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Audiencia General-Papa Francisco

Papa Francisco: Si sobre la tierra hay hambre, no es por falta de comida.

El Papa Francisco continuó este miércoles 7 de noviembre en la Audiencia General con sus catequesis sobre el Decálogo, y en esta ocasión reflexionó sobre el Séptimo Mandamiento: “No robarás”. Explicó que “No robar” implica también que “la posesión es una responsabilidad”, y por eso no se puede privar a las personas de los recursos de la tierra necesarios para su supervivencia.

En este sentido, afirmó que “si sobre la tierra hay hambre, no es por la falta de comida”. “Lo que falta es una iniciativa empresarial libre y con visión a largo plazo que garantice una adecuada producción y una planificación solidaria que asegure una distribución igualitaria”.

El Pontífice puso de relieve cómo a lo largo de la historia humana nunca se ha dado una cultura o una civilización donde “el robo o la prevaricación de bienes fuera algo lícito”. De hecho, “la sensibilidad humana es muy susceptible a la defensa de las posesiones”.

Sin embargo, el Papa quiso ir más allá del problema concreto del robo y del respeto a la propiedad ajena a la que, en un primer pensamiento, puede parece que se limita este Mandamiento. Por ello, animó a “focalizar el tema de la propiedad de bienes a la luz de la sabiduría cristiana”.

“En la doctrina social de la Iglesia se habla del destino universal de bienes. ¿Qué significa esto?”, comenzó Francisco. El Papa recordó las palabras del Catecismo, donde se dice que “los bienes de la creación están destinados a todo el género humano”.

También citó estas otras palabras del Catecismo: “El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio”.

“La Providencia, sin embargo, no ha dispuesto un mundo ‘en serie’, sino que hay diferencias, condiciones diversas, de modo que se puede vivir proveyéndose los unos a los otros. El mundo es rico en recursos para asegurar a todos los bienes primarios”, recordó.

A pesar de ello, “muchos viven en una escandalosa indigencia y los recursos, empleados sin criterio, se van deteriorando”. El Santo Padre recordó: “¡El mundo solo es uno! ¡La humanidad solo es una!”.

“Las riquezas del mundo están hoy en las manos de una minoría, de unos pocos. Y la pobreza, incluso la miseria, es el sufrimiento de muchos, de la mayoría”.

Francisco volvió a recurrir al Catecismo: “El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás”.

“En esta perspectiva surge el significado positivo y amplio del Mandamiento ‘No robarás’. La posesión es una responsabilidad, y cada bien sustraído a la lógica de la Providencia de Dios es traicionado en su sentido más profundo”. “Toda riqueza, para ser buena, debe tener una dimensión social”, subrayó.

El Papa concluyó: “Aquello que poseo verdaderamente es aquello que sé dar. De hecho, si no consigo donar alguna cosa es porque esa cosa me posee, tiene poder sobre mí y soy esclavo de ello. Nadie es patrón absoluto de los bienes. Es un administrador de los bienes. La posesión de bienes es una ocasión para multiplicarlos con creatividad y usarlos con generosidad, y así hacer crecer en la caridad y en la libertad”.

Fuente: AciPrensa

Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa


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El Papa en la Vigilia Pascual

La resurrección nos invita a romper la rutina y renovarnos

La Vigilia Pascual es la noche por excelencia, y el Papa Francisco en la de este año invitó a romper con la rutina y tomar parte en el “anuncio de vida” que es la resurrección.

“Celebrar la Pascua, es volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros ‘conformantes’ y paralizadores determinismos. Celebrar la Pascua es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza”, aseguró.

Por ello animó a “romper las rutinas, renovar nuestra vida, nuestras opciones y nuestra existencia”.

La celebración comenzó a las 20.30 horas de Roma. Como siempre, inició con el rito del lucernario y del fuego, que fue bendecido por el Papa. De este último se encendió el cirio pascual que presidirá todas las celebraciones de este tiempo litúrgico.

Después se cantó el Pregón Pascual y se dio paso a la liturgia de la Palabra, en la que se proclamaron siete lecturas con sus respectivos salmos responsoriales.

Tras la proclamación del Evangelio, el Pontífice tomó la palabra y comenzó su homilía. Lo primero que hizo fue hablar de la reacción de los discípulos cuando Jesús fue apresado y crucificado: “durante las horas difíciles y dolorosas de la Pasión, los discípulos experimentaron de forma dramática su incapacidad de ‘jugársela’ y de hablar en favor del Maestro. Es más, no lo conocían, se escondieron, se escaparon, callaron”.

En este sentido, explicó que se trata del discípulo “enmudecido ante una realidad que se le impone haciéndole sentir, y lo que es peor, creer que nada puede hacerse para revertir tantas injusticias que viven en su carne nuestros hermanos”. Pero también es el discípulo “atolondrado” por” estar inmerso en una rutina aplastante que le roba la memoria, silencia la esperanza”.

