos por lo que la persona se cree superior a las demás o no necesitada de Dios.
  5. El ruido de la envidia: Este ruido silencioso hace que no se alabe a nadie ni se hable bien de alguien. Es un ruido que desconoce los propios talentos negando la acción de Dios en la propia vida, esto crea tensión contra Él.
  6. El ruido del miedo: Impide confiar en Dios y en su providencia. Incluso se cree que a Dios no le importamos.
  7. El ruido de las preocupaciones: Estas circunstancias absorben la atención. No hay la debida cercanía con Dios, hay incomunicación pues las preocupaciones generan inquietud.
  8. El ruido de la debilidad: Es prácticamente el silencio de la impotencia. Se cree que la oración no es posible, o que sea ineficaz. No se sabe qué hacer o decir en la oración y se decide no hacerla.
  9. El ruido de la acomodación en el pecado: El recuerdo del propio pecado y/o la complacencia o la instalación en el mismo es un ancla que nos impide elevarnos a Dios, o sintonizarnos con Él.

10.- El ruido de la vanidad: La inclinación a amoldarnos a la mentalidad del mundo y a sus frivolidades acaparan la atención y hacen que la oración sea inviable al no considerarla algo prioritario en la vida.

11.- El ruido del propio pasado personal: Un pasado en el que no se ha tenido experiencia ni de Dios ni de oración. Además el recuerdo de los errores del pasado crea un desasosiego e inquietud interior.

  1. El ruido de las fantasías: Una imaginación desbordada que no se controla genera fantasías de todo tipo que impiden escuchar la voz de Dios.

Conviene recordar estos ruidos y detectar otros tantos para luego reconocerlos como un problema, porque sólo de esta manera podemos hacer algo para superarlos y favorecer la oración.

Aleteia.com


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Niño Martir Cristero

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El Arzobispo de Morelia (México), Cardenal Alberto Suárez Inda, destacó la presencia de “muchos mexicanos” en Roma (Italia) para presenciar la canonización del joven cristero José Luis Sánchez del Río, cuya heroicidad durante la persecución religiosa de principios del siglo XX, es ejemplo para los católicos de hoy que enfrentan la persecución sutil de las colonizaciones ideológicas.

En declaraciones a ACI Prensa, el Purpurado recordó que desde sus inicios “la historia de la Iglesia es la historia de una Iglesia martirial”, con las persecuciones a los primeros cristianos –entre ellos Pedro y Pablo- y las ocurridas en Corea, Japón, e incluso en países con profundas raíces católicas como España y México.

Sin embargo, señaló que si bien “muchos no tenemos la gracia del martirio cruento”, sí estamos llamados a “ser heroicos en el cada día, en la vida ordinaria y esto nos invita a no desfallecer, a no dejarnos arrastrar por una corriente, sino mantenernos firmes en la fe cuando hay unas persecuciones ahora más sutiles que son, a veces, como dice el Papa, una colonización ideológica”.

“José Sánchez del Río, que de manera valiente, generosa, decidida, prefirió morir por Cristo, anhelaba el martirio como una gracia; y ahora que el Papa Francisco lo canoniza, sin duda que reconocemos que tenemos un gran intercesor y un gran ejemplo para la juventud”, afirmó.

El Arzobispo de Morelia –ubicada en el estado de Michoacán, donde está Sahuayo, el pueblo natal del futuro santo-, recordó que para México la persecución religiosa iniciada por el presidente Plutarco Elías Calles fue una “época amarga, dramática”.

Sin embargo, “la providencia de Dios ha dejado (a los mártires mexicanos) como la semilla de muchos nuevos cristianos, auténticos, y desde luego jóvenes como José Luis Sánchez del Río es sin duda un motivo de santo orgullo. No de un orgullo fatuo, sino de saber que un joven puede tener la valentía, puede tener la clarividencia, la lucidez para decir ‘me voy a ganar el Cielo, es la gran oportunidad’” y no dar “ni un paso atrás”.

En ese sentido, dijo que la decisión del futuro santo de convencer “a quienes querían liberarlo pagando la suma grande de rescate”, enseña que “lo que vale en la vida verdaderamente, más que el dinero, pues es el tesoro de nuestra fe”. Añadió que esto hoy es también un ejemplo para México, “en que se le pone precio a la vida de algunas personas”.

Por ello, el Cardenal Suárez Inda exhortó a los fieles a no dejarse llevar por las colonizaciones ideológicas, ni por “una rutina, un cansancio” o “simplemente un acostumbrarnos a un espíritu mundano”. “Necesitamos reaccionar y ser verdaderamente fieles a Jesús en la virtud, en la actitud de confianza en Dios y también de enfrentarnos a todos esos obstáculos que presenta la vida cristiana en el mundo de hoy como en cualquier época y en cualquier ambiente”, expresó.


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El Papa a JMJ Cracovia

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El Papa Francisco dirigió un emocionante discurso a los 1,6 millones de jóvenes congregados en el Campo de la Misericordia para la Vigilia de oración de la JMJ Cracovia 2016, a quienes exhortó a no confundir la felicidad con un “sofá” en el que corren el peligro de terminar “adormecidos, embobados y atontados”.

Al iniciar esta gran vigilia, el Santo Padre cruzó, tomado de las manos con seis jóvenes, la Puerta Santa colocada especialmente para la ocasión en el Campo de la Misericordia donde se realizó este esperado evento.

Luego escuchó la bienvenida del Arzobispo de Cracovia y anfitrión de esta JMJ, Cardenal Stanislaw Dziwisz.

El Purpurado dijo al Pontífice que la vigilia que se realiza en “el Campo de la Misericordia, esta vasta extensión que a nuestros ojos se convierte hoy en el gran Cenáculo de jóvenes discípulos del Maestro de Nazareth. Son una inmensa multitud de todos los continentes y naciones”.

“Cotidianamente hablan distintos idiomas, pero en estos días hablan entre ellos uno solo, el idioma de la fe, de la fraternidad y del amor. Estos jóvenes esperan también tu palabra que se expresa con el lenguaje del amor”, dijo.

