Orando sobre el Evangelio de Hoy

ORACIÓN DEL DÍA
16 DE MARZO

“Quiero verte cara a cara, no estando solo, sino rodeado de un coro de hermanos a quienes he ayudado por amor a ti”

En esta parábola me presentas dos mundos contrastantes. El del rico que vestía con ricas telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Por otro lado, estaba un mendigo, Lázaro, que yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiándose llenar con las sobras que caían de la mesa del rico.

Con este cuatro tan vivo, me dejas claro los dos mundos tan extremos que vivían. Un rico, sin nombre y un mendigo con nombre propio, Lázaro. Por un lado la riqueza agresiva, por otro la pobreza llena de miseria, sin derechos, donde solo los animales se acercan. ¿Y qué separa a estos dos mundos? Una simple puerta, la puerta cerrada de la casa del rico, un rico sin nombre, porque en realidad su riqueza no le hace protagonista. El pobre sí tiene nombre, Lázaro, que significa: Dios ayuda.

A través del pobre Lázaro, Dios ayuda al rico, le da una oportunidad de abrir la puerta de su corazón, para que pueda tener su nombre escrito en el libro de la vida. Pero el rico, no acepta tener que ser ayudado por el pobre, porque su puerta sigue cerrada. ¿No es Jesús también un cuadro exacto de cómo vivimos en pleno siglo XXI? Te pido ayuda para que mi puerta no esté nunca cerrada para los más necesitados.

La parábola sigue: Lázaro muere primero y es llevado al seno de Abraham. Murió el rico también y fue sepultado. Es interesante, Jesús, el hecho de que Lázaro muera primero. Al morir, el rico ya no puede ser ayudado por Dios a ejercer su misericordia. Y la oportunidad de salvarse se ve comprometida, esa oportunidad de recibir un nombre en la eternidad.

Y ahora sí, el rico acepta la ayuda de Lázaro una vez muertos, pues estaba en el seno de Abraham, fuente de la vida. Y con claridad, Jesús, hablas de la separación que hay entre ellos, un abismo, que no se puede cruzar. El rico sufre; Lázaro es feliz en el seno de Abraham. El rico ve en el pobre Lázaro su única opción de encontrar alivio. Qué curioso, en vida no lo vio, ni siquiera se percató de su existencia. Ahora, lo busca y le pide ayuda pero es demasiado tarde.

El rico llama a Abrahán Padre, y Abraham lo llama hijo. Es como un detalle de esperanza para los que te oían Jesús. Parece la segunda parte de la parábola como un mal sueño que va dirigido a despertar la conciencia de los ricos. Pero en el fondo sabemos que el futuro que nos espera lo vamos preparando ahora con nuestras acciones.

Por esto te pido hoy Jesús que me ayudes a abrir todas las puertas de mi vida, de mi corazón. No quiero permanecer encerrado en mí mismo sino descubrir ese otro mundo que no conozco quizás, pero al que me pides servir. En el fondo sé que cuando abra esa puerta, habrá entrado la salvación, porque cuando ayudamos a nuestros hermanos, en realidad, te estamos ayudando a ti. Y yo quiero verte cara a cara, no estando solo, sino rodeado de un coro de hermanos a quienes he ayudado por amor a ti.

Meditar: Lc 16, 19-31

Propósito: En oración, ver con Jesús qué puerta de mi vida tengo que abrir para ayudar a un hermano necesitado.

Padre Guillermo Serra, L.C.

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