Ya sobre la resurrección, manifestó que “la tumba vacía quiere desafiar, movilizar, cuestionar, pero especialmente quiere animarnos a creer y a confiar que Dios «acontece» en cualquier situación, en cualquier persona, y que su luz puede llegar a los rincones menos esperados y más cerrados de la existencia”.

“Resucitó de la muerte, resucitó del lugar del que nadie esperaba nada y nos espera —al igual que a las mujeres— para hacernos tomar parte de su obra salvadora”.

Y por ello invitó a tomar parte del anuncio de la resurrección porque “este sostiene nuestra esperanza y la transforma en gestos concretos de caridad”.  “Él resucitó y con él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos”.

“¡Cuánto necesitamos dejar que nuestra fragilidad sea ungida por esta experiencia, cuánto necesitamos que nuestra fe sea renovada, cuánto necesitamos que nuestros miopes horizontes se vean cuestionados y renovados por este anuncio!”, reconoció.

Antes de continuar con la ceremonia, Francisco preguntó: “¿Queremos tomar parte de este anuncio de vida o seguiremos enmudecidos ante los acontecimientos?”.


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Homilía del Papa Francisco

Misa Crismal del Jueves Santo

En la Misa Crismal celebrada este Jueves Santo, 29 de marzo, el Papa Francisco pidió sacerdotes cercanos que sean, como Jesús, predicadores callejeros.

El Santo Padre destacó la importancia de la cercanía en la misión pastoral y en la labor sacerdotal. “La cercanía es más que el nombre de una virtud particular, es una actitud que involucra a la persona entera, a su modo de vincularse, de estar a la vez en sí mismo y atento al otro”, afirmó el Pontífice.

A continuación el texto completo de la homilía del Papa Francisco:

Queridos hermanos, sacerdotes de la diócesis de Roma y de las demás diócesis del mundo:

Leyendo los textos de la liturgia de hoy me venía a la mente, de manera insistente, el pasaje del Deuteronomio que dice: «Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?» (4,7). La cercanía de Dios… nuestra cercanía apostólica.

En el texto del profeta Isaías contemplamos al enviado de Dios ya «ungido y enviado», en medio de su pueblo, cercano a los pobres, a los enfermos, a los prisioneros… y al Espíritu que «está sobre él», que lo impulsa y lo acompaña por el camino.

En el Salmo 88 vemos cómo la compañía de Dios, que ha conducido al rey David de la mano desde que era joven y que le prestó su brazo, ahora que es anciano, toma el nombre de fidelidad: la cercanía mantenida a lo largo del tiempo se llama fidelidad.

El Apocalipsis nos acerca, hasta que podemos verlo, al «Erjómenos», al Señor que siempre «está viniendo» en Persona. La alusión a que «lo verán los que lo traspasaron» nos hace sentir que siempre están a la vista las llagas del Señor resucitado, siempre está viniendo a nosotros el Señor si nos queremos «hacer próximos» en la carne de todos los que sufren, especialmente de los niños.

En la imagen central del Evangelio de hoy, contemplamos al Señor a través de los ojos de sus paisanos que estaban «fijos en él» (Lc 4,20). Jesús se alzó para leer en su sinagoga de Nazaret. Le fue dado el rollo del profeta Isaías. Lo desenrolló hasta que encontró el pasaje del enviado de Dios. Leyó en voz alta: «El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido y enviado…» (61,1). Y terminó estableciendo la cercanía tan provocadora de esas palabras: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21).

Jesús encuentra el pasaje y lee con la competencia de los escribas. Él habría podido perfectamente ser un escriba o un doctor de la ley, pero quiso ser un «evangelizador», un predicador callejero, el «portador de alegres noticias» para su pueblo, el predicador cuyos pies son hermosos, como dice Isaías (cf. 52,7).

Esta es la gran opción de Dios: el Señor eligió ser alguien cercano a su pueblo. ¡Treinta años de vida oculta! Después comenzará a predicar. Es la pedagogía de la encarnación, de la inculturación; no solo en las culturas lejanas, también en la propia parroquia, en la nueva cultura de los jóvenes…

La cercanía es más que el nombre de una virtud particular, es una actitud que involucra a la persona entera, a su modo de vincularse, de estar a la vez en sí mismo y atento al otro. Cuando la gente dice de un sacerdote que «es cercano» suele resaltar dos cosas: la primera es que «siempre está» (contra el que «nunca está»: «Ya sé, padre, que usted está muy ocupado», suelen decir). Y otra es que sabe encontrar una palabra para cada uno. «Habla con todos», dice la gente: con los grandes, los chicos, los pobres, con los que no creen… Curas cercanos, que están, que hablan con todos… Curas callejeros.

Uno que aprendió bien de Jesús a ser predicador callejero fue Felipe. Dicen los Hechos que recorría anunciando la Buena Nueva de la Palabra predicando en todas las ciudades y que estas se llenaban de alegría (cf. 8,4.5-8). Felipe era uno de esos a quienes el Espíritu podía «arrebatar» en cualquier momento y hacerlo salir a evangelizar, yendo de un lado para otro, uno capaz hasta de bautizar gente de buena fe, como el ministro de la reina de Etiopía, y hacerlo ahí mismo, en la calle (cf. Hch 8,5; 36-40).

