Evangelio Hoy

Martes de la décima semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Mateo 5,13-16. 

Jesús dijo a sus discípulos: 
Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. 
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. 
Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. 
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

Reflexionemos

Sermón atribuido a San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo

Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo

El Señor dijo a sus apóstoles: “Vosotros sois la luz del mundo”. ¡Qué justas son las comparaciones que el Señor emplea para describir a nuestros padres en la fe! Los llama “sal”, a ellos que nos enseñan la sabiduría de Dios, y “luz”, a ellos que liberan nuestros corazones de la ceguera y las tinieblas de nuestra incredulidad.

Con razón los apóstoles reciben el nombre de luz: anuncian en la oscuridad del mundo la claridad del cielo y el esplendor de la eternidad. ¿Acaso Pedro no se convirtió en luz para el mundo entero y para todos los fieles, cuando le dijo al Señor: ” Tu eres Cristo, el Hijo de Dios vivo “? (Mt 16,16) y ¿Qué mayor claridad habría podido recibir el género humano, que saber por Pedro, que el Hijo de Dios vivo era el creador de esta luz?

Y San Pablo no es una luz menor para que el mundo: mientras el mundo entero estaba cegado por las tinieblas del mal, ascendió al cielo (2 Corintios 12:2) y, a su regreso, reveló los misterios del esplendor eterno. Por eso no pudo ocultarse, la ciudad fundada sobre una montaña, ni se ocultarse debajo de la cama, porque Cristo, por la luz de su majestad, lo  había encendido como una lámpara de elección, repleta del aceite del Espíritu Santo. Por lo tanto, amados míos, al renunciar a las ilusiones de este mundo, estamos comprometidos a buscar el sabor de la sabiduría de Dios, degustar la sal de los apóstoles.

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