Tras las palabras del Cardenal, los jóvenes hicieron varias representaciones escénicas y tres peregrinos compartieron su testimonio con los presentes.
Una polaca de nombre Natalia contó su intensa experiencia de la misericordia de Dios y cómo cambió su vida a partir de una especial confesión que tuvo hace algunos años; Rand, de Siria, narró el dolor de la guerra en su país; mientras que Miguel, de Paraguay, compartió cómo superó el flagelo de la droga con la fuerza de la fe.

El Papa pronunció luego su discurso en el que advirtió de una “peligrosa parálisis para los jóvenes” que muchas veces es difícil de identificar: “me gusta llamarla la parálisis que nace cuando se confunde ‘felicidad’ con un ‘sofá’. Sí, creer que para ser feliz necesitamos un buen sofá”.

“Un sofá que nos ayude a estar cómodos, tranquilos, bien seguros. Un sofá –como los que hay ahora modernos con masajes adormecedores incluidos– que nos garantiza horas de tranquilidad para trasladarnos al mundo de los videojuegos y pasar horas frente a la computadora”.

“Un sofá contra todo tipo de dolores y temores. Un sofá que nos haga quedarnos en casa encerrados, sin fatigarnos ni preocuparnos. La ‘sofá-felicidad’ es probablemente la parálisis silenciosa que más nos puede perjudicar, la juventud. ¿Y por qué sucede esto Padre? Porque poco a poco, sin darnos cuenta, nos vamos quedando dormidos, nos vamos quedando embobados y atontados. Ayer hablaba de los jóvenes que se jubilan a los 20 años, hoy hablo de los jóvenes adormecidos, embobados, atontados”.

El Papa cuestionó a los jóvenes presentes: “¿Quieren ser jóvenes adormecidos, embobados, atontados? ¿Quieren que otros decidan el futuro por ustedes? ¿Quieren ser libres? ¿Quieren luchar por su futuro? No están muy convencidos, eh. ¿Quieren luchar por su futuro?”, a lo que los peregrinos respondieron con un gran “¡Sí!”

“Queridos jóvenes –continuó Francisco– no vinimos a este mundo a ‘vegetar’, a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella”.

El Santo Padre explicó que “cuando optamos por la comodidad, por confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy, pero que muy caro: perdemos la libertad. No somos libres para dejar una huella, perdemos la libertad”.

“Este es el precio y hay mucha gente que quiere que los jóvenes no sean libres, que sigan atontados, embobados, adormecidos. Esto no puede ser, debemos defender nuestra libertad”, exhortó.

El Papa recordó que “Jesús es el Señor del riesgo, el Señor del siempre ‘más allá’. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados”.

“Podrán decirme: ‘Padre pero eso no es para todos, sólo es para algunos elegidos’. Sí, es verdad, y estos elegidos son todos aquellos que estén dispuestos a compartir su vida con los demás”.

El Señor, al igual que en Pentecostés, continuó el Papa, “quiere realizar uno de los mayores milagros que podamos experimentar: hacer que tus manos, mis manos, nuestras manos se transformen en signos de reconciliación, de comunión, de creación” y cuestionó “¿Y tú qué cosa respondes? ¿Sí o no?”

“Me dirás, Padre, pero yo soy muy limitado, soy pecador, ¿qué puedo hacer? Cuando el Señor nos llama no piensa en lo que somos, en lo que éramos, en lo que hemos hecho o de dejado de hacer. Al contrario: Él, en ese momento que nos llama, está mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos capaces de contagiar. Su apuesta siempre es al futuro, al mañana. Jesús te proyecta al horizonte, nunca al museo”.

El Pontífice resaltó luego: “hoy Jesús, que es el camino, a ti, a ti, a ti, te llama a dejar tu huella en la historia. Él, que es la vida, te invita a dejar una huella que llene de vida tu historia y la de tantos otros. Él, que es la verdad, te invita a desandar los caminos del desencuentro, la división y el sinsentido”.

“¿Te animas? ¿Qué responden ahora, quiero ver tus manos y tus pies al Señor, que es camino, verdad y vida? Que el Señor bendiga sus sueños, gracias”, concluyó el Papa Francisco.

(ACI Prensa)


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Las 6 vias de la Humildad

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Los santos afirman con claridad que la humildad es el fundamento de toda creencia espiritual. Si no somos humildes, no somos santos. Así de simple. Pero por muy sencillo que sea saber que debemos ser humildes, no siempre es fácil poner en práctica esta virtud. Aquí disponen de seis métodos para cultivar la virtud de la humildad.

  1. REZAR PIDIENDO LA VIRTUD DE LA HUMILDAD

Toda virtud toma forma en el alma gracias a la práctica frecuente de la oración. Si deseáis realmente ser humildes, rezad todos los días por recibir esta gracia. Pedid a Dios que os ayude a derrotar a vuestro amor propio. Como enseñaba el santo cura de Ars:

Cada día deberíamos pedir a Dios con todo nuestro corazón por la virtud de la humildad y la gracia de comprender que no somos nada por nosotros mismos, y que nuestro bienestar corporal y espiritual viene sólo de Él.

Para ello, os recomiendo encarecidamente una hermosa oración conocida como Letanías de la humildad.

  1. ACEPTAR LA HUMILLACIÓN

Tal vez la manera más dolorosa, pero también la más eficaz, de aprender humildad sea la de aceptar las circunstancias humillantes y embarazosas. En palabras del padre Gabriel de Santa Marie-Madeleine:

Muchas almas querrían ser humildes, pero pocas desean la humillación. Muchos piden a Dios rezando fervorosamente por que les haga humildes, pero muy pocos desean ser humillados. Sin embargo, es imposible obtener la virtud de la humildad sin las humillaciones; de igual forma que a través del estudio podemos adquirir conocimiento, es a través del camino de la humillación que podemos lograr humildad.

Mientras deseemos la virtud de la humildad pero no estemos dispuestos a aceptar los medios que conducen a ella, no estaremos verdaderamente en el buen camino para adquirirla. Incluso si en algunas situaciones somos capaces de actuar humildemente, podría ser solamente el resultado de una humildad superficial y aparente, en vez de una humildad real y profunda. La humildad es la verdad; por consiguiente, decimos que, puesto que no poseemos nada por nosotros mismos, a excepción del pecado, es justo que recibamos humillación y desprecio.