La cercanía es la clave del evangelizador porque es una actitud clave en el Evangelio (el Señor la usa para describir el Reino). Nosotros tenemos incorporado que la proximidad es la clave de la misericordia, porque la misericordia no sería tal si no se las ingeniara siempre, como «buena samaritana», para acortar distancias.

Pero creo que nos falta incorporar más el hecho de que la cercanía es también la clave de la verdad. ¿Se pueden acortar distancias en la verdad? Sí se puede. Porque la verdad no es solo la definición que hace nombrar las situaciones y las cosas a distancia de concepto y de razonamiento lógico. No es solo eso. La verdad es también fidelidad (emeth), esa que te hace nombrar a las personas con su nombre propio, como las nombra el Señor, antes de ponerles una categoría o definir «su situación».

Hay que estar atentos a no caer en la tentación de hacer ídolos con algunas verdades abstractas. Son ídolos cómodos que están a mano, que dan cierto prestigio y poder y son difíciles de discernir. Porque la «verdad-ídolo» se mimetiza, usa las palabras evangélicas como un vestido, pero no deja que le toquen el corazón. Y, lo que es mucho peor, aleja a la gente simple de la cercanía sanadora de la Palabra y de los sacramentos de Jesús.

En este punto, acudimos a María, Madre de los sacerdotes. La podemos invocar como «Nuestra Señora de la Cercanía»: «Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 286), de modo tal que nadie se sienta excluido. Nuestra Madre no solo es cercana por ir a servir con esa «prontitud» (ibíd., 288) que es un modo de cercanía, sino también por su manera de decir las cosas.

En Caná, el momento oportuno y el tono suyo con el cual dice a los servidores «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5), hará que esas palabras sean el molde materno de todo lenguaje eclesial. Pero para decirlas como ella, además de pedirle la gracia, hay que saber estar allí donde «se cocinan» las cosas importantes, las de cada corazón, las de cada familia, las de cada cultura. Solo en esta cercanía uno puede discernir cuál es el vino que falta y cuál es el de mejor calidad que quiere dar el Señor.

Les sugiero meditar tres ámbitos de cercanía sacerdotal en los que estas palabras: «Hagan todo lo que Jesús les diga» deben resonar ?de mil modos distintos pero con un mismo tono materno? en el corazón de las personas con las que hablamos: el ámbito del acompañamiento espiritual, el de la confesión y el de la predicación.

La cercanía en la conversación espiritual, la podemos meditar contemplando el encuentro del Señor con la Samaritana. El Señor le enseña a discernir primero cómo adorar, en Espíritu y en verdad; luego, con delicadeza, la ayuda a poner nombre a su pecado y, por fin, se deja contagiar por su espíritu misionero y va con ella a evangelizar a su pueblo. Modelo de conversación espiritual es el del Señor, que sabe hacer salir a la luz el pecado de la Samaritana sin que proyecte su sombra sobre su oración de adoradora ni ponga obstáculos a su vocación misionera.

La cercanía en la confesión la podemos meditar contemplando el pasaje de la mujer adúltera. Allí se ve claro cómo la cercanía lo es todo porque las verdades de Jesús siempre acercan y se dicen (se pueden decir siempre) cara a cara. Mirando al otro a los ojos ?como el Señor cuando se puso de pie después de haber estado de rodillas junto a la adúltera que querían apedrear, y puede decir: «Yo tampoco te condeno» (Jn 8,11), no es ir contra la ley. Y se puede agregar «En adelante no peques más» (ibíd.), no con un tono que pertenece al ámbito jurídico de la verdad-definición ?el tono de quien siente que tiene que determinar cuáles son los condicionamientos de la Misericordia divina? sino que es una frase que se dice en el ámbito de la verdad-fiel, que le permite al pecador mirar hacia adelante y no hacia atrás. El tono justo de este «no peques más» es el del confesor que lo dice dispuesto a repetirlo setenta veces siete.

Por último, el ámbito de la predicación. Meditamos en él pensando en los que están lejos, y lo hacemos escuchando la primera prédica de Pedro, que debe incluirse dentro del acontecimiento de Pentecostés. Pedro anuncia que la palabra es «para los que están lejos» (Hch 2,39), y predica de modo tal que el kerigma les «traspasó el corazón» y les hizo preguntar: «¿Qué tenemos que hacer?» (Hch 2,37). Pregunta que, como decíamos, debemos hacer y responder siempre en tono mariano, eclesial.

La homilía es la piedra de toque «para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 135). En la homilía se ve qué cerca hemos estado de Dios en la oración y qué cerca estamos de nuestro pueblo en su vida cotidiana.

