Evangelio Hoy

Vigésimo Domingo del tiempo ordinario

Evangelio según San Mateo 15,21-28. 

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. 
Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. 
Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”. 
Jesús respondió: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. 
Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: “¡Señor, socórreme!”. 
Jesús le dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. 
Ella respondió: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”. 
Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”. Y en ese momento su hija quedó curada. 

Reflexionemos

San Beda el Venerable (c. 673-735), monje benedictino, doctor de la Iglesia
Homilía sobre los evangelios, I,22; PL 94, 102-105

“Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz!” (Mt 9,22)

El evangelio nos muestra aquí la fe grande, la paciencia y la humildad de la cananea… Esta mujer tenía una paciencia realmente poco común. En su primera petición al Señor, éste no le responde palabra. No obstante, lejos de dejar de insistir, ella implora con más ahínco el auxilio de su bondad… El Señor, viendo el ardor de nuestra fe y la tenacidad de nuestra perseverancia en la oración, tendrá compasión de nosotros y nos concederá lo que le pedimos.

La hija de la cananea tenía un demonio que la atormentaba. Una vez expulsada la mala agitación de nuestros pensamientos y deshechos los nudos de nuestros pecados, la serenidad del espíritu volverá a nosotros, junto con la posibilidad de obrar rectamente… Si, al igual que la cananea, perseveramos en la oración con firmeza inquebrantable, la gracia de nuestro Creador se nos hará presente: corregirá todos nuestros errores interiores, santificará todo lo que es impuro, pacificará toda agitación. Porque el Señor es fiel y justo. Nos perdonará nuestros pecados y nos purificará de toda inmundicia si le invocamos con la voz atenta de nuestro corazón.

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