  1. OBEDECER A LA AUTORIDAD

Una de las manifestaciones más evidentes de orgullo es la desobediencia. Paradójicamente, la desobediencia y la rebelión son aclamadas como grandes virtudes en la sociedad occidental moderna. La caída de Satán fue a causa de su orgullo: Non serviam, “No serviré”.

Por otro lado, la humildad se manifiesta siempre como obediencia a la autoridad, ya esté representada por un jefe o por el gobierno. Como decía san Benito:

El primer grado de humildad es la obediencia sin demora.

  1. DESCONFIAR DE UNO MISMO

Los santos nos dicen que si desconfiáramos de nosotros mismos y depositáramos nuestra confianza únicamente en Dios, entonces nunca cometeríamos ningún pecado. El sacerdote y escritor Lorenzo Scupoli llegó incluso a decir que:

La desconfianza en uno mismo es indispensable en el combate espiritual. Sin esta virtud, no podemos esperar vencer nuestras más débiles pasiones, y aún menos conseguir la victoria.

  1. RECONOCER QUE NO SOMOS NADA

Otro medio muy eficaz de cultivar la humildad es meditar sobre la grandeza y el esplendor de Dios, reconociendo al mismo tiempo nuestra propia nulidad en comparación a Él. El cura de Ars afirma que:

¿Quién podrá contemplar la grandeza de un Dios, sin anonadarse en su presencia, pensando que con una sola palabra ha creado el cielo de la nada, y que una sola mirada suya podría aniquilarlo? ¡Un Dios tan grande, cuyo poder no tiene límites, un Dios lleno de toda suerte de perfecciones, un Dios de una eternidad sin fin, con la magnitud de su justicia, con su providencia que tan sabiamente lo gobierna todo y que con tanta diligencia provee a todas nuestras necesidades! ¡Ante Él no somos nada!

  1. CONSIDERAR A LOS DEMÁS SUPERIORES A UNO MISMO

Cuando somos orgullosos, pensamos inevitablemente que somos mejores que los demás. Rezamos como el fariseo: “Señor, te doy gracias porque no soy como los demás hombres”. Esta satisfacción con uno mismo es increíblemente peligrosa para nuestras almas y es una abominación para Dios. Las Escrituras y los santos afirman que el único camino seguro consiste en considerar que los demás son mejores que nosotros mismos. “No hagan nada por rivalidad o por orgullo, sino con humildad, y que cada uno considere a los demás como mejores que él mismo”, afirma san Pablo (Fil 2:3).

Tomás de Kempis resume esta enseñanza en el capítulo 7 de su clásico La Imitación de Cristo:

No te estimes por mejor que otros, porque no seas quizá tenido por peor delante de Dios, que sabe lo que hay en el hombre. No te ensoberbezcas de tus buenas obras, porque de otra manera son los juicios de Dios que los de los hombres, y a Él muchas veces desagrada lo que a ellos contenta. Si tuvieres algo bueno, piensa que son mejores los otros, porque así conservas la humildad. No te daña si te pusieres debajo de todos; mas es muy dañoso si te antepones a sólo uno. Continua paz tiene el humilde; mas en el corazón del soberbio hay emulación y saña frecuente.

CONCLUSIÓN

No cabe duda al respecto: la humildad es el fundamento de toda vida espiritual. Sin esta virtud, jamás podremos progresar en santidad. Sin embargo, la humildad no es simplemente una abstracción para ser admirado. Es una virtud que aprender y practicar en las circunstancias de la vida cotidiana, a menudo dolorosas. Hagamos todo lo posible para ser siempre humildes, a imagen de Jesucristo, que “renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo, haciéndose como todos los hombres”.


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Fiesta de Santo Tomás

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Es un apóstol especialmente simpático. Algún autor al hablar de él lo muestra como melancólico, pero los pocos datos que nos brindan los evangelios más bien nos revelan una personalidad muy humana y llena de franqueza. Tanto sus aciertos como sus debilidades manifiestan a un hombre claro y sencillo, algo rudo, pero recto y noble. No se advierten en Tomás los matices de algunos intelectuales excesivamente atentos a los matices, va directo al meollo de la cuestión cueste lo que cueste. Esto es muy claro cuando anima a los demás a ir a morir con Jesús. No es la reacción de un cobarde la suya. Igualmente cuando pregunta por el camino para seguir al Señor se advierte que lo hace con sinceridad y no como una vaga inquietud intelectual. Sus mismos errores -la famosa incredulidad- nos revela un hombre que sufre en su oscuridad, pero que no se separa de sus amigos. Incluso el hecho de su tardanza en volver con los suyos muestra el dolor del que está dispuesto a morir por aquel a quien quiere, pero que, de hecho, fue cobarde y huyó. No se sabe perdonar a sí mismo y el dolor le impide la vuelta. Todos estos rasgos, brevemente esbozados, nos revelan a un hombre de bien, aunque tuviera defectos.

Su nombre es simpático. Tomás significa en arameo “mellizo” o “gemelo”, y se le llamaba también con la traducción griega del mismo “Dídimo”. Era bastante frecuente utilizar un doble nombre, más aún cuando así puede moverse en ámbitos lingüisticos distintos. Parece que el nombre no era conocido en la antigüedad, lo que nos lleva a pensar que le quedó el apodo después de un nacimiento gemelar. Siempre ha resultado simpático el hecho de contemplar dos personas casi iguales, más aún si son niños. Los hechos son que este apóstol aporta un nombre nuevo ampliamente usado hoy día.

Sus silencios tienen algo de agradable, pues no habla cuando no tiene nada que decir, pero cuando habla sus palabras son de una intensidad que no puede dejar indiferente a nadie. Los pocos datos que tenemos nos dejan ver a un hombre duro y fuerte, sencillo y franco, fiel, que hasta en sus errores deja entrever su nobleza.

Valiente

Cuando Jesús es avisado por Marta y María de que Lázaro estaba enfermo y decide ir a Jerusalén, Tomás dice unas palabras que le salen del alma: “Vayamos también nosotros y muramos con él” . Para comprender en toda su verdad estas palabras del valiente Tomás conviene que conozcamos el ambiente en el que fueron dichas.