La buena noticia se da cuando estas dos cercanías se alimentan y se curan mutuamente. Si te sientes lejos de Dios, acércate a su pueblo, que te sanará de las ideologías que te entibiaron el fervor. Los pequeños te enseñarán a mirar de otra manera a Jesús. Para sus ojos, la Persona de Jesús es fascinante, su buen ejemplo da autoridad moral, sus enseñanzas sirven para la vida.

Si te sientes lejos de la gente, acércate al Señor, a su Palabra: en el Evangelio, Jesús te enseñará su modo de mirar a la gente, qué valioso es a sus ojos cada uno de aquellos por los que derramó su sangre en la Cruz. En la cercanía con Dios, la Palabra se hará carne en ti y te volverás un cura cercano a toda carne. En la cercanía con el pueblo de Dios, su carne dolorosa se volverá palabra en tu corazón y tendrás de qué hablar con Dios, te volverás un cura intercesor.

Al sacerdote cercano, ese que camina en medio de su pueblo con cercanía y ternura de buen pastor (y unas veces va adelante, otras en medio y otras veces va atrás, pastoreando), no es que la gente solamente lo aprecie mucho; va más allá: siente por él una cosa especial, algo que solo siente en presencia de Jesús.

Por eso, no es una cosa más esto de «discernir nuestra cercanía». En ella nos jugamos «hacer presente a Jesús en la vida de la humanidad» o dejar que se quede en el plano de las ideas, encerrado en letras de molde, encarnado a lo sumo en alguna buena costumbre que se va convirtiendo en rutina.

Le pedimos a María, «Nuestra Señora de la Cercanía», que «nos acerque» entre nosotros y, a la hora de decirle a nuestro pueblo que «haga todo lo que Jesús le diga», nos unifique el tono, para que en la diversidad de nuestras opiniones, se haga presente su cercanía materna, esa que con su «sí» nos acercó a Jesús para siempre.

FUENTE: ACIPRENSA


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El Papa en Domingo de Ramos

Cuando nos calumnien, miremos a Cristo en la cruz.

En una Plaza de San Pedro abarrotada de fieles, sobre todo jóvenes que quisieron celebrar en Roma la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa Francisco celebró el Domingo de Ramos y recordó que ante las calumnias siempre hay que mirar a la Cruz.

“La liturgia nos invitó a hacernos partícipes y tomar parte de la alegría y fiesta del pueblo que es capaz de gritar y alabar a su Señor; alegría que se empaña y deja un sabor amargo y doloroso al terminar de escuchar el relato de la Pasión”, explicó el Santo Padre.

Sobre la alegría de Jesús al entrar en Jerusalén y cómo fue acogido por parte del pueblo, el Pontífice señaló que “resulta incómoda y se transforma en sinrazón escandalosa para aquellos que se consideran a sí mismos justos y ‘fieles’ a la ley y a los preceptos rituales”.

“Alegría insoportable para quienes han bloqueado la sensibilidad ante el dolor, el sufrimiento y la miseria. Alegría intolerable para quienes perdieron la memoria y se olvidaron de tantas oportunidades recibidas”.

El Papa añadió: “¡Qué difícil es comprender la alegría y la fiesta de la misericordia de Dios para quien quiere justificarse a sí mismo y acomodarse! ¡Qué difícil es poder compartir esta alegría para quienes solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros!”.

Francisco habló luego de aquellos que más tarde defendieron que el Señor fuera crucificado, un “grito armado, producido, que se forma con el desprestigio, la calumnia, cuando se levanta falso testimonio”.

“Es la voz de quien manipula la realidad y crea un relato a su conveniencia y no tiene problema en ‘manchar’ a otros para acomodarse. El grito del que no tiene problema en buscar los medios para hacerse más fuerte y silenciar las voces disonantes”.

Pero también “el grito que nace de ‘trucar’ la realidad y pintarla de manera tal que termina desfigurando el rostro de Jesús y lo convierte en un ‘malhechor’”.

“Es la voz del que quiere defender la propia posición desacreditando especialmente a quien no puede defenderse”.

“Frente a todos estos titulares –dijo el Papa– el mejor antídoto es mirar la cruz de Cristo y dejarnos interpelar por su último grito” porque “Cristo murió gritando su amor por cada uno de nosotros; por jóvenes y mayores, santos y pecadores, amor a los de su tiempo y a los de nuestro tiempo”.

El Papa habló de los jóvenes y criticó que hacerlos callar “es una tentación que siempre ha existido”, como por ejemplo, “los mismos fariseos que increpan a Jesús y le piden que los calme y silencie”.

“Hay muchas formas de silenciar y de volver invisibles a los jóvenes. Muchas formas de anestesiarlos y adormecerlos para que no hagan ‘ruido’, para que no se pregunten y cuestionen”.

Antes de concluir, el Papa invitó a los jóvenes precisamente a “no quedarse callados” porque “si los demás callan, si nosotros los mayores y los dirigentes callamos, si el mundo calla y pierde alegría, les pregunto: ¿Ustedes gritarán?”.

Fuente:AciPrensa


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Angelus de Hoy

El Bautismo, carné de identidad que nos permite perdonar a quien nos ofende, dice el Papa.

