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Virgen del RosarioNUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

Octubre 7


El 7 de Octubre, el primer domingo de Octubre del año 1571, Don Juan de Austria ganó su famosa Victoria naval sobre los turcos en Lepanto. En acción de gracias por este evento, que él atribuyó a la intercesión de la Santísima Virgen por haber dicho el Santo Rosario, San Pío V instituyó la fiesta anual con el titulo de Nuestra Señora de la Victoria. Su sucesor inmediato, Gregorio XIII, le cambio el nombre al del Rosario, y concedió su Oficio a todas las Iglesias en donde hubiera un altar dedicado a Nuestra Señora del Rosario.


En 1716, el ejercito del Emperadora Carlos VI, capitaneado por el Príncipe Eugenio, obtuvo una gran victoria sobre los turcos cerca de las Nieves, en el momento en que los miembros de la Sociedad del Santo Rosario ofrecían oraciones solemnes en Roma. Poco después, los turcos se vieron obligados a levantar el asedio del Corcyra.


En conmemoración de este hecho, Clemente XI extendió la Fiesta del Santísimo Rosario ala Iglesia Universal, Benedicto XIV hizo que se insertara una relación de todo ello en el Breviario Romano y León XII elevo la celebración al rango de fiesta de segunda clase. También agrego la invocación: “Reina del Santísimo Rosario, ruego por nosotros”, a la Letanía de Loreto. En 1961, el nombre de esta fiesta se convirtió en: Nuestra Señora del Rosario.

Según una tradición venerable, la devoción al Santo Rosario fue revelada a Santo Domingo por la Santísima Virgen.


ORACION: Oh Dios, Tu nos llenas con Tu gracia. Sabemos de la Encarnación de Tu Hijo por el mensaje de un Ángel. Que por la intercesión de María Santísima obtengamos la gloria de la resurrección por la Pasión y la Cruz de Cristo. Amén.

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Ntra. Sra de la Salette

Ntra. Sra de la Salette

Celebrado El 19 De Septiembre

El 19 de septiembre de 1846, apareció la Santísima Virgen, sobre la montaña de La Salette, (Francia), a dos jóvenes pastorcitos, Melania Calvat y Maximino Giraud. Primeramente les confió un mensaje público; después a Maximino sólo, un secreto; luego a Melania un mensaje que podría publicar en 1858. 

  El Llamamiento a los Apóstoles de los Ultimos Tiempos forma parte del Secreto confiado a Melania: “Dirijo un llamamiento apremiante a la tierra; llamo a los verdaderos discípulos de Dios que vive y reina en los cielos; llamo a los verdaderos imitadores de Cristo hecho hombre; llamo a Mis hijos, a Mis verdaderos devotos, los que se hayan entregado a Mí para que Yo los conduzca a Mi Divino Hijo, los que llevo por decir así en Mis brazos, los que han vivido según Mi espíritu; en fin llamo a los Apóstoles de los Ultimos Tiempos los fieles discípulos de Jesucristo que han vivido en el desprecio del mundo y de sí mismo en la pobreza y la humildad, en el desprecio y en el silencio, en la oración y en la mortificación, en la castidad y en la unión con Dios, en el sufrimiento y desconocidos del mundo. Es hora de que salgan y vengan a alumbrar la tierra.” 

“Id y mostraos como Mis hijos queridos. Estoy con vosotros y en vosotros, siempre que vuestra fe sea la luz que os alumbre en esos días de desgracia. Que vuestro celo os haga como los hambrientos por la gloria y honor de Jesucristo. Combatid, hijos de luz, vosotros pequeño número que lo véis, porque he aquí el tiempo de los tiempos, el fin de los fines.” 

Así habló la Madre de Dios y mientras escuchaba, contemplaba Melania, en una visión profética la vida y las obras venideras de los hijos y de las hijas de la Orden de la Madre de Dios, religiosos misioneros, religiosas misioneras y discípulos laicos, esparcidos por todas partes del mundo. Los religiosos y religiosas harán los votos; los discípulos laicos, la consagración a la Santísima Virgen. Melania veía también a varias religiosas llegar a unirse con esta Orden y las otras por su relación recobrar su espíritu primitivo. 

Por mandato del Papa León XIII, presentó Melania esta regla al examen de la Sagrada Congregación de Obispos y Religiosos la cuál dio su aprobación el 27 de mayo de 1879. Al mismo tiempo fueron aprobadas las constituciones que Melania había compuesto para la Orden de la Madre de Dios a petición de León XIII, según su visión profética de 1846. 

Melania falleció en olor de santidad el 14 de diciembre de 1904, a la edad de 73 años. 

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San Sátiro de Milán

San Sátiro de Milán

Celebrado El 17 De Septiembre

San Sátiro, laico

En Milán, de la Liguria, sepultura de san Sátiro, cuyos insignes méritos relata su hermano san Ambrosio. Cuando aún no estaba iniciado en los misterios cristianos, sufrió un naufragio sin temor a la muerte, pero, salvado de las aguas, entró en la Iglesia de Dios para no morir con las manos vacías. Unido en íntima y mutua fraternidad a su hermano Ambrosio, fue enterrado por el obispo de Milán junto al mártir san Víctor.

Sátiro era el hermano mayor de san Ambrosio, nacido alrededor del año 340, posiblemente en Tréveris. Su hermana, santa Marcelina, era la mayor de la familia. Cuando el padre, que era prefecto del pretorio de las Galias, murió, alrededor del año 354, la familia se trasladó a Roma, donde los dos muchachos recibieron una educación esmerada, bajo la amable pero estricta vigilancia de su madre y su hermana. Sátiro hizo una carrera, ejerció el derecho en los tribunales y llegó a ser prefecto en alguna de las provincias romanas, de la que se ignora el nombre. En 374, cuando san Ambrosio fue elegido obispo de Milán, Sátiro renunció a su cargo y regresó para administrar los asuntos temporales en la sede de su hermano. Hizo varios viajes al África y en el último de ellos estuvo a punto de perder la vida en un naufragio. Como consecuencia del peligro en que había estado, buscó la manera de ponerse bien con Dios y, en la primera oportunidad que se le presentó, recibió el bautismo, puesto que hasta entonces sólo era un catecúmeno. Se cuenta que durante el naufragio, un sacerdote que iba a bordo entregó a Sátiro una partícula del Santísimo Sacramento con la recomendación de que tratara de rescatarla. Sátiro envolvió aquella partícula consagrada en un pañuelo que se ató al cuello y saltó por la borda del barco destrozado. Una vez a salvo, Sátiro hizo entrega del Santísimo Sacramento al sacerdote, quien le bautizó.

