Evangelio Hoy

Jueves Santo de la Cena del Señor

Evangelio según San Juan 13,1-15. 

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. 
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, 
sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, 
se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. 
Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. 
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?”. 
Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás”. 
“No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte”. 
“Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!”. 
Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. 
El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: “No todos ustedes están limpios”. 
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? 
Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. 
Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. 
Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.” 

Reflexionemos

San Buenaventura (1221-1274), franciscano, doctor de la Iglesia
El Árbol de la Vida (Obras espirituales, t. III, Soc. S. Francisco de Asís, París, 1932, pg. 81-82). (Trad. ©Evangelizo.org)

«Jesús, pan consagrado»

De entre todos los recuerdos de Cristo el más digno de ser recordados es evidentemente el que se sitúa en aquella cena final, la Santa Cena en la cual no solamente el cordero pascual fue dado como comida pero adonde el Cordero inmaculado que quita el pecado del mundo se ofrece él mismo bajo las especies de pan «que contiene todas las delicias y la dulzura de todos los manjares.» (Sab 16:20)

Durante ese festejo, la dulzura de la bondad de Cristo brilla admirablemente: cena en la misma mesa y come el mismo plato, con aquellos pequeños pobres, sus discípulos, y con Judas, el traidor.

Un admirable ejemplo de humildad resplandece cuando el Rey de gloria, ceñido de un lienzo, lava con mucho cuidado los pies de aquellos pecadores, incluso de aquel que lo traiciona.

Admirable es también la generosidad de su magnificencia al dar su Cuerpo santo como comida y su Sangre como verdadera bebida a sus primeros sacerdotes y por consiguiente a toda la Iglesia y al mundo entero, afín  que lo que pronto iba a convertirse en un sacrificio agradable a Dios, y el precio inestimable de nuestra redención sea nuestro viático y nuestro apoyo.

En fin el admirable exceso de su amor brilla aún más  que todo por aquella tierna exhortación que, «amando a los suyos hasta el extremo» (Jn 13:1), les hace para reforzarlos en el bien, advirtiendo especialmente a Pedro para fortalecer su fe y ofreciendo con su pecho a Juan un suave y santo reposo.

¡Todas estas cosas sí que son admirables y llenas de dulzura! al menos para el alma llamada a una tan excelente cena y que corre con todo el ardor de su espíritu, para poder hacer el grito del profeta: «Como anhela la cierva estar junto al arroyo, así mi alma desea,

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