No es fácil precisar la fecha de la resurrección de Lázaro, pero se dió entre la fiesta de la luz y la pascua. La tensión entre los representantes judíos y Jesús iba creciendo de día en día. Cuando curó al ciego de nacimiento después de un interrogatorio ridículo y lleno de mala voluntad, le expulsaron de la sinagoga, porque afirmaba que Jesús obraba con el poder de Dios . Más adelante, tras su manifestación como buen Pastor, “se produjo de nuevo disensión entre los judíos a causa de estas palabras. Muchos de ellos decían: Está endemoniado y loco, ¿por qué le escucháis?. Otros decían: Estas palabras no son de quien está endemoniado. ¿Acaso puede un demonio abrir los ojos a los ciegos?” .

Pero la confrontación llega a un extremo insoportable cuando después de decir Jesús que el Padre y Él eran uno, “los judíos cogieron de nuevo piedras para lapidarle” , e “intentaban prenderlo otra vez, pero se escapó de sus manos. Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán” . Allí estaba cuando se decide a acudir a Betania que estaba a tres kilómetros de Jerusalén. De hecho después de la resurrección de Lázaro muchos creyeron en Él, pero en cambio sus enemigos enconan la persecución, “algunos de ellos fueron a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. entonces los Pontífices y los fariseos convocaron el Sanedrín y decían: ¿Qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos milagros? Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación” . Y deciden oficialmente matarle. “entonces Jesús ya no andaba en público entre los judíos, sino que se marchó de allí a una región cercana al desierto, a la ciudad llamada Efraín, donde se quedó con sus discípulos” .

Este es el contexto en el que Tomás anima a sus compañeros a no abandonar al Maestro y seguirle hasta la muerte. Quizá no entendía muy bien la estrategia del Señor, y no podía calibrar la espera de la Pascua por parte de Jesús en la cual se realizaría el sacrificio perfecto del Cordero Pascual, pero era consciente del peligro que rodeaba al Señor, y no lo veía todo. A pesar de todo está dispuesto a luchar por defenderle, y ni pasa por su mente abandonarle en aquellos momentos tan distintos de los que vivió dos años antes cuando se decidió a seguir al Maestro sabio que hacía milagros.

Muchas cosas habían pasado en aquellos casi tres años. No nos queda ni una palabra de Tomás, pero su desarrollo interior debió ser muy similar al de los demás, si exceptuamos a Judas Iscariote: crecer en la fe, en la esperanza y en la caridad. Tomás exterioriza ese cambio con un ademán valiente y decidido

Dadas las circunstancias, la exclamación de Tomás animando a los demás a seguir a Jesús aunque estén en peligro de muerte no es una exageración, sino algo muy real. Al mismo tiempo debió ser algo que surge de una meditación lenta como dice Aristóteles: “conviene reflexionar con lentitud lo que ha de hacerse, pero una vez pensado, realizarlo rápidamente” . A lo que comenta Santo Tomás: “La acción pronta es recomendable después del consejo, que es el acto propio de la razón. Pero el querer obrar rápidamente antes del mismo no sería laudable, sino vicioso, porque sería precipitar la acción, lo cual es opuesto a la prudencia. La audacia es digna de alabanza cuando, ordenada por la razón, favorece la celeridad de la obra ” . Tomás no es un valiente temerario, sino un valiente que ha reflexionado a fondo los hechos y supera el temor incluso ante la muerte.

Es cierto que se puede distinguir teóricamente entre la valentía humana y la sobrenatural. Pero en la práctica son actos del hombre valiosos y dignos de premio. La gracia empujó a Tomás a manifestar su lealtad hasta la muerte, pero podía haber desoído este impulso generoso. El motivo que le mueve es el amor a Jesús, “amor al que no intimidan las adversidades ni la muerte”. Pero ese amor debe haberse instalado en el alma como una virtud , no sólo como un vago sentimiento, es decir como amor fuerte “que no se deja espantar fácilmente por el temor de la muerte” .

También fue la fe la que movió a Tomás, pero aquí podemos añadir que se trata de una fe todavía imperfecta y demasiado humana. Basta observar dos cosas: la Virgen Santísima no hace esas declaraciones y es fiel a la hora de la Cruz porque sabe que la muerte de Cristo es un Sacrificio; en cambio Tomás huyó cuando ve que Jesús no quiere defenderse, lo que indica que no le entendía aún lo suficiente. Buena fue la valentía, pero al tener una fe poco sobrenatural, falló ante el peligro que hubiera asumido con arrojo si se hubiese tratado de una batalla, aunque fuese con todas las de perder.

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El Espíritu Santo y La Iglesia

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La Iglesia, comunión viviente en la fe de los apóstoles que ella transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu Santo:

  • en las Escrituras que El ha inspirado;
  • en la Tradición, de la cual los Padres de la Iglesia son testigos siempre actuales;
  • en el Magisterio de la Iglesia, al que El asiste;
  • en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos, en donde el Espíritu Santo nos pone en comunión con Cristo;
  • en la oración en la cual El intercede por nosotros;
  • en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la Iglesia;
    en los signos de vida apostólica y misionera;
  • en el testimonio de los santos, donde El manifiesta su santidad y continúa la obra de la salvación.

La Iglesia reconoce al Espíritu Santo como santificador. El Espíritu Santo es fuerza que santifica porque Él mismo es “espíritu de santidad“. La Iglesia nacida con la Resurrección de Cristo, se manifiesta al mundo por el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Por eso aquel hecho de que “se pusieron a hablar en idiomas distintos”, para que todo el mundo conozca y entienda la Verdad anunciada por Cristo en su Evangelio.

La Iglesia no es una sociedad como cualquiera; no nace porque los apóstoles hayan sido afines; ni porque hayan convivido juntos por tres años; ni siquiera por su deseo de continuar la obra de Jesús. Lo que hace y constituye como Iglesia a todos aquellos que “estaban juntos en el mismo lugar” (Hch 2,1), es que “todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2,4).

Todo lo que la Iglesia anuncia, testimonia y celebra es siempre gracias al Espíritu Santo. Son dos mil años de trabajo apostólico, con tropiezos y logros; aciertos y errores, toda una historia de lucha por hacer presente el Reino de Dios entre los hombres, que no terminará hasta el fin del mundo, pues Jesús antes de partir nos lo prometió: “…yo estaré con ustedes, todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28,20).


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¿Trabajas para Vivir o Vives pata Trabajar?

