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Reflexionando con documentos de la Iglesia

7. Misericordia revelada en la cruz y en la resurrección

El mensaje mesiánico de Cristo y su actividad entre los hombres terminan con la cruz y la resurrección. Debemos penetrar hasta lo hondo en este acontecimiento final que, de modo especial en el lenguaje conciliar, es definido mysterium paschale, si queremos expresar profundamente la verdad de la misericordia, tal como ha sido hondamente revelada en la historia de nuestra salvación. En este punto de nuestras consideraciones, tendremos que acercarnos más aún al contenido de la Encíclica Redemptor Hominis. En efecto, si la realidad de la redención, en su dimensión humana desvela la grandeza inaudita del hombre, que mereció tener tan gran Redentor, al mismo tiempo yo diría que la dimensión divina de la redención nos permite, en el momento más empírico e «histórico», desvelar la profundidad de aquel amor que no se echa atrás ante el extraordinario sacrificio del Hijo, para colmar la fidelidad del Creador y Padre respecto a los hombres creados a su imagen y ya desde el «principio» elegidos, en este Hijo, para la gracia y la gloria.

Los acontecimientos del Viernes Santo y, aun antes, la oración en Getsemaní, introducen en todo el curso de la revelación del amor y de la misericordia, en la misión mesiánica de Cristo, un cambio fundamental. El que «pasó haciendo el bien y sanando», «curando toda clase de dolencias y enfermedades», él mismo parece merecer ahora la más grande misericordia y apelarse a la misericordia cuando es arrestado, ultrajado, condenado, flagelado, coronado de espinas; cuando es clavado en la cruz y expira entre terribles tormentos. Es entonces cuando merece de modo particular la misericordia de los hombres, a quienes ha hecho el bien, y no la recibe. Incluso aquellos que están más cercanos a El, no saben protegerlo y arrancarlo de las manos de los opresores. En esta etapa final de la función mesiánica se cumplen en Cristo las palabras pronunciadas por los profetas, sobre todo Isaías, acerca del Siervo de Yahvé:«por sus llagas hemos sido curados».

Cristo, en cuanto hombre que sufre realmente y de modo terrible en el Huerto de los Olivos y en el Calvario, se dirige al Padre, a aquel Padre, cuyo amor ha predicado a los hombres, cuya misericordia ha testimoniado con todas sus obras. Pero no le es ahorrado -precisamente a él- el tremendo sufrimiento de la muerte en cruz:«a quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros», escribía san Pablo, resumiendo en pocas palabras toda la profundidad del misterio de la cruz y a la vez la dimensión divina de la realidad de la redención. Justamente esta redención es la revelación última y definitiva de la santidad de Dios, que es la plenitud absoluta de la perfección: plenitud de la justicia y del amor, ya que la justicia se funda sobre el amor, mana de él y tiende hacia él. En la pasión y muerte de Cristo -en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que lo «hizo pecado por nosotros»- se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad. Esto es incluso una «sobreabundancia» de la justicia, ya que los pecados del hombre son «compensados» por el sacrificio del Hombre-Dios. Sin embargo, tal justicia, que es propiamente justicia «a medida» de Dios, nace toda ella del amor: del amor del Padre y del Hijo, y fructifica toda ella en el amor. Precisamente por esto la justicia divina, revelada en la cruz de Cristo, es «a medida» de Dios, porque nace del amor y se completa en el amor, generando frutos de salvación. La dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de santidad, que viene de Dios. De este modo la redención comporta la revelación de la misericordia en su plenitud

El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo. Cristo que sufre, habla sobre todo al hombre, y no solamente al creyente. También el hombre no creyente podrá descubrir en El la elocuencia de la solidaridad con la suerte humana, como también la armoniosa plenitud de una dedicación desinteresada a la causa del hombre, a la verdad y al amor. La dimensión divina del misterio pascual llega sin embargo a mayor profundidad aún. La cruz colocada sobre el Calvario, donde Cristo tiene su último diálogo con el Padre, emerge del núcleo mismo de aquel amor, del que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, ha sido gratificado según el eterno designio divino. Dios, tal como Cristo ha revelado, no permanece solamente en estrecha vinculación con el mundo, en cuanto Creador y fuente última de la existencia. El es además Padre: con el hombre, llamado por El a la existencia en el mundo visible, está unido por un vínculo más profundo aún que el de Creador. Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la vida misma de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto el que ama desea darse a sí mismo.

