Evangelio Hoy

Martes de la séptima semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Marcos 9,30-37.

Al salir de allí atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera,
porque enseñaba y les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará”.
Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.
Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: “¿De qué hablaban en el camino?”.
Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”.
Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:
“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado”.

Reflexionemos

San Ireneo de Lyon (c. 130-c. 208), obispo, teólogo y mártir
Contra las herejías IV 38,1-2

“El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge.” (Mt 18,5)

¿Es que Dios no podía crear al hombre perfecto desde el primer momento? A Dios, que desde el principio permanece idéntico a si mismo, increado, todo le es posible. En cambio, los seres creados, llamados a la existencia después de Dios, son necesariamente inferiores a su creador… Por el simple hecho de ser creados no son perfectos. Son como niños pequeños, acabados de nacer, no están acostumbrados ni ejercitados en una conducta perfecta…Dios, desde un principio, podía dar la perfección al hombre, pero éste era incapaz de recibirla porque no era sino un niño pequeño.

Por esto, el Señor, en los tiempos que son los últimos, cuando ha recapitulado en él todas las cosas (Ef 1,10) ha llegado hasta nosotros, no según su poder, sino tal como éramos capaces de reconocerlo. Habría podido, en efecto, venir a nosotros en el esplendor de su gloria, pero nosotros no hubiéramos sido capaces de soportar la grandeza de su gloria… El Verbo de Dios, siendo perfecto, se hizo niño con el hombre, no a causa de si mismo, sino a causa del estado de infancia en que se encontraba la humanidad.

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