Poco tiempo después de aquel suceso, Sátiro murió repentinamente en Milán, en brazos de su hermana Marcelina y frente a su hermano San Ambrosio. Este distribuyó los bienes del difunto entre los pobres, de acuerdo con los deseos de Sátiro. Los méritos más notables de san Sátiro, su integridad y su bondad, fueron elogiados por san Ambrosio en el sermón que pronunció durante sus funerales, en el cual rogó a Dios misericordioso que aceptara el santo sacrificio que él había ofrecido por el alma de su hermano muerto.

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San Cornelio Papa

San Cornelio Papa

Celebrado El 16 De Septiembre

Santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires

Memoria de san Cornelio, papa, y san Cipriano, obispo, mártires, acerca de los cuales el catorce de septiembre se relata la sepultura del primero y la pasión del segundo. Juntos son celebrados en esta memoria por todo el orbe cristiano, porque, en días de persecución, ambos testimoniaron su amor por la verdad indefectible ante Dios y el mundo.

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Celebrado El 15 De Septiembre

San Nicetas Godo, mártir

A orillas del Danubio, en Iliria oriental, san Nicetas Godo, mártir, a quien el rey arriano Atanarico, que odiaba la fe católica, mandó quemar.

San Sabas y san Nicetas fueron los dos mártires más renombrados entre los godos. Al primero se le conmemora el 12 de abril y al segundo, a quien los griegos colocan en la categoría de los «megalomártires» (grandes mártires), en la fecha de hoy. Nicetas era un godo nacido en las riberas del Danubio y convertido a la fe en su juventud por Ulfilas, un brillante misionero entre aquellas gentes y traductor de la Biblia a la lengua gótica. Fue Ulfilas quien ordenó de sacerdote a Nicetas. Hacia el año de 372, varios cientos de godos que huían de los hunos invasores se refugiaron en Moldavia y las autoridades romanas les hicieron un mal recibimiento, los maltrataron y vejaron. Inmediatamente, como represalia, el rey Atanarico, señor de los godos de oriente, cuyo territorio lindaba con el imperio romano en las regiones de Tracia, inició una violenta persecución contra los cristianos.

Por orden del rey, un ídolo colocado sobre una carreta fue llevado a través de todas las ciudades y aldeas donde se sospechaba que había cristianos, y todo aquel que se negase a adorar al dios, quedaba automáticamente condenado a muerte. Para matar en masa, los perseguidores utilizaban el método de encerrar a los cristianos capturados en casas o iglesias tapiadas y prenderles fuego. En el ejército de mártires que glorificaron a Dios en aquella ocasión, figuró san Nicetas, que selló su fe y su obediencia con su sangre, se purificó de toda culpa al morir en el fuego y entró triunfante a la vida eterna. Sus reliquias fueron llevadas a Mopsuesta, en Cilicia, donde tuvieron su santuario; por lo cual, el mártir godo fue venerado en las iglesias bizantinas y sirias.

El texto en griego sobre la pasión de san Nicetas, tal como lo presentó Metafrasto, se halla impreso con un comentario en Acta Sanctorum, sept. vol. V. Pero en la Analecta Bollandiana, vol. XXXI (1912), pp. 209-215, se imprimió el relato original con anotaciones críticas y un comentario que ocupa las pp. 281-287 del mismo volumen.fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

San Nicetas Godo
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Celebrado El 14 De Septiembre

Santa Notburga, virgen

En la localidad de Eben, en el Tirol, santa Notburga, virgen, cuya dedicación a las labores domésticas y al servicio de Cristo en los pobres fue ejemplo de santidad para sus compatriotas.

Unos catorce años antes de la muerte de santa Zita en la ciudad de Lucca, vino al mundo en la localidad de Rattenberg, en las montañas del Tirol, una niña que se convertiría en la santa patrona de los criados y servidores domésticos de toda la comarca, de la misma manera que santa Zita lo es en una zona mucho más vasta. Aquella niña, cuyo nombre era Notburga, fue la hija de un campesino del lugar, tan pobre, que apenas tuvo la niña la edad necesaria, comenzó a trabajar como criada para ayudar con el presupuesto familiar. Notburga tenía dieciocho años cuando entró al servicio del conde Enrique de Rattenberg, como ayudante de la cocinera. En el castillo feudal eran siempre muy abundantes los restos de las comidas que se servían en la mesa de los señores y, a diario, Notburga los recogía y, por una puertecilla lateral, los distribuía entre los pobres que acudían en gran número a recibir la limosna. No contenta con esto, se privaba de sus raciones para aumentar las porciones de los mendigos. Al morir la madre del conde, su esposa, la condesa Ottilia, se hizo cargo del manejo de la casa y, como no aprobaba las caridades de la ayudante de la cocinera, dio órdenes de que todas las sobras se juntaran en los grandes cubos para alimentar a los cerdos. Durante algún tiempo, Notburga hizo lo que se le había ordenado y no dio a los pobres más de lo que guardaba de su propia ración, pero no tardó en tomar también algo de lo que se destinaba a los chiqueros y, a pesar de que lo hacía con el mayor sigilo, su ama la sorprendió y fue despedida de mala manera, entre denuestos contra la doncella y sus mendigos. Y sucedió que, pocos días más tarde, murió la condesa Ottilia y después de sus funerales se presentaron en el castillo los mendigos encabezados por Notburga, las víctimas del egoísmo de la difunta señora, y con impresionante seriedad, anunciaron al conde que el espíritu de su esposa iba a morar en los chiqueros del castillo de Rettenberg y no descansaría en paz hasta que se hicieran exorcismos en el lugar.

Notburga se fue a trabajar a la casa de un granjero en Eben, y el incidente legendario que ahí le ocurrió es conocido por todos los niños buenos del Tirol. Era un sábado por la tarde durante la época de la cosecha, y Notburga se afanaba en la siega cuando repicaron las campanas de la iglesia para anunciar las vísperas, es decir que ya había comenzado el domingo. La doncella dejó de trabajar inmediatamente y se disponía a ir a la iglesia, cuando llegó el patrón y le mandó que continuara con la faena. Pero ella hizo ver al amo que el domingo empieza con las vísperas del sábado y ningún buen cristiano siega en domingo; en consecuencia, ella, que era buena cristiana, se negaba rotundamente a trabajar. El patrón, por su parte, alegó que era necesario continuar con la siega porque hacía buen tiempo y convenía aprovecharlo ya que, en cualquier momento, podía cambiar. «No cambiará», replicó Notburga con mucho aplomo. «¿Cómo puedes asegurarlo?», inquirió el patrón. «Ni siquiera se ve la luna puesto que está cubierta por la bruma y yo digo que va a llover». «¡No lloverá!», afirmó la muchacha. «Y si os hace falta ver la luna para creerlo, ahí la tenéis …». Con movimiento rápido, Notburga arrojó la hoz a los aires y ahí se quedó suspendida, semejante a una luna en cuarto menguante sobre el cielo del ocaso. la pequeña hoz es precisamente uno de los atributos con los que se la representa en la iconografía.