La Cruz de Cristo sobre el Calvario surge en el camino de aquel admirabile commercium, de aquel admirable comunicarse de Dios al hombre en el que está contenida a su vez la llamada dirigida al hombre, a fin de que, donándose a sí mismo a Dios y donando consigo mismo todo el mundo visible, participe en la vida divina, y para que como hijo adoptivo se haga partícipe de la verdad y del amor que está en Dios y proviene de Dios. Justamente en el camino de la elección eterna del hombre a la dignidad de hijo adoptivo de Dios, se alza en la historia la Cruz de Cristo, Hijo unigénito que, en cuanto «luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero», ha venido para dar el testimonio último de la admirable alianza de Dios con la humanidad, de Dios con el hombre, con todo hombre. Esta alianza tan antigua como el hombre -se remonta al misterio mismo de la creación- restablecida posteriormente en varias ocasiones con un único pueblo elegido, es asimismo la alianza nueva y definitiva, establecida allí, en el Calvario, y no limitada ya a un único pueblo, a Israel, sino abierta a todos y cada uno.

¿Qué nos está diciendo pues la cruz de Cristo, que es en cierto sentido la última palabra de su mensaje y de su misión mesiánica? Y sin embargo ésta no es aún la última palabra del Dios de la alianza: esa palabra será pronunciada en aquella alborada, cuando las mujeres primero y los Apóstoles después, venidos al sepulcro de Cristo crucificado, verán la tumba vacía y proclamarán por vez primera:«Ha resucitado». Ellos lo repetirán a los otros y serán testigos de Cristo resucitado. No obstante, también en esta glorificación del hijo de Dios sigue estando presente la cruz, la cual -a través de todo el testimonio mesiánico del Hombre-Hijo- que sufrió en ella la muerte, habla y no cesa nunca de decir que Dios-Padre, que es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre, ya que «tanto amó al mundo -por tanto al hombre en el mundo- que le dio a su Hijo unigénito, para que quien crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna». Creer en el Hijo crucificado significa «ver al Padre», significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia. En efecto, es ésta la dimensión indispensable del amor, es como su segundo nombre y a la vez el modo específico de su revelación y actuación respecto a la realidad del mal presente en el mundo que afecta al hombre y lo asedia, que se insinúa asimismo en su corazón y puede hacerle «perecer en la gehenna».

8. Amor más fuerte que la muerte más fuerte que el pecado

La cruz de Cristo en el Calvario es asimismo testimonio de la fuerza del mal contra el mismo Hijo de Dios, contra aquél que, único entre los hijos de los hombres, era por su naturaleza absolutamente inocente y libre de pecado, y cuya venida al mundo estuvo exenta de la desobediencia de Adán y de la herencia del pecado original. Y he ahí que, precisamente en El, en Cristo, se hace justicia del pecado a precio de su sacrificio, de su obediencia «hasta la muerte», Al que estaba sin pecado,«Dios lo hizo pecado en favor nuestro». Se hace también justicia de la muerte que, desde los comienzos de la historia del hombre, se había aliado con el pecado. Este hacer justicia de la muerte se lleva a cabo bajo el precio de la muerte del que estaba sin pecado y del único que podía -mediante la propia muerte- infligir la muerte a la misma muerte. De este modo la cruz de Cristo, sobre la cual el Hijo, consubstancial al Padre, hace plena justicia a Dios, es también una revelación radical de la misericordia, es decir, del amor que sale al encuentro de lo que constituye la raíz misma del mal en la historia del hombre: al encuentro del pecado y de la muerte.

La cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre y todo lo que el hombre -de modo especial en los momentos difíciles y dolorosos- llama su infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre, es el cumplimiento, hasta el final, del programa mesiánico que Cristo formuló una vez en la sinagoga de Nazaret y repitió más tarde ante los enviados de Juan Bautista. Según las palabras ya escritas en la profecía de Isaías, tal programa consistía en la revelación del amor misericordioso a los pobres, los que sufren, los prisioneros, los ciegos, los oprimidos y los pecadores. En el misterio pascual es superado el límite del mal múltiple, del que se hace partícipe el hombre en su existencia terrena: la cruz de Cristo, en efecto, nos hace comprender las raíces más profundas del mal que ahondan en el pecado y en la muerte; y así la cruz se convierte en un signo escatológico Solamente en el cumplimiento escatológico y en la renovación definitiva del mundo, el amor vencerá en todos los elegidos las fuentes más profundas del mal, dando como fruto plenamente maduro el reino de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa. El fundamento de tal cumplimiento escatológico está encerrado ya en la cruz de Cristo y en su muerte. El hecho de que Cristo «ha resucitado al tercer día» constituye el signo final de la misión mesiánica, signo que corona la entera revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal. Esto constituye a la vez el signo que preanuncia «un cielo nuevo y una tierra nueva», cuando Dios «enjugará las lágrimas de nuestros ojos; no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni afán, porque las cosas de antes han pasado».

En el cumplimiento escatológico, la misericordia se revelará como amor, mientras que en la temporalidad, en la historia del hombre -que es a la vez historia de pecado y de muerte- el amor debe revelarse ante todo como misericordia y actuarse en cuanto tal. El programa mesiánico de Cristo,-programa de misericordia- se convierte en el programa de su pueblo, el de su Iglesia. Al centro del mismo está siempre la cruz, ya que en ella la revelación del amor misericordioso alcanza su punto culminante. Mientras «las cosas de antes no hayan pasado», la cruz permanecerá como ese «lugar», al que aún podrían referirse otras palabras del Apocalipsis de Juan:«Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él y él conmigo». De manera particular Dios revela asimismo su misericordia, cuando invita al hombre a la«misericordia» hacia su Hijo, hacia el Crucificado.

Cristo, en cuanto crucificado, es el Verbo que no pasa; es el que está a la puerta y llama al corazón de todo hombre, sin coartar su libertad, tratando de sacar de esa misma libertad el amor que es no solamente un acto de solidaridad con el Hijo del Hombre que sufre, sino también, en cierto modo,«misericordia» manifestada por cada uno de nosotros al Hijo del Padre eterno. En este programa mesiánico de Cristo, en toda la revelación de la misericordia mediante la cruz,¿cabe quizá la posibilidad de que sea mayormente respetada y elevada la dignidad del hombre, dado que él, experimentando la misericordia, es también en cierto sentido el que «manifiesta contemporáneamente la misericordia»?

En definitiva, ¿no toma quizá Cristo tal posición respecto al hombre, cuando dice:«cada vez que habéis hecho estas cosas a uno de éstos…, lo habéis hecho a mí»? Las palabras del sermón de la montaña:«Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia», ¿no constituyen en cierto sentido una síntesis de toda la Buena Nueva, de todo el «cambio admirable»(admirabile commercium) en ella encerrado, que es una ley sencilla, fuerte y «dulce» a la vez de la misma economía de la salvación? Estas palabras del sermón de la montaña, al hacer ver las posibilidades del «corazón humano» en su punto de partida («ser misericordiosos»),¿no revelan quizá, dentro de la misma perspectiva, el misterio profundo de Dios: la inescrutable unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en la que el amor, conteniendo la justicia, abre el camino a la misericordia, que a su vez revela la perfección de la justicia?