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“¿Vivo para trabajar o trabajo para vivir?” Esta es una pregunta que la mayoría de las personas se hacen en algún momento de su vida. Y es que en algunas ocasiones, el trabajo se puede volver tan absorbente, que lleva a descuidar las otras áreas del desarrollo (personal, familiar, social, física, espiritual). De ahí que en el marco del Día del Trabajo que se celebra el primero de mayo, hablaremos de cómo encontrar un balance armónico entre los diversos espacios.

El trabajo representa numerosas bondades para el hombre; es fuente de conocimiento, aprendizaje y autorrealización, es un canal de servicio y es la forma de conseguir el sustento para asegurar la supervivencia. Además el trabajo constituye una de las principales actividades de la vida humana si se considera desde la cantidad de tiempo y esfuerzo que se le dedica, así como lo explica Aquilino Polaino-Lorente, doctor, psiquiatra y experto en psicopatología:

“Es a través del trabajo que el hombre se perfecciona pues desarrolla e incrementa en sí los valores que le hacen más o menos valioso: simultáneamente que realiza la actividad a la que se entrega, él mismo se autorrealiza en ella.” Y añade: “Las consecuencias generadas por esa actividad reobran sobre su autor, contribuyendo a configurar y moldear su personalidad. Precisamente por esto, no es indiferente el modo en que el hombre realiza su trabajo.”

No obstante, por diversos factores, el trabajo puede convertirse en una adicción. ¿En qué consiste?

Qué es y qué no es adicción al trabajo

No es lo mismo esforzarse por hacer bien el trabajo, ser eficiente y afrontar con responsabilidad las funciones laborales, que ser un adicto al trabajo; conviene diferenciar entre los comportamientos que son patológicos y los que no lo son.

Como en todo tipo de adicción existe una relación de dependencia, en este caso al trabajo, hasta convertirse en una situación perjudicial que termina por afectar la vida familiar y social, incluso puede producir deterioro físico, mental y emocional de quien la padece.

El término “Workaholic” proviene de Norteamérica, surge en los años 70 de la unión de las palabras “trabajo” (work) y “alcoholismo” (alcoholism). Introduce los rasgos característicos del comportamiento alcohólico al ámbito del trabajo y del mundo laboral.

En los últimos años este concepto ha sido el foco de diversas publicaciones. Por lo general, las definiciones de los estudiosos en el tema, explican que el adicto al trabajo se caracteriza por una excesiva dedicación laboral como único objetivo vital, por su desinterés por todo lo que no sea su trabajo y por su incapacidad para dejar de trabajar.

“Estos adictos poseen un abanico motivacional sólo reducido al trabajo, y esto constituye un empobrecimiento biográfico y personal, además de un atentado a sus deberes familiares y sociales.” Explica Lorente.

Perfil del adicto al trabajo

Siguiendo a los especialistas, algunas de las manifestaciones más frecuentes son:

– Pensar en el trabajo cuando no se está trabajando.

– No tomar vacaciones.

– Ansiedad e inseguridad ante responsabilidades laborales.

– Compromiso excesivo y compulsivo con la actividad profesional.

– Para las mujeres: aumento de poder dentro del matrimonio; renuncia a procrear para resolver el conflicto entre las demandas de maternidad y logros profesionales; multiplicación del trabajo total realizado como consecuencia de no poder eliminar sus responsabilidades en el hogar y en la educación de sus hijos…

– Personalidades obsesivas que controlan su ambiente y evitan situaciones novedosas, lo que contribuye a disminuir su inseguridad personal.

– Imposibilidad de abandonar, al final de la jornada, un trabajo inacabado.

– Incapacidad de negarse ante nuevas propuestas laborales.

– No disponer de un sistema de prioridades estables.

– Ser acusado por sus familiares de que muestra más interés por el trabajo que por ellos.

– Ser competitivo en cualquier actividad, incluso cuando practica deportes en familia.

– Impaciencia.

– Sentido de culpa cuando no se trabaja.

– Sus “entretenimientos” tienen que ver con su profesión.

– Esperar que todos trabajen como él.

– Dificultad para implicarse en las actividades de los otros.

– Experimentar placer cuando relata lo mucho y lo duro que trabaja.

En busca del balance armónico

La adicción al trabajo podría entenderse como consecuencia del cambio social experimentado en la forma de valorar el trabajo, cada vez más asociado a elementos como poder, estatus social, éxito y “felicidad”, que hacen de la actividad laboral el centro de la vida de muchas personas.

Resulta necesario entonces esclarecer dos tipos de balance: trabajo-familia y trabajo-ocio. Si el resultado en estos dos balances es disarmónico, se concluye que existe una adicción al trabajo. La regla de oro en este planteamiento está enfocada a buscar el sano y necesario equilibrio, pues sin duda existe la fórmula para desarrollarse en los diversos ámbitos de la vida sin tener que sacrificar ninguno de ellos.

Fuentes: encuentra.com, eluniversal.com, workaholics-anonymous.org

Artículo publicado por Aleteia.org


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Domingo de Resurrección

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Celebramos la Pascua Victoriosa de Cristo Resucitado. Es la gran noticia que la Iglesia sigue anunciando en el mundo Cristo, el Amado, vive, fue como un beso del Padre al cuerpo roto y ensangrentado de su Hijo y lo llenó de Espíritu de vida. Cristo vive y está siempre con nosotros.

La fuerza de la resurrección se me da para que también yo la comunique. Esto obliga a luchar contra las fuerzas que producen muerte, a situarnos junto a los cricificados, a resucitar lo que va muriendo, a alentar a lo que va naciendo.

¿Qué pasa en nuestro mundo?

A veces nos desanimamos pensando que ni la sociedad ni la Iglesia se renuevan positivamente, que la injusticia campea libremente, que los sistemas económicos y financieros son perversos, y en ellos vivimos tranquilamente instalados, que el mundo sigue roto y la Iglesia dividida, que la gente pasa de todo tipo de utopías, que el consumismo todo lo materializa, y sentimos la tentación de gritar ¿Hasta cuándo?

La respuesta de Dios es la resurrección de Cristo y un sí a la vida y a todas nuestras más profundas aspiraciones.

Un sí a la creación sin límite.

La resurrección es un sí de Dios a la vida humana. Es un no a la vida entendida como absurdo, como frustración y sin sentido.