Mientras tanto, el conde Enrique de Rattenberg había sufrido una serie de contratiempos e infortunios a causa de las reyertas entre el conde del Tirol y el duque de Baviera; el biógrafo de santa Notburga, que era un escritor de mucha imaginación, asegura que el de Rattenberg atribuía todas sus desgracias a la maldad de su difunta esposa y, sobre todo, a la injusticia que había cometido con la pobre ayudante de la cocinera. Al parecer, el conde creía que el espíritu de su esposa vagaba por los chiqueros y le traía maleficios, como se lo habían vaticinado los mendigos y, para ahuyentarlo de una vez por todas, decidió casarse por segunda vez y llamar a Notburga para reparar el daño que se le había hecho. El conde llevó a cabo sus proyectos y la doncella se instaló en el castillo, no como sierva sino como ama de llaves. Durante el resto de su existencia, Notburga vivió feliz y santamente en Rattenberg y, gracias a ella, un ejército de mendigos obtenía ahí su diario sustento. Poco antes de morir, recomendó a su amo muy especialmente a sus amados pobres y, como última voluntad, le pidió que colocara su cadáver en una carreta y lo sepultara en el lugar donde los bueyes se detuviesen. Así se hizo y, tras una larga jornada durante la cual se realizaron muchos milagros, como cuentan las crónicas, los bueyes se detuvieron ante la puerta de la iglesia de San Ruperto, en Eben. De acuerdo con sus deseos, Santa Notburga fue sepultada allí. En 1862, el Papa Pío IX confirmó su culto local como patrona de los pobres campesinos y siervos asalariados.

Biografía originalmente publicada en alemán por H. Guarinoni en 1646, hay otros materiales más antiguos, según nos informa Rader en Bavaria Sancta, así como otros investigadores. La narración de Guarinoni, traducida al latín, aparece en Acta Sanctorum, septiembre, vol. IV, acompañada de numerosos prolegómenos y curiosas ilustraciones sobre el culto a santa Notburga.fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Santa Notburga de Eben
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Celebrado El 13 De Septiembre

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Memoria de san Juan, obispo de Constantinopla y doctor de la Iglesia, antioqueno de nacimiento, que, ordenado presbítero, llegó a ser llamado «Crisóstomo» por su gran elocuencia. Gran pastor y maestro de la fe en la sede constantinopolitana, fue desterrado de la misma por insidias de sus enemigos, y al volver del exilio por decreto del papa san Inocencio I, como consecuencia de los malos tratos recibidos de sus guardianes durante el camino de regreso, entregó su alma a Dios en Cumana, localidad del Ponto, el catorce de septiembre.

Este incomparable maestro recibió después de su muerte el nombre de «Crisóstomo» o «Boca de Oro», en recuerdo de sus maravillosos dones de oratoria. Pero su piedad y su indomable valor son títulos todavía más gloriosos que hacen de él uno de los más grandes pastores de la Iglesia. San Juan nació en Antioquía de Siria, alrededor del año 347. Era hijo único de Segundo, comandante de las tropas imperiales. Su madre, Antusa, que quedó viuda a los veinte años, consagraba su tiempo a cuidar de su hijo, de su hogar, y a los ejercicios de piedad. Su ejemplo impresionó tan profundamente a uno de los maestros de Juan, famoso sofista pagano, que no pudo contener la exclamación: «¡Qué mujeres tan extraordinarias produce el Cristianismo!» Antusa escogió para su hijo los más notables maestros del Imperio. La elocuencia constituía en aquella época una de las más importantes disciplinas. Juan la estudió bajo la dirección de Libanio, el más famoso de los oradores de su tiempo, y pronto superó a su propio maestro. Cuando preguntaron a Libanio en su lecho de muerte quién debía sucederle en el cargo, respondió: «Yo había escogido a Juan, pero los cristianos nos le han arrebatado».

De acuerdo con la costumbre de la época, Juan no recibió el bautismo sino hasta los veintidós años, cuando era estudiante de leyes. Poco después, junto con sus amigos Basilio, Teodoro (que fue más tarde obispo de Mopsuesta) y algunos otros, empezó a frecuentar una escuela para monjes, donde estudió bajo la dirección de Diodoro de Tarso y, el año 374, ingresó en una de las comunidades de ermitaños de las montañas del sur de Antioquía. Más tarde escribió un vivido relato de las austeridades y pruebas de esos monjes. Juan pasó cuatro años bajo la dirección de un anciano monje sirio, y después vivió dos años solo, en una cueva. La humedad le produjo una grave enfermedad, y para reponerse tuvo que volver a la ciudad, en el 381. Ese mismo año recibió el diaconado de manos de san Melecio. En 386, el obispo Flaviano le confirió el sacerdocio y le nombró predicador suyo. Juan tenía entonces alrededor de cuarenta años. Durante doce años, desempeñó este oficio y cargó con la responsabilidad de representar al anciano obispo. Juan consideraba como su primera obligación el cuidado y la instrucción de los pobres, y jamás dejó de hablar de ellos en sus sermones y de incitar al pueblo a la limosna. Según los propios cálculos del santo, Antioquía tenía entonces unos cien mil cristianos y otros tantos paganos. Juan les alimentaba con la palabra divina, predicando varias veces por semana y aun varias veces al día en algunas ocasiones. Cuando el emperador Teodosio I se vio obligado a imponer un nuevo tributo a causa de la guerra con Magno Máximo, los antioquenses se rebelaron y destrozaron las estatuas del emperador, de su padre, de sus hijos y de si difunta esposa, sin que los magistrados pudiesen impedirlo. Pero pasada la tempestad, el pueblo empezó a reflexionar en las posibles consecuencias de sus actos, y el terror se apoderó de todos, y aumentó cuando se presentaron en la ciudad dos oficiales de Constantinopla que venían a imponer el castigo del emperador al pueblo. A pesar de su edad, el obispo Flaviano partió bajo la más violenta tempestad del año, a pedir clemencia al emperador, quien, movido a compasión, perdonó a los ciudadanos de Antioquía. Entre tanto, san Juan había estado predicando la más notable serie de sermones en su carrera, es decir, las veintiuna famosas homilías «De las estatuas». En ellas se manifiesta la extraordinaria comunicación que el orador creaba con sus oyentes y la conciencia que tenía del poder de su palabra para hacer el bien. No hay duda de que la cuaresma del año 387, en la que san Juan Crisóstomo predicó esas homilías, modificó el curso de su carrera y que, a partir de ese momento, su oratoria se convirtió, aun desde el punto de vista político, en una de las grandes fuerzas que movían el Imperio. Después de la tormenta, el santo continuó su trabajo con la energía de siempre; pero Dios le llamó pronto a glorificar su nombre en otro puesto, donde le reservaba nuevas pruebas y nuevas coronas.

