Evangelio Hoy

Lunes de la trigésima semana del tiempo ordinario la-curo

Evangelio según San Lucas 13,10-17.

Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga.
Había allí una mujer poseída de un espíritu, que la tenía enferma desde hacía dieciocho años. Estaba completamente encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera.
Jesús, al verla, la llamó y le dijo: “Mujer, estás curada de tu enfermedad”,
y le impuso las manos. Ella se enderezó en seguida y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la multitud: “Los días de trabajo son seis; vengan durante esos días para hacerse curar, y no el sábado”.
El Señor le respondió: “¡Hipócritas! Cualquiera de ustedes, aunque sea sábado, ¿no desata del pesebre a su buey o a su asno para llevarlo a beber?
Y esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo aprisionada durante dieciocho años, ¿no podía ser librada de sus cadenas el día sábado?”.
Al oír estas palabras, todos sus adversarios se llenaron de confusión, pero la multitud se alegraba de las maravillas que él hacía.

Reflexionemos

San Gregorio de Narek (c. 944-c. 1010), monje y poeta armenio
El libro de oraciones, nº 18

«En seguida se puso derecha y glorificaba a Dios»

Hubo un tiempo en que yo no existía, y tú me creaste.
No había pedido nada, y tú me hiciste.
Todavía no había salido a la luz, y me viste.
No había aparecido, y te compadeciste de mí.
No te había invocado todavía, y te ocupaste de mí.
No te había hecho ninguna señal con la mano, y me miraste.
No te había suplicado nada, y te compadeciste de mí.
No había articulado ningún sonido, y me comprendiste.
No había todavía suspirado, y me escuchaste.

Aún sabiendo lo que actualmente iba a ser,
no me despreciaste.
Habiendo considerado con tu mirada precavida
las faltas que tengo por ser pecador,
sin embargo, me modelaste.
Y ahora, a mí que tú has creado,
a mí que has salvado,
a mí que he sido objeto de tanta solicitud por tu parte,
que la herida del pecado, suscitado por el Acusador,
¡no me pierda para siempre!…

Atada, paralizada,
encorbada como la mujer que sufría,
mi desdichada alma queda impotente para enderezarse.
Bajo el peso del pecado, mira hacia el suelo,
a causa de los duros lazos de Satán…
Inclínate hacia mí, tú, el sólo Misericordioso,
pobre árbol pensante que se cayó.
A mí, que estoy seco, hazme florecer de nuevo
en belleza y esplendor
según las palabras divinas del santo profeta (Ez 17,22-24)…
Tú, el sólo Protector,
te pido quieras echar sobre mí una mirada
surgida de la solicitud de tu amor indecible…
y de la nada crearás en mí la misma luz. (cf Gn 1,3)

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