Mira a tu alrededor, busca señales de la resurrección de Cristo. Verdad que existen y son palpables.

¿Qué nos dice la Palabra de Dios?

* Ver Hch. 10; 34a 37-42

En el país de los judíos, empezando en Galilea, en la época de Juan, apareció Jesús de Nazaret, ungido de Espíritu, por eso le llamamos “Cristo”, que pasó entre nosotros chorreando gracia y libertad. Sin duda que era presencia, sacramento vivo de Dios. Fue Dios mismo el que pasó entre nosotros para salvamos.

* Ver Col. 3; 1-4

En la Pascua todo es nuevo: el fuego, la luz, el agua, la levadura, los vestidos. Todo con la marca de Jesucristo. Es obvio que han de cambiar nuestras actitudes, nuestros gustos, nuestros sentimientos, nuestros comportamientos, nuestras ideas.

* Ver Jn 20; 1-9

Se nos describe con todo detalle las experiencias de la resurrección de Jesús. Una mujer es la primera que se asoma al misterio. Cuando todo estaba oscuro, hay mujeres que tienen las lámparas encendidas.

Para la vida:

– ¿Qué estilo de vida debe tener un cristiano que quiere vivir la resurrección de Jesús?

– ¿Cómo es tu estilo de vida como cristiano?

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– ¿Qué debes cambiar para que sea transparencia de Cristo resucitado?

Un rato de oración:

Queremos madrugar para encontrarte:

… y vivir la vida contando con tu presencia.

Terminaron contigo, pero tú te quedaste entre nosotros.

Tu presencia nos invade, tu fuerza nos envuelve,

tu ejemplo nos entusiasma y tu luz nos ilumina.

Queremos madrugar cada día para encontrarte,

para no despistamos y vivir sin ti..

Ellas, las más tempranas, descubrieron tu presencia entre nosotros.

Otros nos adormilamos y comenzamos el día sin contar contigo,

sin damos cuenta de que caminas la vida a nuestro lado.

Queremos madrugar para salir al encuentro del hermano,

para que las prisas no nos hagan correr indiferentes,

sin importamos su vida, sin compartir los dificultades cotidianas,

sin comunicarnos desde el hondón,

haciéndonos buenos amigos y compañeros del camino de la vida.

Queremos madrugar para disfrutar, para vivir resucitados,

fortalecidos por tu impulso, entusiasmados por tu propuesta,

comprometidos en tu tarea.

Tu impulso, Señor, viene para despertar en nuestro interior

la luz y el deseo de liberar y alegrar a los hermanos.

Queremos madrugar porque nuestra alma estaba turbada,

nuestro ego nos tenía distraídos y Tú, Señor, nos despiertas a la misericordia,

al vivir para los demás, a ser solidarios y liberadores.

Queremos madrugar porque, a pesar de las noches oscuras,

Tú nos invitas a seguir tu proyecto, a la entrega total,

Tú nos sacas de nuestras miserias y nos haces misericordia.

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Viernes Santo

con El

Una breve introducción para comprender mejor el sentido de este día en la Semana Mayor

VIERNES SANTO: DIOS SE HA HECHO DEBIL, HASTA MORIR

La muerte de una persona siempre es un misterio incomprensible. A medida que se va sumergiendo en las aguas del mar de la muerte, su experiencia se va haciendo más impenetrable: ¿qué siente? ¿qué sufre? ¿que piensa? ¿cuánto pasa? El misterio es mayor en la muerte de Cristo. Imposible penetrar en su hondura.

El Dios del Antiguo Testamento es un Dios grande, poderoso, vencedor de sus enemigos. Es el Dios del Sinaí, que viene acompañado de rayos y truenos, que se manifiesta en la zarza ardiente, y en el monte humeante. El Dios que arranca los cedros de raiz, que se sienta sobre el aguacero. El Dios de las plagas de Egipto, que mata a los primogénitos del país, el Dios que separa las aguas del mar Rojo. El Dios que hace caer serpientes en el desierto, el Dios que hace brotar agua de la roca.

Pero he ahí que el Dios que los judíos nunca pudieron comprender que tuviera un Hijo, Jesús, es un Dios débil y humillado, anonadado. Vendido por Judas, negado por Pedro, juzgado por el sanedrín, por Herodes y por Pilato. Condenado a muerte, escarnecido en la Cruz, insultado por los ladrones y por los Sumos Sacerdotes: “Si eres hijo de Dios, sálvate y baja de la Cruz” (Mt 27,40). Movían la cabeza. No se puede salvar. Jesús callaba. Dios muere. Su muerte no es una muerte heroica y grande, sino humillante y dolorosa.

La inspiración del poeta ha intuído la inmensa e infinita angustia del hombre Jesús:

“El subía bajo el follaje gris,
todo gris y confundido con el olivar,
– y metió su frente llena de polvo
– muy dentro de lo polvoriento de sus manos calientes (Rilke).

Se eclipsó en el Hombre Dios.

Cortinas espesas de sangre
oscurecieron la faz del Padre…

El Hombre tirita despavorido…

Debilidad de un enfermo
que, con la fiebre agarrotando
sus miembros temulentos,
tiembla de frío y de miedo
ante un dragón que lo engulle.

Lámpara torturada de sangre
que amanece como rocío
de gotas redondas
que forman ríos desolados y dolorosos
de un planeta hundido
en la soledad sideral.

Desolación inmensa de un océano
de torturas diabólicas
de campos de exterminio.

Presencia mística de todo el pecado
en la imaginación cinematográfica
del Hombre que ve lúcidamente
resquebrajarse horrorosamente
los cimientos del cosmos.

La negra traición disfrazada,
los matorrales espinados del odio,
la cínica hipocresía, el fariseísmo
de todas las inmensas injusticias.

Soledad, silencio, angustia…

Abandono, desolación, sequedades.

Llamada a participar en el trago
amargo del Maestro,
hasta que te haga feliz
ser latido en su estertor.