A la muerte de Nectario, arzobispo de Constantinopla, en 397, el emperador Arcadio, aconsejado por Eutropio, su ayuda de cámara, resolvió apoyar la candidatura de san Juan Crisóstomo a dicha sede. Así pues, dio al conde d’Este la orden de enviar a san Juan a Constantinopla, pero sin publicar la noticia para evitar un levantamiento popular. El conde fue a Antioquía; ahí pidió al santo que le acompañase a las tumbas de los mártires en las afueras de la ciudad, y entonces dio a un oficial la orden de transportar al predicador lo más rápidamente posible a la ciudad imperial, en un carruaje. El arzobispo de Alejandría, Teófilo, hombre orgulloso y turbulento, había ido a Constantinopla a recomendar a un protegido suyo para la sede, pero tuvo que desistir de sus intrigas, y san Juan fue consagrado por él mismo, el 26 de febrero del año 398.

En la administración de su casa, el santo suprimió los gastos que su predecesor había considerado necesarios para el mantenimiento de su dignidad, y consagró ese dinero al socorro de los pobres y la ayuda a los hospitales. Una vez puesta en orden su casa, el nuevo obispo emprendió la reforma del clero. A sus exhortaciones, llenas de celo, añadió las disposiciones disciplinarias, aunque es preciso reconocer que, por necesarias que éstas hayan sido, su severidad revela cierta falta de tacto. El santo era un modelo exacto de lo que exigía de los otros. La falta de modestia de las mujeres en aquella alegre capital, provocó la indignación del obispo, quien les hizo ver cuan falsa y absurda era la excusa de que se vestían así porque no veían en ello ningún daño. La elocuencia y el celo del Crisóstomo movieron a penitencia a muchos pecadores y convirtieron a numerosos idólatras y herejes. Los novacianos criticaron su bondad con los pecadores, pues el santo les exhortaba al arrepentimiento con la compasión de un padre, y acostumbraba decirles: «Si habéis caído en el pecado más de una vez, y aun mil veces, venid a mí y yo os curaré». Sin embargo, era muy firme y severo en el mantenimiento de la disciplina, y se mostraba inflexible con los pecadores impenitentes. En cierta ocasión, los cristianos fueron a las carreras un Viernes Santo y asistieron a los juegos el Sábado Santo. El virtuoso obispo se sintió profundamente herido, y el Domingo de Pascua predicó un ardiente sermón «Contra los juegos y los espectáculos del teatro y del circo». La indignación le hizo olvidar la fiesta de la Pascua, y su exordio fue un llamamiento conmovedor. Se han conservado numerosos sermones de san Juan Crisóstomo, demostrando que no se equivocan quienes le consideran como el mayor orador de todos los tiempos, a pesar de que su lenguaje, especialmente en sus últimos años, era excesivamente violento y combalivo. Como alguien ha dicho, «en algunas ocasiones, san Juan Crisóstomo casi grita a los pecadores», y hay razones para pensar que sus ataques contra los judíos, por motivados que fuesen, causaron en parte los sangrientos combates cutre éstos y los cristianos de Antioquía. No todos los que se oponían al obispo eran malos; había entre ellos algunos cristianos buenos y serios, como el que un día sería san Cirilo de Alejandría.

Otra de las actividades a las que el arzobispo consagró sus energías fue la fundación de comunidades de mujeres piadosas. Entre las santas viudas que se confiaron a la dirección de este gran maestro de santos, probablemente sea la más ilustre la noble santa Olimpia. San Juan Crisóstomo no se limitaba a mirar por los fieles de su rebaño, sino que extendía su celo a las más remotas legiones. Así, envió a un obispo a evangelizar a los escitas nómadas, y a un hombre admirable a predicar a los godos. Palestina, Persia y muchas otras provincias distantes sintieron los benéficos efectos de su celo. El santo obispo se distinguió también por su extraordinario espíritu de oración, virtud ésta que predicó incansablemente, exhortando a los mismos laicos a recitar el oficio divino a media noche: «Muchos artesanos -decía- tienen que levantarse a trabajar a media noche, y los soldados vigilan cuando están de guardia; ¿por qué no hacéis vosotros lo mismo para alabar a Dios?» Grande fue también la ternura con que el santo hablaba del admirable amor divino, manifestado en la Eucaristía, y exhortaba a los fieles a la comunión frecuente. Los negocios públicos exigieron a menudo la participación de san Juan Crisóstomo; por ejemplo, a la caída del ayuda de cámara y antiguo esclavo Eutropio, en el 399, predicó un famoso sermón en presencia del odiado cortesano, quien se había refugiado en la catedral, detrás del altar. El obispo exhortó al pueblo a perdonar al culpable, ya que el mismo emperador, a quien habían injuriado directamente, le había perdonado. Como dijo el santo, en adelante no tendrían derecho a esperar que Dios les perdonase, si no perdonaban entonces a quien necesitaba de misericordia y de tiempo para hacer penitencia.