El Papa Francisco presidió el rezo del Ángelus este domingo en el que se celebra la fiesta del Bautismo del Señor, con el que se concluye el tiempo de Navidad.

Francisco explicó que es un día en el que “se nos invita a pensar en nuestro bautismo”. “Nos invita a hacer memoria del propio bautismo. Olvidarlo significa exponerse al riesgo de perder la memoria de aquello que el Señor ha hecho en nosotros, terminando por considerarlo solo como un hecho que ha acontecido en el pasado y no el Sacramento por el que nos hemos convertido nuevas criaturas y hemos sido revestidos de Cristo, injertados en la relación de Jesús con el Dios Padre”.

El Pontífice subrayó que “gracias al bautismo, somos también capaces de perdonar y de amar a quien nos ofende y nos hace el mal; logramos reconocer en los últimos y en los pobres el rostro del Señor que nos visita y se hace cercano”.

En definitiva, “más que la etapa que marca sociológicamente la inscripción al registro de la parroquia, ese día constituye el carné de identidad del creyente”.

El Papa explicó que “Jesús ha querido recibir el bautismo predicado y administrado por Juan el Bautista en el río Jordán. Se trataba de un Bautismo de penitencia: cuantos se acercaban expresaban el deseo de ser purificados de los pecados y, con la ayuda de Dios, se disponían a iniciar una nueva vida”, explicó.

El Santo Padre exhortó a “comprender la gran humildad de Jesús, Aquél que no tenía pecado, al ponerse a la fila con los penitentes, mezclado entre ellos para ser bautizado en las aguas del río”.

“Él ha manifestado lo que hemos celebrado en Navidad: la disponibilidad de Jesús a sumergirse en el río de la humanidad, a tomar sobre él las faltas y las debilidades de los hombres, a compartir su deseo de liberación y de superación de todo lo que aleja de Dios y hace extraños a los hermanos”.

El Pontífice señaló que “el Espíritu Santo es el artífice del bautismo de Jesús y también de nuestro bautismo”. “Es el Espíritu el que abre los ojos del corazón a la verdad, toda la verdad. Es el Espíritu el que empuja nuestra vida sobre el sendero de la caridad. Es el Espíritu el don que el Padre nos ha dado a cada uno de nosotros en el día de nuestro bautismo. Es el Espíritu que nos transmite la ternura del perdón divino”.

Como en otras ocasiones, invitó a los fieles a preguntarse la fecha del día en el que fueron bautizados: “¿Conocéis el día en el que fuisteis bautizados? Que cada uno lo piense. Y si alguno no lo recuerda, que pregunte al padre, a la madre, al abuelo, a la abuela, al tío a la tía”. “Es una fecha de fiesta, de nuestra santificación inicial, la fecha del gran perdón”, añadió.

Fuente: AciPrensa


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Angelus de Hoy. Papa Francisco

Lo que nos hace cristianos es la propuesta de amor de Dios a la humanidad

En el Ángelus de este domingo, el Papa Francisco arrojó luz sobre la parábola del viñador invitando a no tener la actitud de los viñadores, sino a servir a los demás rechazando así la arrogancia y recordó que lo que nos hace cristianos es el amor de Dios.

“Hay un solo impedimento frente a la voluntad tenaz y tierna de Dios: nuestra arrogancia y la nuestra presunción, que se convierte a veces en violencia”.

“Los viñadores asumen una actitud posesiva: no se consideran simples gestores, sino propietarios, y rechazan entregar lo que han recogido”, explicó.

Además, “maltratan a los siervos, hasta el punto de asesinarlos. El dueño se muestra paciente con ellos: manda otros siervos, más numerosos que los primeros, pero el resultado es el mismo” y al final “decide enviar a su propio hijo”, pero los viñadores “lo asesinan también a él”.

“Es una historia que habla de la alianza que Dios ha querido establecer con la humanidad y a la cual nos ha llamado también a nosotros a participar”. La historia “conoce sus momentos positivos, pero está marcada también por traiciones y rechazos”.

Pero frente a la actitud de los viñadores están los cristianos y “un Dios que, aunque decepcionado por nuestros errores y pecados, ¡no falla a su palabra, no se detiene y sobre todo no se venga!”.

“A través de las ‘piedras de descarte’, a través de situaciones de debilidad y de pecado, Dios continúa poniendo en circulación el ‘vino nuevo’ de su viña, es decir, la misericordia”.

El Pontífice destacó la “urgencia de responder con frutos de bien a la llamada del Señor, que nos llama a ser su viña, nos ayuda a entender qué hay de nuevo y de original en el cristianismo”.

Y “no es tanto la suma de preceptos y de normas morales, sino antes que nada una propuesta de amor que Dios, a través de Jesús, ha hecho y continúa haciendo a la humanidad”.