El misterio pascual es Cristo en el culmen de la revelación del inescrutable misterio de Dios. Precisamente entonces se cumplen hasta lo último las palabras pronunciadas en el Cenáculo:«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Efectivamente, Cristo, a quien el Padre «no perdonó» en bien del hombre y que en su pasión así como en el suplicio de la cruz no encontró misericordia humana, en su resurrección ha revelado la plenitud del amor que el Padre nutre por El y, en El, por todos los hombres.«No es un Dios de muertos, sino de vivos». En su resurrección Cristo ha revelado al Dios de amor misericordioso, precisamente porque ha aceptado la cruz como vía hacia la resurrección. Por esto -cuando recordamos la cruz de Cristo, su pasión y su muerte- nuestra fe y nuestra esperanza se centran en el Resucitado: en Cristo que «la tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado… se presentó en medio de ellos» en el Cenáculo,«donde estaban los discípulos,… alentó sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados y a quienes los retengáis les serán retenidos».

Este es el Hijo de Dios que en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte. Y es también el mismo Cristo, Hijo de Dios, quien al término -y en cierto sentido, más allá del término- de su misión mesiánica, se revela a sí mismo como fuente inagotable de la misericordia, del mismo amor que, en la perspectiva ulterior de la historia de la salvación en la Iglesia, debe confirmarse perennemente más fuerte que el pecado. El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente: histórico-salvífico y a la vez escatológico. En el mismo espíritu, la liturgia del tiempo pascual pone en nuestros labios las palabras del salmo:«Cantaré eternamente las misericordias del Señor».

9. La Madre de la misericordia

En estas palabras pascuales de la Iglesia resuenan en la plenitud de su contenido profético las ya pronunciadas por María durante la visita hecha a Isabel, mujer de Zacarías:«Su misericordia de generación en generación». Ellas, ya desde el momento de la encarnación, abren una nueva perspectiva en la historia de la salvación. Después de la resurrección de Cristo, esta perspectiva se hace nueva en el aspecto histórico y, a la vez, lo es en sentido escatológico. Desde entonces se van sucediendo siempre nuevas generaciones de hombres dentro de la inmensa familia humana, en dimensiones crecientes; se van sucediendo además nuevas generaciones del Pueblo de Dios, marcadas por el estigma de la cruz y de la resurrección,«selladas» a su vez con el signo del misterio pascual de Cristo, revelación absoluta de la misericordia proclamada por María en el umbral de la casa de su pariente:«su misericordia de generación en generación».

Además María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado -como nadie- la misericordia y, también de manera excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la misericordia divina. Tal sacrificio está estrechamente vinculado con la cruz de su Hijo, a cuyos pies ella se encontraría en el Calvario. Este sacrificio suyo es una participación singular en la revelación de la misericordia, es decir, en la absoluta fidelidad de Dios al propio amor, a la alianza querida por El desde la eternidad y concluida en el tiempo con el hombre, con el pueblo, con la humanidad; es la participación en la revelación definitivamente cumplida a través de la cruz. Nadie ha experimentado, como la Madre del Crucificado el misterio de la cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el «beso» dado por la misericordia a la justicia. Nadie como ella, María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su «fiat» definitivo.

María pues es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia; en cada uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque expresan la preparación particular de su alma, de toda su personalidad, sabiendo ver primeramente a través de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo hombre y de la humanidad entera después, aquella misericordia de la que «por todas la generaciones» nos hacemos partícipes según el eterno designio de la Santísima Trinidad.

Los susodichos títulos que atribuimos a la Madre de Dios nos hablan no obstante de ella, por encima de todo, como Madre del Crucificado y del Resucitado; como de aquella que, habiendo experimentado la misericordia de modo excepcional,«merece» de igual manera tal misericordia a lo largo de toda su vida terrena, en particular a los pies de la cruz de su Hijo; finalmente, como de aquella que a través de la participación escondida y, al mismo tiempo, incomparable en la misión mesiánica de su Hijo ha sido llamada singularmente a acercar los hombres al amor que El había venido a revelar: amor que halla su expresión más concreta en aquellos que sufren, en los pobres, los prisioneros, los que no ven, los oprimidos y los pecadores, tal como habló de ellos Cristo, siguiendo la profecía de Isaías, primero en la sinagoga de Nazaret y más tarde en respuesta a la pregunta hecha por los enviados de Juan Bautista.