Jesús aceptó la dureza de lo inevitable. Conocía perfectamente la suerte de los profetas que le precedieron. No había pasado mucho tiempo desde que Juan Bautista fuera asesinado por Herodes. Los gobernantes pretendían escarmentar al pueblo torturando atrozmente y asesinando a los profetas. Jesús es arrestado y llevado ante el tribunal de la ciudad. Luego viene el juicio injusto. Testigos falsos, infracción del derecho de defenderse y, por último, condena a muerte. Todo estaba preparado de antemano. Por ello, Jesús no insiste en su defensa. Él sabía perfectamente que su condena estaba decidida con anticipación por el sanedrín. Después, llevan a Jesús ante Pilato, hombre violento y precipitado. Como él no podía enemistarse con el sanedrín, el juicio resulta ser sólo una farsa. Iban a matar a Jesús porque ponía en riesgo la credibilidad del sistema religioso, político y económico. Luego, le imponen la cruz y lo empujan, junto con otros dos, hacia el lugar de la ejecución. Los condenados siempre andaban con paso vacilante porque habían sido flagelados. El paso vacilante de los condenados a muerte causaba una fuerte impresión entre los espectadores. Algunos de ellos percibían la injusticia que se le infligía a Jesús. Ellos sabían que Él era un hombre que únicamente “pasaba haciendo el bien y sanando a cuantos estaban oprimidos” (Hch 10, 38). Cae por tierra y es levantado a fuerza de gritos, insultos y golpes. El camino se desdibujaba ante sus ojos doloridos. La vía hacia el calvario fue un lento y tortuoso avance hacia la muerte. La colina del Gólgota o “calavera” es símbolo del exterminio humillante. Jesús despojados de todo y del todo, incluso de las ropas que le quedaban. Jesús lo entrega todo hasta el límite.

Sobre la cruz fue colocado un letrero que decía: “Jesús rey de los judíos”. Y la burla no podía ser mayor. Tenía por trono un patíbulo y por comitiva dos proscritos crucificados.

La crucifixión era la máxima pena que imponía el imperio. Era un castigo tan denigrante que estaba reservado únicamente para los esclavos. Tener algún parentesco, familiaridad o amistad con un condenado a la cruz era causa del repudio social. Jesús fue condenado a morir en la cruz, como sedicioso. A la comunidad de seguidores de Jesús le costó un enorme esfuerzo explicar el sentido de la crucifixión de Jesús. Ellos proponían como salvador de la humanidad a un hombre que murió proscrito por la ley. Los discípulos tenían que anunciar al “Dios crucificado”.

La cruz se convirtió, con el tiempo, en el símbolo de los cristianos. Ya no tiene el significado de rebeldía y maldición que tenía en el mundo antiguo. Hoy es inclusive un artículo forjado en metales y piedras preciosas. Hoy, las cruces ya no son de madera. La cruz es la realidad cotidiana de dos personas que se atormentan mutuamente sin llegar a formar un hogar. La cruz es la falta de oportunidades para desarrollarse como personas. La cruz es la realidad de miseria que inunda calles, montañas y ciudades como un torbellino incontenible. El paso vacilante de los emigrantes y de los desplazados por la violencia marca el ritmo de la civilización occidental. La humanidad ha ganado en derechos y en conciencia de su acción en el mundo. Pero, también ha multiplicado la miseria y el sufrimiento. Hoy sigue siendo Viernes Santo.

Juan Pablo II en su visita a la Basílica del Santo Sepulcro, dijo: Siguiendo el camino de la historia de la salvación, narrado en el Credo de los apóstoles, mi peregrinación jubilar me ha traído a Tierra Santa. Desde Nazaret, donde Jesús fue concebido de la Virgen María por el poder del Espíritu Santo, he llegado a Jerusalén, donde «padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado». Aquí, en la Iglesia del Santo Sepulcro, me arrodillo delante de su sepultura: «Ved el lugar donde le pusieron» (Marc 16,6). La tumba está vacía. Es un testigo silencioso del acontecimiento central en la historia de la humanidad: la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Desde hace casi dos mil años, la tumba vacía ha sido testigo de la victoria de la Vida sobre la muerte. Junto a los apóstoles y a los evangelistas, y junto a la Iglesia en todo tiempo y lugar, nosotros también hemos sido testigos y proclamamos: «¡El Señor ha resucitado!». Resucitado de entre los muertos, Él ya no muere más; la muerte no tiene ya dominio sobre Él (Rom 6,9). «Mors et vita duello confixere mirando; dux vitae mortuus, regnat vivus» El Señor de la Vida estaba muerto; ahora reina, victorioso sobre la muerte, la fuente de vida eterna para todos los creyentes.

En esta iglesia, «la madre de todas las Iglesias» (san Juan Damasceno), donde nuestro Señor Jesucristo murió para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn 11,52), le pedimos al Padre de las misericordias que fortalezca nuestro deseo por la unidad y la paz entre todos los que hemos recibido el regalo de una nueva vida por medio de las aguas salvadoras del Bautismo.

«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). El evangelista Juan nos dice que después de la resurrección de Jesús entre los muertos, los discípulos se acordaron de estas palabras, y creyeron (Jn 2,23). Jesús había dicho estas palabras para que sirvieran como señal para sus discípulos. Cuando Él y los discípulos visitaron el Templo, arrojó fuera del santo lugar a los cambistas y vendedores (Jn 2,15). Cuando los presentes protestaron diciendo: «¿Qué señal nos muestras para obrar así?», Jesús respondió: «Destruid este templo y, en tres días, lo levantaré». El Evangelista advierte que «Él hablaba del Templo de su cuerpo» (Jn 2,18). La profecía contenida en las palabras de Jesús se realizó en la Pascua, cuando «al tercer día resucitó de entre los muertos». La resurrección de nuestro Señor Jesucristo es la señal que pone de manifiesto que el Padre eterno es fiel a su promesa y engendra una nueva vida de la muerte: «la resurrección del cuerpo y la vida eterna». El misterio se refleja claramente en esta antigua Iglesia de la «Anástasis», que contiene ambas, la tumba vacía, signo de la Resurrección, y el Gólgota, lugar de la Crucifixión. La buena nueva de la resurrección nunca se puede separar del misterio de la Cruz. Hoy, san Pablo nos dice en la segunda lectura: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Cor 1,23). Cristo, se ofreció a sí mismo como oblación vespertina en el altar de la cruz (Sal 141,2), ahora ha sido revelado como «el poder y la sabiduría de Dios» (1 Cor 1,24). Y en su resurrección, los hijos e hijas de Adán participan de la vida divina que era suya desde toda la eternidad, con el Padre, en el Espíritu Santo.

