Evangelio Hoy

Miércoles de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 9,57-62.

Mientras Jesús y sus discípulos iban caminando, alguien le dijo a Jesús: “¡Te seguiré adonde vayas!”.
Jesús le respondió: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”.
Y dijo a otro: “Sígueme”. El respondió: “Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre”.
Pero Jesús le respondió: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios”.
Otro le dijo: “Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos”.
Jesús le respondió: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”.
Reflexionemos

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)

carmelita descalza, doctora de la Iglesia

Poesía “ Jesús, amado mío, acuérdate” estrofas 1, 6-8

“El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”

Acuérdate, Jesús, de la gloria del Padre, del esplendor divino que dejaste en el cielo al bajar a esta tierra, al desterrarte de aquella eterna patria por rescatar a todos los pobres pecadores. Bajando a las entrañas de la Virgen María, velaste tu grandeza y tu gloria infinita. Del seno maternal de tu segundo cielo ¡Acuérdate! […] Acuérdate, Jesús, de que en otras riberas los mismos astros de oro y la luna de plata que yo contemplo en el azul sin nubes tus ojitos de niño encendieron de gozo y maravilla. Con la misma manita con que a tu dulce Madre acariciabas sostenías el mundo y le dabas la vida. Y pensabas en mí, ¡oh mi pequeño Rey!, ¡Acuérdate! Acuérdate, Señor, de que en la soledad con tus divinas manos trabajaste. Vivir en el olvido fue tu mayor cuidado, despreciaste la ciencia de los hombres. Tú que con sola una palabra dicha por tu divina boca sumir podías en asombro al mundo, te complaciste en esconder a todos tu profundo saber, ciencia infinita. Pareciste ignorante, siendo el Omnipotente, ¡acuérdate! Acuérdate de haber vivido errante, extranjero en la tierra, ¡oh Verbo eterno! Ni una piedra tuviste ni un abrigo, ni tan siquiera el nido que los pájaros tienen… Ven, ¡oh Jesús!, a mí, reclina tu cabeza, ven…, para recibirte tengo dispuesta el alma. Sobre mi corazón descansa, Amado mío, ¡mi corazón es tuyo!

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