Precisamente, en este amor «misericordioso», manifestado ante todo en contacto con el mal moral y físico, participaba de manera singular y excepcional el corazón de la que fue Madre del Crucificado y del Resucitado -participaba María-. En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre. Es éste uno de los misterios más grandes y vivificantes del cristianismo, tan íntimamente vinculado con el misterio de la encarnación.

«Esta maternidad de María en la economía de la gracia -tal como se expresa el Concilio Vaticano II- perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida a los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada».

Fuente: AciPrensa


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Orando y reflexionando en Cuaresma…

ORACION ANTE EL CRUCIFIJO

Mírame aquí abajo, bondadoso y amable Jesús,
mientras en tu presencia me arrodillo humildemente,
con un alma ardiente,
te pido y ruego
que des a mi corazón vivos sentimientos
de fe, esperanza, y caridad,
verdadera contrición de mis pecados,
y un firme propósito de enmienda.

Mientras contemplo,
con gran amor y tierna compasión,
tus cinco preciosas llagas,
reflexiono sobre ellas dentro de mí
y traigo a la memoria las palabras que David,
Tu profeta, que dijo, mi Jesús:

“Han taladrado mis manos y mis pies,
y han contado todos mis huesos “.

Amén.


Oración de la Mañana

Como misioneros, el orar cada mañana mueve nuestras vidas y nos da las fuerzas para enfrentar las dificultades en unión con el pueblo que servimos. Por esta razón, es importante que también tu ores diariamente. Dios te despertó sano y fuerte para que puedas salir a predicar con tu vida.

Oración de Mediodía

No hay mejor descanso en tu trabajo después de tu almuerzo que leer una linda oración al mediodía. Lee y reflexiona el mensaje que Dios te regala hoy. ¿Que tiene que ver contigo? ¿Como pudieras aplicar este mensaje en tu vida diaria? Después de este momento de reflexión toma la decisión de ser feliz por el resto del dia. Que nada te tumbe pues solo tu eres dueño de tu felicidad.

Oración de la Noche

Posiblemente tuviste un dia largo y cansado. Lee nuestra oración por la noche para terminar tu dia lleno de consuelo y así llenarte de paz para dormir en el amor de Cristo. Medita como fue tu dia y haz un examen de consciencia.

Examen de Consciencia

  1. Dar gracias a Dios por los beneficios recibidos: Comienza dando gracias a Dios por el gran amor que tiene para ti.
  2. Pedir luz y gracia al Señor: Pide a Dios que te de la luz y la gracia de entender de que manera El trabaja en tu vida.
  3. Revisión práctica de nuestros actos: Recuerda tu dia en detalle, recuerda momentos específicos y como te sentiste durante estos momentos. Si alguien te lastimo y sientes dolor, es necesario entregárselo a Dios y no acostarse con rencor.
  4. Pedir perdón a Dios por los pecados cometidos: Toma un momento para ver tus pecados durante el dia. Comienza a analizar porque lo haces y pide perdón a Dios. ¿Te sentiste acercado o alejado de Dios en esos momentos?
  5. Propósito de enmienda: Ahora piensa en el mañana. Toma la decisión de despertar feliz y luchar por un nuevo dia. Intenta no cometer los mismos pecados y recuerda que tu eres las manos y pies de Dios en la tierra.

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Reflexionando con algunos Papas sobre que es el Santo Rosario!