Pero San Juan Crisóstomo tenía todavía que glorificar a Dios con sus sufrimientos, como lo había hecho con sus trabajos. Y, si miramos el misterio de la cruz con ojos de fe, reconoceremos que el santo se mostró más grande en las persecuciones contra él que en todos los otros actos de su vida. Su principal adversario eclesiástico fue el arzobispo Teófilo de Alejandría antes mencionado, que tenía muchos cargos contra su hermano de Constantinopla. Enemigo no, menos peligroso era la emperatriz Eudoxia. San Juan había sido acusado de haberla llamado «Jezabel», y la malevolencia de algunos vio un ataque a la emperatriz en el sermón del obispo contra la malicia y vanidad de las mujeres de Constantinopla. Sabiendo que el obispo Teófilo no quería al Crisóstomo. Eudoxia se unió a él en una conspiración para deponer al obispo de Constantinopla. Teófilo llegó a dicha ciudad en junio del 403, acompañado de varios obispos egipcios; se negó a alojarse en la casa del santo y reunió un conciliábulo de treinta y seis obispos en una casa de Calcedonia llamada «La Encina». Las principales razones que se alegaban para deponer a Juan eran que había depuesto a un diácono por haber golpeado a un esclavo; que había llamado reprobos a algunos miembros de su clero; que nadie sabía cómo empleaba sus rentas; que había vendido algunos objetos que pertenecían a la iglesia; que había depuesto a varios obispos fuera de su provincia; que comía solo, y que daba la comunión a quienes no observaban el ayuno eucarístico. Todas las acusaciones eran falsas, o carecían de importancia. San Juan reunió un concilio legal en la ciudad, y se rehusó a comparecer ante el conciliábulo de «La Encina». En vista de ello, el conciliábulo procedió a firmar la sentencia de deposición y a enviarla al emperador, añadiendo que el santo era reo de traición, probablemente por haber llamado «Jezabel» a la emperatriz. El emperador dio la orden de destierro contra san Juan Crisóstomo.

Constantinopla vivió tres días de gran agitación, y el Crisóstomo lanzó un vigoroso manifiesto desde el pulpito: «Violentas tempestades me acosan por todas partes -dijo-; pero no las temo, porque mis pies descansan sobre la roca. El mar rugiente y las gigantescas olas no pueden hacer naufragar la nave de Jesucristo. No temo la muerte, que considero como una ganancia; ni el destierro, porque toda la tierra es del Señor; ni la pérdida de mis bienes, porque vine desnudo al mundo y desnudo partiré de él». El obispo declaró que estaba pronto a dar su vida por sus ovejas, y que todos sus sufrimientos provenían de que no se había ahorrado trabajo alguno para ayudar a sus cristianos a salvarse. Después de este sermón se entregó espontáneamente, sin que el pueblo lo supiera, y un legado del emperador le condujo a Preneto de Bitinia. Pero el primer destierro fue de corta duración. La ciudad sufrió un ligero terremoto que aterrorizó a la supersticiosa Eudoxia, quien rogó a Arcadio que hiciese volver al Crisóstomo del exilio. El emperador le dio permiso de que escribiese el mismo día una carta, en la que la emperatriz rogaba al santo que volviera y aseguraba no haber tenido parte en el decreto de destierro. Toda la ciudad salió a recibir a su obispo, y el Bósforo se cubrió de relucientes antochas. Teófilo y sus secuaces huyeron esa misma noche.

Pero el buen tiempo duró poco. Frente a la iglesia de Santa Sofía se había erigido una estatua de plata de la emperatriz; los juegos públicos celebrados con motivo de la dedicación de la estatua perturbaron la liturgia y produjeron desórdenes y manifestaciones supersticiosas. El Crisóstomo había predicado frecuentemente contra los espectáculos licenciosos. En esta ocasión, habían tenido lugar en un sitio que los hacía todavía más inexcusables. Para que nadie pudiera acusarle de que aprobase el abuso tácitamente, el santo obispo habló atacando los espectáculos con la libertad y el valor que le caracterizaban. La vanidosa emperatriz tomó esto como un ataque personal, y volvió a convocar a los enemigos de san Juan. Teófilo no se atrevió a acudir, pero envió a tres legados. Este nuevo conciliábulo apeló a ciertos cánones de un concilio arriano de Antioquía contra san Atanasio, que mandaba que ningún obispo que hubiese sido depuesto por un sínodo pudiese volver a tomar posesión de su sede, sino por decreto de otro sínodo. Arcadio ordenó al santo que se retirara de su diócesis, pero éste se negó a abandonar el rebaño que Dios le había confiado, a no ser por la fuerza. El emperador mandó que sus tropas echasen a los fieles fuera de las iglesias el Sábado Santo. Los templos fueron profanados con el derramamiento de sangre y se produjeron otros ultrajes. El santo escribió al papa san Inocencio I, rogándole que invalidase las órdenes del emperador, que eran notoriamente injustas. También escribió a otros obispos del Occidente pidiéndoles su apoyo. El Papa escribió a Teófilo exhortándole a comparecer ante un concilio que debía dictar la sentencia, de acuerdo con los cánones de Nicea. Igualmente dirigió algunas cartas a san Juan Crisóstomo, a sus fieles y algunos de sus amigos, con la esperanza de que el nuevo concilio lo arreglaría todo. Lo mismo hizo Honorio, emperador del Occidente. Pero Arcadio y Eudoxia lograron impedir que el concilio se reuniese, pues Teófilo y otros cabecillas de su facción temían la sentencia.

Crisóstomo solamente pudo permanecer en Constantinopla hasta dos meses después de la Pascua. El miércoles de Pentecotés, el emperador firmó la orden de destierro. El santo se despidió de los obispos que le habían permanecido fieles y de santa Olimpia y las demás diaconisas, que estaban desoladas al verle partir, y abandonó su diócesis furtivamente para evitar una sedición. Llegó a Nicea de Bitinia el 20 de junio de 404. Después de su partida, un incendio consumió la basílica y el senado de Constantinopla. Muchos de los partidarios del santo obispo fueron torturados para que descubrieran a los causantes del incendio, pero no se consiguió averiguar nada. El emperador determinó que san Juan Crisóstomo permaneciese en Cucuso, pequeña aldea de las montañas de Armenia. El santo partió de Nicea en julio, y debió sufrir mucho a causa del calor, la fatiga y la brutalidad de los soldados. Después de setenta días de viaje, llegó a Cucuso, donde el obispo del lugar y todo el pueblo cristiano rivalizaron en las muestras de respeto y cariño que le prodigaron. Han llegado hasta nosotros las cartas que san Juan Crisóstomo escribió desde el destierro a santa Olimpia y a otras personas, así como el tratado que dedicó a dicha santa: «Que nadie puede hacer daño a aquél que no se hace daño a sí mismo». Entretanto, el papa Inocencio y el emperador Honorio habían enviado cinco obispos a Constantinopla para preparar el concilio, exigiendo al mismo tiempo que el santo continuase en el gobierno de su diócesis, hasta ser juzgado. Pero dichos obispos fueron hechos prisioneros en Tracia, pues el partido de Teófilo (Eudoxia había muerto en octubre a resultas de un mal parto) sabía muy bien que el concilio les condenaría. Los partidarios de Teófilo consiguieron también que el emperador desterrase a san Juan a Pitio, un lugar todavía más lejano en el extremo oriental del Mar Negro. Dos oficiales partieron con el encargo de conducirle hasta allá. Uno de ellos conservaba todavía un resto de compasión humana, pero el otro era incapaz de dirigirse al obispo en términos correctos. El viaje fue extremadamente penoso, ya que el calor hacía sufrir mucho al anciano obispo, y los oficiales imperiales le obligaban a marchar en las horas de sol abrasador. Al pasar por Comana de Capadocia, el santo iba ya muy enfermo. Esto no obstante, los oficiales le obligaron a arrastrarse hasta la capilla de San Basilisco, unos diez kilómetros más lejos. Durante la noche, san Basilisco se apareció a san Juan y le dijo: «Animo, hermano mío, que mañana estaremos juntos». Al día siguiente, sintiéndose exhausto y muy enfermo, el obispo rogó a los oficiales que le dejasen reposar un poco más. Estos se rehusaron a concederle esa gracia. Apenas habían caminado siete kilómetros, vieron que el obispo estaba entrando en agonía y le condujeron de nuevo a la capilla. Ahí el clero le revistió los ornamentos episcopales, y el santo recibió los últimos sacramentos. Pocas horas más tarde, pronunció sus últimas palabras: «Sea dada gloria a Dios por todo», y entregó su alma. Era el día de la Santa Cruz, 14 de septiembre de 407.

