Evangelio Hoy

Vigésimo séptimo Domingo del tiempo ordinario

Evangelio según San Marcos 10,2-16.

Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?”.
El les respondió: “¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?”.
Ellos dijeron: “Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella”.
Entonces Jesús les respondió: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes.
Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer.
Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre,
y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne.
Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”.
Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto.
El les dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella;
y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio”.
Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron.
Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos.
Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.
Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.
Reflexionemos

Benedicto XVI

papa 2005-2013

Encíclica «Deus caritas est», § 9-11

«Los dos no hacen más que uno sólo»

En la Biblia, la relación de  Dios con Israel viene expresada a través de las metáforas de los  desposorios y del matrimonio; y, por consiguiente, la idolatría es adulterio y prostitución… Pero el amor-eros de Dios por el hombre es al mismo tiempo y totalmente amor-agape. No tan sólo porque se nos da de manera absolutamente gratuita, sin ningún mérito anterior, sino porque es un amor que perdona… En la Biblia, pues, por una parte nos encontramos ante una imagen estríctamente metafísica de Dios : Dios es, de manera absoluta, la fuente originaria de todo ser; pero por otra parte, la razón primordial de ser de este principio creador de todas las cosas, es alguien que ama con toda la pasión de un verdadero amor. De esta manera, el amor-eros queda enoblecido al grado más alto y, al mismo tiempo, purificado hasta fundirse en uno solo con el amor-agape… La primera novedad de la fe bíblica consiste en esta imagen de Dios; la seguna, esencialmente unida a la primera, la encontramos en la imagen del hombre. El  relato bíblico de la creación habla de la soledad del primer hombre, Adán, a quien Dios ha querido dar una ayuda… La idea de que el hombre,  por su misma constitución,  sería incompleto, es decir, siempre en búsqueda del otro, de la parte que le falta para su integridad, o sea, la idea de que es sólo en comunión con el otro sexo que llega a «ser completo», está, sin duda, presente. El relato bíblico se concluye con una profecía que se refiere a Adán: «Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos formarán una sola carne» (Gn 2,24). Aquí hay dos aspectos importantes: el eros está como enraizado en la misma naturaleza del hombre; Adán está en búsqueda y «deja a su padre y a su madre» para encontrar a su mujer; es solamente unidos que representan la totalidad de la humanidad, que llegan a ser «una sola carne». El segundo aspecto no es menos importante: según una orientación que tiene su origen en la creación, el eros llama al hombre al matrimonio, a un vínculo caracterizado por la unicidad y por lo definitivo; así, y solamente así, su destino en profundidad llega a su plenitud. La imagen del matrimonio monogámico se corresponde con la imagen del Dios del monoteísmo. El matrimonio, fundado sobre un amor exclusivo y definitivo aparece como la imagen de la relación de Dios con su pueblo, y recíprocamente: la manera de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano.

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