Diez pensamientos papales sobre el Santo Rosario

1.- “El Rosario es la más agradable de las oraciones, resumen del culto que se debe tributar a la Virgen, una manera fácil de hacer recordar a las almas sencillas los dogmas principales de la fe cristiana, un modo eficaz de curar el demasiado apego a lo material y un remedio para acostumbrarse a pensar en lo eterno que nos espera”. León XII

2.- “El Rosario ocupa el primer puesto entre las devociones en honor de la Virgen y sirve para progresar en la fe, la esperanza y la caridad”. Pío XI

3.- “El Rosario es arma poderosísima para curar los males que afligen a nuestro mundo”. Pío XII

4.- “El rezo del santo Rosario está detrás de la santa misa y del breviario para los eclesiásticos; y de la participación en los sacramentos para los seglares. Es el evangelio del pueblo y de los pobres”. Beato Juan XXIII

5.- “El Rosario es la Biblia de los pobres… Es el obsequio mejor a María… Es oración para todo tipo de gentes… Es la síntesis de la redención en quince cuadros… Es el Evangelio que revive… Son quince ventanas a través de las cuales contemplo, a  la luz de Dios, todo lo que sucede en el mundo… Es una magnífica posibilidad de contemplación”. Beato Juan XXIII

6.- “El Rosario es camino hacia Cristo y la síntesis del evangelio. Es oración evangélica, centrada en el misterio de la encarnación; es, pues, una oración profundamente cristológica”. Pablo VI

7.- “El Rosario es una oración sencillísima y bellísima, que invita al reposo interior, al abandono en Dios y a la confianza en la seguridad de obtener las gracias que necesitamos por la meditación poderosa de la Santísima Virgen María, cuyo nombre constantemente invocamos”. Pablo VI

8.- “El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! En su sencillez y en su profundidad. En esa plegaria repetimos muchas veces las palabras que la Virgen oyó del Arcángel y de su prima Isabel. Y en el trasfondo de las Aves Marías, pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos pone en comunión vital con Jesucristo a través del corazón de su madre”. Juan Pablo II

9.- “El Rosario es una escalera para subir al cielo… El Rosario nos proporciona dos alas para elevarnos en la vida espiritual… Es la oración más sencilla a la Virgen, pero la más llena de contenidos bíblicos… Cuando rezamos el Rosario, está la Santísima Virgen rezando con nosotros. En el Rosario hacemos lo que hace María, meditamos en nuestro corazón los Misterios de Cristo”. Juan Pablo II

10.- “Tanto el rezo del Rosario como el del Ángelus debe ser para todos los cristianos y aún más para la familia cristiana y las comunidades religiosas como un oasis espiritual en el curso de la jornada para tomar valor y afán”. Juan Pablo II


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Reflexionando sobre el Amor que damos…!

La mansión eterna

Un día una señora falleció y llegó al cielo. Allí junto a las mas de 155.000 personas que diariamente mueren, estaba haciendo cola para saber cuál sería su destino eterno. De pronto apareció San Pedro y le dijo:

“Vénganse conmigo y les mostraré en qué barrio está la casa que le corresponde a cada uno. Ello dependerá de la cantidad de amor que cada cual haya ofrecido a la tierra a los demás, aquí la única cuota inicial que se recibe para su habitación eterna es la caridad y el buen trabajo que hayan dado en la tierra y los fue guiando por barrios de lujo, como ella jamás pensó que pudiera existir”.

Llegaron a un barrio hecho todo de oro, casas de oro, puertas doradas, paredes y techos de oro, una maravilla, y San Pedro exclamó: “Aquí están todos los que gastaron mucho dinero en ayuda de los necesitados, los que su amor hacia los demás sí les costó en vida, y fueron entrando todos los generosos, los que partieron el pan con el hambriento, los que regalaron sus vestidos a los pobres, consolaron a los presos y visitaron enfermos. La señora quiso entrar, pero un ángel la detuvo al tiempo que decía: “Perdóneme, pero usted en la tierra no dio ni migajas a los demás,  jamás dio nada que en verdad costara ni en tiempo ni en dinero, ni tampoco vestido. Este barrio es solamente para los de corazón generoso, y no la dejo entrar.

Pasaron luego a otro barrio de la eternidad. Todas las casas estaban construidas en marfil, todo blancura y elegancia nunca vista. La señora se apresuró a entrar en tan hermoso barrio, pero un ángel guardián la tomó del brazo y le dijo: “Me da pena, señora, pero este barrio es solamente para aquellos que tuvieron un trato limpio y sincero hacia los demás. Usted era una persona muy corriente en el hablar, dura, criticona y a veces hasta grosera en su trato. Y mientras los demás estaban gozosos en tomar posesión de sus lujosas casas, la pobre mujer se quedaba afuera mirando con envidia a aquellos que habían sido afortunados. Ella no pudo entrar, le faltaba la cuota inicial: haber tratado bien a los demás.