Al año siguiente, el cuerpo de san Juan Crisóstomo fue trasladado a Constantinopla. El emperador Teodosio II y su hermana santa Pulqueria acompañaron en procesión el cadáver junto con el arzobispo san Patroclo, pidiendo perdón por el pecado de sus padres, que tan ciegamente habían perseguido al siervo de Dios. El cuerpo del santo fue depositado en la iglesia de los Apóstoles el 27 de enero. En la Iglesia bizantina, san Juan Crisóstomo es uno de los tres Santos Patriarcas y Doctores Universales; los otros dos son san Basilio y san Gregorio Nazianceno. La Iglesia de Occidente cuenta también a san Atanasio en el grupo de los grandes doctores griegos. En 1909, San Pío X declaró a san Juan Crisóstomo patrono de los predicadores. Su nombre está incluido en la liturgia eucarística de los ritos bizantino, sirio, caldeo y maronita.

La literatura sobre san Juan Crisóstomo es, naturalmente, enorme. La mejor biografía que podemos recomendar, sobre todo por el admirable sentido histórico con que el autor sitúa al santo en su tiempo, es la de Mons. Duchesne en su Histoire ancienne de L’Eglise, vols. II y III; pero la biografía definitiva es la de Dom C. Baur, Der hl. Johannes Chrysostomus und seine Zeit (2 vols., 1929-1930). En el volumen II de la Patrología de Quasten, edición BAC, puede leerse una amplia y detallada introducción, tanto a la persona como a la obra del gran Doctor. fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, S

San Juán Crisóstomo
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Celebrado El 12 De Septiembre

San  Guido Anderlecht

Entre sus paisanos era conocido por su piedad sencilla  y constante y requerido para trabajos concienzudos y esforzados. Vamos  que la piedad le llevaba a no ser perezoso y  que el trabajo de la tierra le ayudaba a mirar  al Cielo.
Un buen día le sugirieron una posibilidad de cambio  de oficio. Podría pasar nada menos que a ser sacristán  cerca de Bruselas, en la iglesia de Lacken. Ello supuso  también un cambio de ciudad y de costumbres. Parece que  le tentó el comercio y en ese campo de la  actividad humana quiso hacer pinitos saliendo mal el asunto y  perdiendo sus ahorros.
Se dedicó entonces a peregrinar por el mundo.  Casi se puede decir que comenzó una bohemia en la  que sólo él gobernaba su existencia sin que hubiera de  dar cuentas a nadie. Pero lo hizo bien. Se sabe  que estuvo dos veces en Tierra Santa y dos veces  en Roma. De hecho, debió aprovechar muy bien su tiempo  libre por lo que se relata a continuación.
Regresó del deambulaje  y murió poco después en Anderlecht, su ciudad, donde se  le enterró casi como a un desconocido.
Pero, en su sepultura  comenzaron a suceder hechos maravillosos que empezaron a atraer a  la gente del pueblo primero y a los lejanos después…  De hecho sus reliquias comenzaron a recibir culto y la  devoción a San Guido se extendió rápidamente, cobrando auge continuo  y popularidad.
Bien hicieron los agricultores de su tierra y de  su tiempo en tomarlo por patrono, como en España harían  poco después con San Isidro; también los sacristanes de entonces  y de hoy se protegen con este santo intercesor que  entendía de cirios, de cajoneras y campanas; no menos podrían  acudir a este trotamundos los que se ocupan de desperezar  el tiempo libre propio o de los demás.
Una vez más,  con este santo agricultor, sacristán, comerciante fracasado y caminante del  mundo, se nos enseña que la santidad no es patrimonio  exclusivo de conventuales, sabios o mártires.

San  Guido Anderlecht
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Celebrado El 11 De Septiembre

San Juan Gabriel Perboyre, presbítero y mártir

En Wuchang, en la provincia de Hebei, en China, san Juan Gabriel Perboyre, presbítero de la Congregación de la Misión y mártir, que, dedicado a la predicación del Evangelio según costumbre del lugar, durante una persecución sufrió prolongada cárcel, fue atormentado y, finalmente, colgado en una cruz y estrangulado.

No obstante que Juan Gabriel Perboyre fue al primer misionero cristiano en China que alcanzó la gloria de la beatificación (en 1889), no fue, por cierto, el primer mártir en aquel país. En realidad, desde principios del siglo diecisiete, cuando se restablecieron las misiones en China, sólo hubo períodos relativamente cortos en los que estuvieron libres de peligro los cristianos. A fines del siglo XVIII se desató una feroz persecución que continuó esporádicamente hasta después de la muerte del padre Perboyre, en 1840, y numerosísimos fueron los cristianos que dieron su vida por la fe en aquellos períodos. Juan Gabriel nació en 1802 y, a la edad de quince años, escuchó un sermón que encendió sus anhelos de ir a predicar a los paganos. No tardó en ingresar a la Congregación de las Misiones (lazaristas y vicentinos) y fue ordenado sacerdote en 1826. Al principio, su deseo de llevar el Evangelio a tierras lejanas tuvo que ceder ante los requerimientos de la obediencia religiosa. Hizo brillantemente su curso de teología y, por lo tanto, después de su ordenación fue nombrado profesor del seminario de Saint-Flour; dos años más tarde, fue rector del «petit séminaire» en el mismo lugar. Su capacidad se puso de manifiesto en aquel cargo y, en 1832, fue enviado a París como subdirector del noviciado general de su congregación. A intervalos, desde que hizo sus votos doce años antes, había pedido que le enviasen a China, de donde llegaban noticias sobre los sufrimientos y el heroísmo de los cristianos perseguidos, pero sólo en 1835 se le concedió la autorización para partir.