La resurrección de Jesús es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar del nacimiento de una humanidad nueva y resucitada, la promesa de una historia caracterizada por los dones mesiánicos de paz y gozo espiritual. En la aurora del nuevo milenio, los cristianos pueden y deben mirar el futuro con una confianza firme en el glorioso poder del Resucitado, quien hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5). Él libera a la creación de la esclavitud de la caducidad (Rom 8,20). Con su Resurrección, abre al camino al descanso del Gran Sábado, el Octavo Día, cuando la peregrinación de la humanidad llegue a su fin y la voluntad de Dios sea en todo en todos (1 Cor 15, 28).

Aquí, en el Santo Sepulcro y en el Gólgota, mientras renovamos nuestra profesión de fe en el Resucitado, ¿podemos poner en duda que el poder del Espíritu de la Vida nos dará la fuerza para vencer nuestras divisiones y trabajar juntos en la construcción de un futuro de reconciliación, unidad y paz? Aquí, como en ningún otro lugar en la tierra, escuchamos a nuestro Señor decirle de nuevo a sus discípulos: «No tengáis miedo, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

“El velo del Templo se rasgó” (Lc 23,45). Ante la debilidad de Dios, debe rasgarse también nuestro concepto de Dios. Debemos aceptar a un Dios humillado, que se encarna en la debilidad humana y que quiere ser el servidor y el que está en los pequeños, en los sin cultura, en los marginados: “lo que hacéis a uno de mis pequeños, a mí me lo hacéis” (Mt 25,40).

Los personajes que intervienen en la Pasión y Muerte de Jesús, no son extraordinariamente malos, sino personas normales y corrientes. Y esta reflexión nos ayuda a aceptar que nos puedan vender, juzgar, traicionar y crucificar las personas normales que están junto a nosotros.

¿Por qué tanta sangre, Señor? ¡Qué gran amor el tuyo y el de tu Padre, que te entrega para que participemos de vuestra vida trinitaria y feliz por siempre! Te adoramos, Cristo y te bendecimos porque por tu santa Cruz has redimido al mundo.

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¿Qué es el Jueves Santo?

JUEVES SANTO

Una breve introducción para comprender mejor el sentido de este día en la Semana Mayor

Con la misa vespertina del Jueves Santo da inicio el triduo pascual, que es la preparación a la pascua y el comienzo de su celebración.

Este día nos recuerda la Última Cena del Señor con sus discípulos para celebrar la Pascua, que para los judíos representaba la conmemoración de la liberación de Egipto. Siguiendo la costumbre, Pedro y Juan siguieron las disposiciones de Jesús y cuidaron que todo estuviera correctamente dispuesto para la cena.

La preparación que nosotros debemos realizar es de carácter espiritual, Jesús nos invita al banquete pascual y desea que, al igual que los apóstoles, estemos debidamente dispuestos para participar intensamente en el sacrificio de la Misa, acudir al sacramento de la penitencia y recibir la Sagrada comunión, pues nosotros también somos discípulos.

El jueves por la mañana se celebra la Misa Crismal en las catedrales, llamada así porque en ella se hace la consagración de los óleos que han de usarse para los sacramentos del bautismo, confirmación u ordenación, mismo que puede usarse para la unción de los enfermos.

El obispo es quien encabeza la ceremonia acompañado de los sacerdotes de todas las parroquias que pertenecen a su diócesis y los representantes religiosos de la localidad, además de los diáconos, ministros y seglares, todos ellos representando la unidad y fraternidad de la Iglesia.

La celebración Crismal se concentra en el sacerdocio ministerial. De los sacerdotes depende en gran parte la vida sobrenatural de los fieles, solamente ellos pueden hacer presente a Jesucristo sobre el altar convirtiendo el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo y perdonar los pecados. Aunque éstas son las dos funciones principales del ministerio sacerdotal, su misión no se agota ahí: administra también los otros sacramentos, predica la palabra divina, dirige espiritualmente, etc.

También se hace alusión a sacerdocio común de todos los fieles, ya que participan de alguna manera del sacerdocio de Cristo y de la misión única de la Iglesia; todos están llamados a la santidad; todos deben buscar la gloria de Dios y trabajar en el apostolado, dando con su vida testimonio de la fe que profesan.

Después del evangelio y la homilía, el obispo invita a sus sacerdotes a renovar su compromiso ministerial, prometiendo unión y fidelidad a Cristo, celebrar el santo sacrifico en Su nombre y enseñar a los fieles el camino de la salvación.

Propiamente, el triduo pascual comienza con la misa vespertina de la cena del Señor, donde se conmemora la institución de la Eucaristía. A diferencia de la misa crismal, esta celebración se realiza en las parroquias y en las casas religiosas.

El lavatorio de los pies forma parte de la ceremonia, el Maestro asume la condición de siervo, para eso, para servir, dejando muy en claro a sus discípulos que la humildad es indispensable para ejercer plenamente el ministerio recibido de sus manos. Servir antes que desear ser servido, no es una condición exclusiva para los sacerdotes, es la doctrina que todos los fieles deben llevar a la práctica.

La Eucaristía es el centro de nuestra vida espiritual, sabemos que Jesús está real y verdaderamente presente con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad bajo las especies del pan y del vino. Así lo dijo a los apóstoles con las palabras de consagración que ahora repiten los sacerdotes en la Santa Misa, este es mi cuerpo…, esta es mi sangre…, hagan esto en memoria mía.

Por eso, nosotros sabemos que al visitar el sagrario nos disponemos al encuentro personal, frente a frente con el mismo Cristo, que siempre nos espera dispuesto a escuchar nuestras alegrías, penas, planes, propósitos, todo.

Nuestro propósito de este día y para siempre, puede ser el de prepararnos cada día para recibir mejor la Sagrada Eucaristía, asistir con mayor disposición a la Santa Misa para aprender las enseñanzas de Cristo, o tal vez, visitar con más frecuencia el sagrario aunque sea un minuto. Son muchas las devociones eucarísticas, vivirlas y fomentarlas, es la mejor manera de tratar al Señor, de hacer crecer nuestro amor por Él y de llevar a otros hasta su presencia.

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