Siguieron luego a un tercer barrio. Todo era del más puro cristal, todo brillante y hermoso, la señora corrió a tomar posesión de una de aquellas maravillas pero el ángel portero la detuvo y le dijo muy serio: En su pasaporte dice que usted no se interesó ni poco, ni mucho por instruir a los demás y usted nunca se preocupó porque las personas con las que usted vivía se volvieran mejores, así que no hay casa para usted, le falta la cuota inicial de haber colaborado para que otros se instruyeran en las cosas del Señor.

Entristecida, la pobre mujer veía que entraban miles de personas muy alegres a tomar posesión de su casa, mientras ella, con un numeroso grupo de egoístas, era llevada, cuesta abajo hacia un barrio verdaderamente feo y asqueroso. Todas las habitaciones estaban construídas de desechos. El único material que se había utilizado para la construcción de aquellas casas eran objetos de basura. Las lechuzas sobrevolaban por ahí, ratones moraban en aquel lugar. Ella se tapó la nariz porque la fetidez era insoportable y quiso salir huyendo.

No obstante, el guardián del barrio le dijo muy seriamente: una de estas casas será su habitación. Venga a tomar posesión de ella. La mujer gritó angustiada que no, que eso era horrible, que jamás sería capaz de vivir en semejante montón de basura y el ángel le respondió: “Señora, esto es lo único que hemos podido construir con la cuota inicial que usted envió desde la tierra. Las habitaciones de la eternidad las hacemos con los materiales que las personas mandan desde el mundo. Usted solamente enviaba cada día egoísmo, malos tratos a los demás, murmuraciones, críticas, palabras hirientes, odios, tacañería y envidia, ¿Qué más hubiera podido construirle?

Usted misma nos mandó el material para construirle su mansión, la mujer empezó a llorar y a decir que ella no quería vivir ahí y de pronto al hacer un esfuerzo para zafarse de las manos de quien quería hacerle vivir en semejante casa dio un salto…… y se despertó!

Tenía la almohada empapada en lágrimas. Sin embargo, aquella pesadilla le sirvió de examen de conciencia y desde entonces empezó a cambiar su vida y cuidar el material que enviaba como cuota inicial para la construcción de su casa eterna.

¿Te has preguntado qué clase de materiales estás enviando para que te construyan la casa donde vivirás eternamente? Aún estamos a tiempo de cambiar el tipo de material de nuestra cuota inicial. ¡Empecemos a amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos!


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Para Reflexionar…

¿HAY VIDA DESPUÉS DEL PARTO?

En el vientre de una mujer embarazada se encontraban dos bebés. Uno pregunta al otro:
 – ¿Tú crees en la vida después del parto?
 – Claro que sí. Algo debe existir después del parto. Tal vez estemos aquí porque necesitamos prepararnos para lo que seremos más tarde.
 – ¡Tonterías! No hay vida después del parto. ¿Cómo sería esa vida?
 – No lo sé pero seguramente… habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y nos alimentemos por la boca.
 – ¡Eso es absurdo! Caminar es imposible. ¿Y comer por la boca? ¡Eso es ridículo! El cordón umbilical es por donde nos alimentamos. Yo te digo una cosa: la vida después del parto está excluida. El cordón umbilical es demasiado corto.
 – Pues yo creo que debe haber algo. Y tal vez sea distinto a lo que estamos acostumbrados a tener aquí.
 – Pero nadie ha vuelto nunca del más allá, después del parto. El parto es el final de la vida. Y a fin de cuentas, la vida no es más que una angustiosa existencia en la oscuridad que no lleva a nada.
 – Bueno, yo no sé exactamente cómo será después del parto, pero seguro que veremos a mamá y ella nos cuidará.
 – ¿Mamá? ¿Tú crees en mamá? ¿Y dónde crees tú que está ella ahora?
 – ¿Dónde? ¡En todo nuestro alrededor! En ella y a través de ella es como vivimos. Sin ella todo este mundo no existiría.
 – ¡Pues yo no me lo creo! Nunca he visto a mamá, por lo tanto, es lógico que no exista.
 – Bueno, pero a veces, cuando estamos en silencio, tú puedes oírla cantando o sentir cómo acaricia nuestro mundo. ¿Sabes?… Yo pienso que hay una vida real que nos espera y que ahora solamente estamos preparándonos para ella…