“Es una invitación a entrar en esta historia de amor, convirtiéndose en una viña vivaz y abierta, rica de frutos y de esperanza para todos. Una viña cerrada puede ser salvaje y producir uva salvaje. Estamos llamados a salir de la viña para ponernos al servicio de los hermanos que no están con nosotros para sacudirnos mutuamente y animarnos, para recordarnos el deber de ser una viña del Señor en cada ambiente, también en los más alejados e incómodos”.

Fuente: AciPrensa


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El sentir de Papa tras la visita a Colombia.

El Papa Francisco comparte lo que más tocó su corazón en Colombia

Al concluir su viaje a Colombia, el Papa Francisco contó a los periodistas aquello que más tocó su corazón en los días en que estuvo en el país sudamericano.

En el avión que lo llevó de Cartagena hacia Roma, el Santo Padre dijo que “lo que más me ha llegado de los colombianos en las cuatro ciudades ha sido la gente en las calles, saludándome”.

Francisco relató que lo tocó mucho a imagen de los padres que “alzaban a sus niños para hacérselo ver al Papa para que el Papa lo bendijera. Como diciendo: este es mi tesoro, esta es mi esperanza. Este es mi futuro. Yo te creo. Esto me ha llegado”.

“La ternura, los ojos de esos padres, de esas madres. Precioso, precioso. Esto es un símbolo. Símbolo de esperanza, de futuro. Un pueblo que es capaz de hacer hijos y después los muestra, los hace ver así, como diciendo: este es mi tesoro, es un pueblo que tiene esperanza y tiene futuro”.

El Pontífice dijo también estar “conmovido de la alegría, de la ternura, de la juventud, de la nobleza del pueblo colombiano. Un pueblo noble que no tiene miedo a expresarse como siente, no tiene miedo a escuchar y a hacer ver lo que siente. Así lo percibo yo”.

Tras recordar que ya ha estado otras veces en Colombia, Francisco agradeció “el testimonio de alegría, de esperanza, de paciencia en el sufrimiento de este pueblo”.

“Me ha hecho mucho bien”, concluyó.

Fuente: AciPrensa

Foto: Crédito: Juan Tena – Presidencia de Colombia


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Hermosa Catequesis del Papa Francisco

Catequesis Papa Francisco sobre el perdón como motor de esperanza

El Papa Francisco dedicó la catequesis de la Audiencia General del miércoles al perdón y recordó que “desde el inicio de su ministerio en Galilea, Jesús se acerca a los leprosos, a los endemoniados, a todos los enfermos y los marginados”.

También aseguró que “nos hace bien pensar que Dios no ha elegido como primera amalgama para formar su Iglesia a las personas que no se equivocan jamás. La Iglesia es un pueblo de pecadores que experimentan la misericordia y el perdón de Dios”.

A continuación, el texto completo de la catequesis del Papa:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado la reacción de los comensales de Simón el fariseo: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?» (Lc 7,49). Jesús ha apenas realizado un gesto escandaloso. Una mujer de la ciudad, conocida por todos como una pecadora, ha entrado en la casa de Simón, se ha inclinado a los pies de Jesús y ha derramado sobre sus pies óleo perfumado. Todos los que estaban ahí en la mesa murmuraban: si Jesús es un profeta, no debería aceptar gestos de este género de una mujer como esta. Desprecio. Aquellas mujeres, pobrecitas, que sólo servían para ser visitadas a escondidas, incluso por los jefes, o para ser lapidadas. Según la mentalidad de ese tiempo, entre el santo y el pecador, entre lo puro y lo impuro, la separación tenía que ser neta.

Pero la actitud de Jesús es diversa. Desde el inicio de su ministerio en Galilea, Él se acerca a los leprosos, a los endemoniados, a todos los enfermos y los marginados. Un comportamiento de este tipo no era para nada habitual, tanto es así que esta simpatía de Jesús por los excluidos, los “intocables”, será una de las cosas que más desconcertaran a sus contemporáneos. Ahí donde hay una persona que sufre, Jesús se hace cargo, y ese sufrimiento se hace suyo. Jesús no predica que la condición de pena debe ser soportada con heroísmo, a la manera de los filósofos estoicos. Jesús comparte el dolor humano, y cuando lo encuentra, de su interior emerge esa actitud que caracteriza el cristianismo: la misericordia. Jesús, ante el dolor humano siente misericordia; el corazón de Jesús es misericordioso. Jesús siente compasión. Literalmente: Jesús siente estremecer sus vísceras. Cuantas veces en los evangelios encontramos reacciones de este tipo. El corazón de Cristo encarna y revela el corazón de Dios, y ahí donde existe un hombre o una mujer que sufre, quiere su sanación, su liberación, su vida plena.

Es por esto que Jesús abre los brazos a los pecadores. Cuanta gente perdura también hoy en una vida equivocada porque no encuentra a nadie disponible a mirarlo o verlo de modo diverso, con los ojos, mejor dicho, con el corazón de Dios, es decir, mirarlos con esperanza. Jesús en cambio, ve una posibilidad de resurrección incluso en quien ha acumulado tantas elecciones equivocadas. Jesús siempre está ahí, con el corazón abierto; donando esa misericordia que tiene en el corazón; perdona, abraza, entiende, se acerca… ¡Eh, así es Jesús!

