Evangelio Hoy

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Evangelio según San Juan 19,31-37. 

Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. 
Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. 
Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, 
sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua. 
El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. 
Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ninguno de sus huesos. 
Y otro pasaje de la Escritura, dice: Verán al que ellos mismos traspasaron. 

Reflexionemos

San Buenaventura (1221-1274), franciscano, doctor de la Iglesia
La Viña mística (Trad. ©Evangelizo.org)

«La herida del corazón»

Los soldados perforaron y traspasaron no solamente las manos de Jesús sino los pies; la lanza de su furia perforó incluso el costado y, hasta el fondo, el Corazón sagrado que había sido ya perforado por la lanza del amor.

«Me has herido el corazón, oh hermana y esposa mía; me has herido el corazón» dice (Ct 4:9). Oh amoroso Jesús, tu esposa, tu hermana, tu amiga habiendo herido tu corazón, ¿era necesario que tus enemigos lo hiriesen a su vez? Y ustedes, sus enemigos, ¿qué hacen? Si ya está herido, o más bien porque está herido, el corazón del dulcísimo Jesús, ¿por qué infligirle una segunda herida? ¿Ignoran ustedes que ya en la primer herida el corazón se apaga y se vuelve de cierta manera insensible?

El corazón de mi dulcísimo Jesús murió porque fue herido, una herida de amor invadió el corazón de Jesús nuestro esposo, una muerte de amor lo invadió. ¿Cómo una segunda muerte podría entrar? «Pero el amor es fuerte como la muerte» (Ct 8:6); más bien,  en verdad es más fuerte que la muerte misma.

Imposible ahuyentar la primer muerte, es decir el amor de tantas almas muertas, del corazón que ella habita, porque su herida soberana lo ha conquistado. De dos adversarios igualmente fuertes, de los cuales uno está en la casa, y el otro afuera, ¿quién dudará en efecto que aquel que está adentro se lleva la victoria? Mira entonces como el amor, que habita el corazón y lo mata de una herida de amor, es fuerte, y esto es cierto no solamente de Jesús el Señor pero también de sus discípulos.

Es así que fue primero herido y murió el corazón del Señor Jesús, «degollado por nosotros, todo el día, tratado como una oveja de matadero» (Sal 43:21). La muerte corporal vino sin embargo y triunfó por un tiempo pero con el fin de ser vencida eternamente.

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