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Reflexionando…

Un poco de historia sobre “La Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo”

Jesús se transfiguró en el monte Tabor, que se se encuentra en la Baja Galilea, a 588 metros sobre el nivel del mar.

Este acontecimiento tuvo lugar, aproximadamente, un año antes de la Pasión de Cristo.
Jesús invitó a su Transfiguración a Pedro, Santiago y Juan. A ellos les dio este regalo, este don.

Ésta tuvo lugar mientras Jesús oraba, porque en la oración es cuando Dios se hace presente. Los apóstoles vieron a Jesús con un resplandor que casi no se puede describir con palabras: su rostro brillaba como el sol y sus vestidos eran resplandecientes como la luz.

Pedro quería hacer tres tiendas para quedarse ahí. No le hacía falta nada, pues estaba plenamente feliz, gozando un anticipo del cielo. Estaba en presencia de Dios, viéndolo como era y él hubiera querido quedarse ahí para siempre.

Los personajes que hablaban con Jesús eran Moisés y Elías. Moisés fue el que recibió la Ley de Dios en el Sinaí para el pueblo de Israel. Representa a la Ley. Elías, por su parte, es el padre de los profetas. Moisés y Elías son, por tanto, los representantes de la ley y de los profetas, respectivamente, que vienen a dar testimonio de Jesús, quien es el cumplimiento de todo lo que dicen la ley y los profetas.

Ellos hablaban de la muerte de Jesús, porque hablar de la muerte de Jesús es hablar de su amor, es hablar de la salvación de todos los hombres. Precisamente, Jesús transfigurado significa amor y salvación.

Seis días antes del día de la Transfiguración, Jesús les había hablado acerca de su Pasión, Muerte y Resurrección, pero ellos no habían entendido a qué se refería. Les había dicho, también, que algunos de los apóstoles verían la gloria de Dios antes de morir.

Pedro, Santiago y Juan experimentaron lo que es el Cielo. Después de ellos, Dios ha escogido a otros santos para que compartieran esta experiencia antes de morir: Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Santa Teresita del Niño Jesús y San Pablo, entre otros. Todos ellos gozaron de gracias especiales que Dios quiso darles y su testimonio nos sirve para proporcionarnos una pequeña idea de lo maravilloso que es el Cielo.

Santa Teresita explicaba que es sentirse “como un pajarillo que contempla la luz del Sol, sin que su luz lo lastime.”

¿Qué nos enseña este acontecimiento?



  • Nos enseña a seguir adelante aquí en la tierra aunque tengamos que sufrir, con la esperanza de que Él nos espera con su gloria en el Cielo y que vale la pena cualquier sufrimiento por alcanzarlo.
  • A entender que el sufrimiento, cuando se ofrece a Dios, se convierte en sacrificio y así, éste tiene el poder de salvar a las almas. Jesús sufrió y así se desprendió de su vida para salvarnos a todos los hombres.
  • A valorar la oración, ya que Jesús constantemente oraba con el Padre.
  • A entender que el Cielo es algo que hay que ganar con los detalles de la vida de todos los días.
  • A vivir el mandamiento que Él nos dejó: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”.
  • Habrá un juicio final que se basará en el amor, es decir, en cuánto hayamos amado o dejado de amar a los demás.
  • Dios da su gracia a través de la oración y los sacramentos. Su gracia puede suplir todas nuestras debilidades.

Fuente: AciPrensa


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