Evangelio Hoy

Cuarto domingo de Adviento

Evangelio según San Mateo 1,18-24.

Este fue el origen de Jesucristo:
María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.
Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:
La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros”.
Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa,

Reflexionemos

León XIII (1810-1903), papa 1878-1903
Quanquam pluries

“José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya.” (Mt 1,20)

Las razones y motivos especiales por los que San José es proclamado patrón de la Iglesia y que ésta espere mucho de su protección y de su patronato, residen en que José fue el esposo de María y padre putativo de Jesús. De aquí se desprende su dignidad, su favor, su santidad, su gloria. Ciertamente, la dignidad de la Madre de Dios es tan alta que no hay nada que pueda ser creado por encima de ella. Pero, como José ha sido unido a la bienaventurada Virgen por los lazos conyugales, no hay duda de que haya sido más cercano que nadie a esta dignidad eminente por la que María, la Madre de Dios sobrepasa infinitamente todas las cosas creadas. El matrimonio es, en efecto, la comunidad y la unión más íntima de todas las que puedan existir y tiene como consecuencia la comunión de bienes entre el uno y el otro cónyuge. Así, al ser José esposo de María Virgen, Dios le dio en él no solamente un compañero para la vida, un testimonio de su virginidad, un guardián de su honor, sino además, en virtud del pacto conyugal, un partícipe de su sublime dignidad.

De igual manera, José brilla entre todos por la más augusta dignidad, porque ha sido, por la voluntad divina, el guardián del Hijo de Dios, mirado por los hombres como hijo suyo. De ahí que el Hijo de Dios estaba humildemente sumiso a José y le obedecía, cumpliendo todos los deberes  que los hijos están obligados a cumplir respecto de sus padres.

De esta doble dignidad se desprenden los deberes que la naturaleza impone a los padres de familia, tal como José era el guardián, el administrador y el defensor legítimo y natural de la casa divina de la que él era la cabeza… La casa divina que José gobernaba con autoridad de padre contenía las primicias de la Iglesia naciente… Estas son las razones por las que el bienaventurado patriarca vela con particular solicitud sobre la multitud de los cristianos en la Iglesia a él confiada.

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