A veces olvidamos que para Jesús no se ha tratado de un amor fácil, de poco precio. Los evangelios registran las primeras reacciones negativas en relación a Jesús justamente cuando Él perdonó los pecados de un hombre (Cfr. Mc 2,1-12). Era un hombre que sufría doblemente: porque no podía caminar y porque se sentía “equivocado”. Y Jesús entiende que el segundo dolor es más grande que el primero, tanto que lo acoge enseguida con un anuncio de liberación: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (v. 5). Libera de aquel sentimiento de opresión de sentirse equivocado. Es entonces que algunos escribas – aquellos que se creen perfectos: yo pienso en tantos católicos que se creen perfectos y desprecian a los demás… es triste esto – algunos escribas allí presentes se escandalizan por las palabras de Jesús, que suenan como una blasfemia, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.

Nosotros que estamos acostumbrados a experimentar el perdón de los pecados, quizás demasiado a “buen precio”, deberíamos algunas veces recordarnos cuanto le hemos costado al amor de Dios. Cada uno de nosotros ha costado bastante: ¡la vida de Jesús! Él lo habría dado por cada uno de nosotros. Jesús no va a la cruz porque cura a los enfermos, porque predica la caridad, porque proclama las bienaventuranzas. El Hijo de Dios va a la cruz sobre todo porque perdona: perdona los pecados, porque quiere la liberación total, definitiva del corazón del hombre. Porque no acepta que el ser humano consuma toda su existencia con este “tatuaje” imborrable, con el pensamiento de no poder ser acogido por el corazón misericordioso de Dios. Y con estos sentimientos Jesús va al encuentro: de los pecadores, de los cuales todos nosotros somos los primeros.

Así los pecadores son perdonados. No solamente son consolados a nivel psicológico: el perdón nos consuela mucho, porque son liberados del sentimiento de culpa. Jesús hace mucho más: ofrece a las personas que se han equivocado la esperanza de una vida nueva. “Pero, Señor, yo soy un trapo” – “Pero, mira adelante y te hago un corazón nuevo”. Esta es la esperanza que nos da Jesús. Una vida marcada por el amor. Mateo el publicano se convierte en apóstol de Cristo: Mateo, que era un traidor de la patria, un explotador de la gente. Zaqueo, rico corrupto: este seguramente tenía un título en coimas, ¿eh?, Zaqueo, rico corrupto de Jericó, se transforma en un benefactor de los pobres. La mujer de Samaria, que tenía cinco maridos y ahora convive con otro, recibe la promesa del “agua viva” que podrá brotar por siempre dentro de ella. (Cfr. Jn 4,14). Y así, cambia el corazón, Jesús; hace así con todos.

Nos hace bien pensar que Dios no ha elegido como primera amalgama para formar su Iglesia a las personas que no se equivocan jamás. La Iglesia es un pueblo de pecadores que experimentan la misericordia y el perdón de Dios. Pedro ha entendido más la verdad de sí mismo al canto del gallo, en vez que de sus impulsos de generosidad, que le henchían el pecho, haciéndolo sentir superior a los demás.

Hermanos y hermanas, somos todos pobres pecadores, necesitados de la misericordia de Dios que tiene la fuerza de transformarnos y devolvernos la esperanza, y esto cada día. ¡Y lo hace! Y a la gente que ha entendido esta verdad fundamental, Dios regala la misión más bella del mundo, es decir, el amor por los hermanos y las hermanas, y el anuncio de una misericordia que Él no niega a ninguno. Y esta es nuestra esperanza. Vayamos adelante con esta confianza en el perdón, en el amor misericordioso de Jesús. Gracias.

Fuente: AciPrensa

Photo: Audiencia General en el Aula Pablo VI. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa


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El Angelus… Papa Francisco

El Papa en Fiesta de la Transfiguración invita a dejar lo mundano y servir al necesitad

En sus palabras previas al rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro hoy en el Vaticano, el Papa Francisco aseguró que el evento de la Trasfiguración del Señor invita a reflexionar sobre la importancia de desprenderse de las cosas mundanas y así encontrar a Jesús para estar al servicio de los hermanos necesitados.

“La subida de los discípulos hacia el monte Tabor nos lleva a reflexionar sobre la importancia de desprendernos de las cosas mundanas, para efectuar un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Nos ofrece un mensaje de esperanza –así seremos nosotros, con Él– nos invita a encontrar a Jesús, para estar al servicio de los hermanos”, indicó el Pontífice en el marco de la fiesta de la Trasfiguración del Señor.

De lo que se trata, indicó el Papa, es de “disponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos íntimos de oración que permitan la acogida dócil y gozosa de la Palabra de Dios”.

Solo de esa manera, señaló el Pontífice, se conseguirá esa “elevación espiritual” y “desprendimiento de las cosas mundanas”, que permita “redescubrir el silencio pacificante y regenerante de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría”.

“Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a sentir esta belleza interior, esta alegría que nos da la Palabra de Dios en nosotros”, aseguró el Santo Padre.

En consecuencia, a imitación de los discípulos que bajaron de la montaña “con los ojos y el corazón transfigurados por el encuentro con el Señor”, el Papa pidió que el redescubrir a Jesús “no es un fin en sí mismo”, sino que nos induce a estar “recargados por la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de auténtica conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana”.

“Transformados por la presencia de Cristo y por el ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros hermanos, especialmente para quienes sufren, para cuantos se encuentran en la soledad y en el abandono, para los enfermos y para la multitud de hombres y de mujeres que, en diversas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia y la violencia”, aseguró Santo Padre.

Finalmente, pidió recordar las palabras finales del Padre celestial en este pasaje del Evangelio: “este es mi Hijo amado. Escúchenlo”; y pidió la intercesión de la Virgen María, que “siempre está dispuesta a acoger y custodiar en su corazón cada palabra del Hijo divino”.

“Quiera nuestra Madre y Madre de Dios ayudarnos a entrar en sintonía con la Palabra de Dios, para que Cristo se convierta en luz y guía de toda nuestra vida”, concluyó.

Fuente: AciPrensa

Foto: Crédito: L’Osservatore Romano


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Angelus

Cristo es el tesoro que llena de significado nuestra vida

En sus palabras previas al rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro hoy en el Vaticano, el Papa Francisco aseguró que Cristo es “el tesoro escondido” que llena nuestra vida de significado.

Al reflexionar sobre las parábolas del tesoro escondido y la perla preciosa, en el capítulo 13 del Evangelio de Mateo, el Santo Padre dijo que Cristo es “el tesoro escondido, es Él la perla de gran valor. Él es el descubrimiento fundamental, que puede dar un viraje decisivo a nuestra vida, llenándola de significado”.

Estas dos parábolas, destacó el Papa, “subrayan la decisión de los protagonistas de vender toda cosa para obtener aquello que han descubierto”.

“En el primer caso se trata de un campesino que casualmente se topa con un tesoro escondido en el campo donde está trabajando. No siendo el campo de su propiedad, debe comprarlo si quiere entrar en posesión del tesoro: entonces decide arriesgar todos sus haberes para no perder aquella ocasión de veras excepcional”, recordó.

En la segunda parábola, señaló, “encontramos un mercader de perlas preciosas; él, como experto conocedor, ha descubierto una perla de gran valor. También él decide apuntar todo en aquella perla, al punto de vender todas las otras”.

“Estas semejanzas ponen en evidencia dos características concernientes el poseso de Reino de Dios: la búsqueda y el sacrificio. El Reino de Dios es ofrecido a todos, pero no está puesto a disposición en una bandeja de plata, necesita un dinamismo: se trata de buscar, caminar, ocuparse”, indicó.

Francisco subrayó que “la actitud de la búsqueda es la condición esencial para encontrar; es necesario que el corazón arda del deseo de alcanzar el bien precioso, es decir, el Reino de Dios que se hace presente en la persona de Jesús”.

“Frente al descubrimiento inesperado, tanto el campesino come el mercader se dan cuenta que tienen delante una ocasión única que no deben dejarse escapar, por lo tanto, venden todo aquello que poseen”, destacó.

El Papa remarcó que “el valor inestimable del tesoro” implica para ambos protagonistas de las parábolas “sacrificio, separaciones y renuncias”.

“Cuando el tesoro y la perla han sido descubiertos, es decir, cuando hemos encontramos al Señor, es necesario no dejar estéril este descubrimiento, sino sacrificarle cualquier otra cosa”, dijo.

El Santo Padre precisó que “no se trata de despreciar el resto, sino de subordinarlo a Jesús, poniéndolo a Él en el primer lugar. La gracia en primer lugar”.

“El discípulo de Cristo no es uno que se ha privado de algo esencial, es uno que ha encontrado mucho más: ha encontrado la alegría plena que sólo el Señor puede donar. Es la alegría evangélica de los enfermos curados, de los pecadores perdonados, del ladrón a quien se le abre la puerta del paraíso”.

Francisco destacó que “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de aquellos que se encuentran con Jesús. Aquellos que se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.

El Papa exhortó a descubrir “la cercanía y la presencia consoladora de Jesús en nuestra vida. Una presencia que transforma el corazón y nos abre a las necesidades y a la acogida de los hermanos, especialmente de aquellos más débiles”.

Al finalizar su mensaje, el Santo Padre alentó a los fieles a pedir la intercesión de la Virgen María “para que cada uno de nosotros sepa dar testimonio, con las palabras y los gestos cotidianos, de la alegría de haber encontrado el tesoro del Reino de Dios, es decir, el amor que el Padre nos ha donado mediante Jesús”.

Fuente: AciPresa

Imagen referencial / Papa Francisco. Foto: L’Osservatore Romano


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