Aquel mismo año llegó a Macao y, en seguida comenzó a tomar clases de chino. Demostró tanta habilidad para aprenderlo que, al cabo de cuatro meses, ya hablaba el complicado idioma y fue nombrado para la misión de Honan. En vísperas de partir, escribió a sus hermanos en París en estos términos: «Si me viérais ahora con mi atuendo chino, tendríais la ocasión de contemplar un espectáculo curioso: tengo la cabeza rapada, una larga trenza en la coronilla y bigotes que se estremecen cuando tartamudeo mi nueva lengua y se ensucian cuando como con los palitos de bambú. Dicen que mi aire de chino no es del todo malo. Esta es una manera de comenzar a hacer por uno mismo las cosas que debemos hacer por los demás: ¡Dios quiera que podamos así ganarlos a todos para Jesucristo!» En China los lazaristas habían organizado un sistema para rescatar a los niños abandonados que tanto han abundado siempre en aquel país sobrepoblado, a fin de salvarlos de la muerte y educarlos luego en la fe de Cristo. El padre Juan Gabriel participó activamente en aquel trabajo y dedicaba la mayor parte de su tiempo a la instrucción de aquellos niños a los que entretenía con el relato de divertidas historias a las que el idioma chino les daba un sabor especial. Luego de pasar dos años en Honan, fue transferido a Hupeh, donde poco después, en septiembre de 1839, hubo un estallido inesperado, repentino, violento e inexplicable de la persecución.

Los misioneros se apresuraron a ocultarse, pero un neófito traicionó al padre Perboyre (¡Terrible coincidencia!: lo vendió por treinta monedas, treinta taels, el equivalente a unos dieciocho dólares), quien fue aprehendido, encadenado y llevado ante innumerables funcionarios, cada uno de los cuales le interrogaba y le enviaba a otro y así sucesivamente. Por fin, llegó a las manos del gobernador y los mandarines de Wu Chang Fu. Estos le exigieron que revelara el sitio donde se escondían sus compañeros y que pisoteara la cruz, si quería salvar la vida. Por supuesto que se negó a hacer ambas cosas y empezó su pasión. Los sufrimientos que debió soportar el padre Juan Gabriel fueron increíbles en el sentido literal de la palabra. En veinte ocasiones fue arrastrado ante sus jueces y otras tantas se trató de obligarle con feroces tormentos, a la denuncia y al sacrilegio; las torturas se multiplicaban al negarse el mártir. Es famoso el ingenio de los chinos para inventar nuevos modos de infligir el dolor físico, y podemos afirmar que el padre Perboyre sufrió tormentos de tan refinada crueldad que, junto a ellos, los que han inventado los hagiógrafos para los mártires de las «Diez Persecuciones», parecen vulgares y benignos. Se le marcaron en el rostro cuatro caracteres chinos que decían: «maestro de una falsa religión»; un sacerdote chino que sobornó a los carceleros para entrar a la prisión, dijo que el cuerpo del padre Juan Gabriel era una masa informe de llagas y heridas, abiertas hasta mostrar los huesos en algunos sitios. El 11 de septiembre de 1840, casi un año después de su captura, san Juan Gabriel Perboyre, descalzo y con unos calzones desgarrados bajo la roja camisola de los condenados, fue estrangulado junto con otros cinco criminales comunes. Se le enterró al lado de otro mártir lazarista, el padre Francisco Regis Clet, quien también sería canonizado. En China se celebra la fiesta de el 7 de noviembre, la fecha más próxima a la de su beatificación en 1889. San Juan Gabriel fue canonizado el 2 de junio de 1996 por SS. Juan Pablo II.

El asesinato de Juan Gabriel Perboyre dio al gobierno británico la ocasión para insistir sobre el cumplimiento a una cláusula del Tratado de Nanking, firmado en 1842, donde se acuerda que las autoridades chinas no debían ocuparse de procesar y castigar a un misionero extranjero que fuese detenido, sino entregarlo al cónsul de la nación a que perteneciera el reo, en la ciudad más próxima al lugar de la captura.

En 1853 apareció, de autor anónimo, la obra «Le Disciple de Jésus», que es una biografía muy completa y bien escrita de san Juan Gabriel; ver también la biografía del padre Huonder, Der selige Johann Gabriel Perboyre; la de L. Castagnola, Missionario martire (1940) y la de A. Chatelet, J. G. Perboyre, martyr (1943). Asimismo se encontrarán valiosos datos en Les Martyrs, vol. X de Leclercq y en varios trabajos de A. Launay que tratar de las misiones en China.fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Celebrado El 10 De Septiembre

San Nicolás de Tolentino, religioso presbítero

En Tolentino, del Piceno, san Nicolás, presbítero, religioso de la Orden de Ermitaños de San Agustín, el cual, fraile de rigurosa penitencia y oración asidua, severo consigo y comprensivo con los demás, se autoimponía muchas veces la penitencia de otros.

Nació en Sant´Angelo in Pontano, Italia, en 1245. Sus padres, que durante años esperaban descendencia, en el transcurso de una peregrinación a Bari prometieron que si lograban ser bendecidos por Dios con ella en el caso de que fuese un varón lo consagrarían a san Nicolás, titular de la ciudad. Y así lo hicieron atribuyéndole la pronta concepción de ese hijo tan deseado. El pequeño Nicolás creció dando muestras de la bondad y amabilidad que, junto a su desprendimiento y sensibilidad por los necesitados, caracterizaría su vida entera. Y es que el sensible y piadoso muchacho solía atender personalmente a los pobres que llegaban a su casa pidiendo ayuda. Los primeros conocimientos se los proporcionó el sacerdote en su localidad natal.

Puede que el ejemplo y educación que recibió de sus padres, junto con la cercana presencia de los ermitaños agustinos, despertara en él una temprana vocación, porque a los 12 años ingresó en el convento como «oblato». Su idea no era recibir únicamente esa formación que completaría con creces la que pudo darle el bondadoso clérigo, sino que albergaba el sueño de ser agustino. A los 15 años inició el noviciado, y en 1261 profesó. En 1269 fue ordenado sacerdote por el obispo san Benito de Cíngoli. Después ejerció su misión pastoral en distintos puntos de la región de Las Marcas durante seis años. Pero sus superiores seguramente preocupados por su débil salud, viendo que ni siquiera le ayudaba en su restablecimiento la misión que le encomendaron de maestro de novicios que no exigía continuos desplazamientos, en 1275 determinaron enviarle a Tolentino donde permaneció el resto de su vida.

Fue un hombre de gran austeridad; es la característica que se subraya unánimemente cuando se configura su trayectoria espiritual. Su ascetismo, forjado en el fecundo aprendizaje que había tenido previamente en conventos herederos de la genuina tradición eremítica, estaba signado por la mortificación y el ayuno. Aparte de la frugalidad de su comida, y la radicalidad de su pobreza –mantenía un solo hábito que remendaba cuando era preciso, dormía poco y en condiciones no aptas precisamente para el rácano descanso y menos para una persona corpulenta como él: en un saco, con una piedra como almohada y cubriéndose solo con su propio manto–, no desestimaba todo lo que podía ayudarle a conquistar la perfección. Es decir, que estas asperezas penitenciales y las disciplinas físicas que también se aplicaba no sustituían a la donación de sí mismo. Se esforzaba en ofrendarse, como hacía por ejemplo, con su criterio. Así, aunque no le agradaba la carne, cuando el superior le recomendaba su ingesta por el bien de su salud, se doblegaba humildemente. De todos modos, con una lógica que excede a la ofrecida por textos científicos, en lo que a su bienestar concernía solía poner en duda la preeminencia del valor nutricional de la carne frente al de las hortalizas. No tenía duda de que si Dios quería para él una fortaleza física que estaba lejos de poseer, la ingesta de verduras le habría servido. Se cuenta que, en una ocasión, teniendo en el plato dos sabrosas perdices asadas, Nicolás les ordenó: «Seguid vuestro camino». Y, al parecer, las aves emprendieron instantáneo vuelo.

Al margen de estas anécdotas, tal como se puso de relieve en el proceso de su canonización, fue un hombre obediente y fiel, efectuando lo que se le indicaba con prontitud y alegría; una persona dócil, sensible, entrañable, cercana, disponible, comprensiva, exquisita siempre en su trato que disfrutaba viendo gozar a los demás en el día a día. Era lo que cabía esperar de una persona como él que dedicaba a la oración 15 horas diarias. El resto del tiempo lo repartía en tareas apostólicas, confesión, lectura, meditación, asistencia al refectorio, al rezo del oficio divino…, y algún pequeño momento solaz en el recreo comunitario. ¡La multiplicación del tiempo, como se aprecia frecuentemente en esta sección de ZENIT, es otra gracia que reciben los santos! La continua presencia de Dios en él explica la profunda e incontenible emoción que sentía ante la Eucaristía, hecho que muchas personas pudieron constatar alguna vez, y también los favores extraordinarios que recibió, así como los numerosos milagros que obró. Su apostolado estuvo caracterizado por la dulzura y la amabilidad, rubricado por su admirable caridad. De ella sabían bien cercanos y lejanos, y de forma especial los enfermos y pobres a los que asistía sirviéndose de un bastón cuando ya no tenía fuerzas para deambular por sí mismo, así como los penitentes que se confesaban con él –casi toda la ciudad lo hacía–, y las tantas personas que le acogían con gusto en sus domicilios cuando los visitaba. Ésta era otra de las actividades apostólicas de Nicolás por la que sentía particular debilidad.

En una visión contempló el purgatorio después del fallecimiento de un religioso que hallándose en él, rogó sus oraciones. Sus penitencias y súplicas por él y por otros que purgaban sus penas, fueron escuchadas. De ahí que se le considere abogado de las almas del purgatorio. Su muerte se la anunció una estrella que apareció persistentemente durante varias jornadas, apuntando primeramente a su localidad natal y situándose después en Tolentino, justo encima del convento. Un religioso venerable, al que consultó, descifró su significado: «La estrella es símbolo de tu santidad. En el sitio donde se detiene se abrirá pronto una tumba; es tu tumba, que será bendecida en todo el mundo como manantial de prodigios, gracias y favores celestiales». La estrella le siguió unos días hasta que el 10 de septiembre de 1305, invocando a María por la que tuvo desde niño gran devoción, y contemplando el preciado lignum crucis, falleció. Sus últimas palabras dirigidas a la comunidad habían sido: «Mis amados hermanos; mi conciencia no me reprocha nada; pero no por eso me siento justificado».Eugenio IV lo canonizó el 1 de febrero de 1446.

San Nicolás de Tolentino -
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Celebrado El 9 De Septiembre

San Pedro Claver, religioso presbítero

San Pedro Claver, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús, que en Nueva Cartagena, ciudad de Colombia, durante más de cuarenta años consumió su vida con admirable abnegación y eximia caridad para con los esclavos negros, y bautizó con su propia mano a casi trescientos mil de ellos.

Nació en Verdú, España, el 26 de Junio de 1580. Murió en Cartagena, Colombia, el 8 de Septiembre de 1654.  Pedro Claver y Juana Corberó, campesinos catalanes, tuvieron seis hijos, pero solo sobrevivieron Juan, el mayor, y los dos mas pequeños, Pedro e Isabel. El padre apenas podía firmar su nombre, pero era un hombre trabajador y buen cristiano. La infancia de Pedro quedó oculta para la historia como la de tantos santos, incluso la de Nuestro Señor.

Trabajaba en el campo con su familia.   Pedro se graduó de la Universidad de Barcelona. A los 19 años decide ser Jesuita e ingresa en Tarragona. Mientras estudiaba filosofía en Mallorca en 1605 se encuentra con San Alonso Rodriguez, portero del colegio. Fue providencial. San Alonso recibió por inspiración de Dios conocimiento de la futura misión del joven Pedro y desde entonces no paró de animarlo a ir a evangelizar lo territorios españoles en América.

Pedro creyó en esta inspiración y con gran fe y el beneplácito de sus superiores se embarcó hacia la Nueva Granada en 1610. Debía estudiar su teología en Santa Fe de Bogotá. Allí estuvo dos años, uno en Tunja y luego es enviado a Cartagena, en lo que hoy es la costa de Colombia. En Cartagena es ordenado sacerdote el 20 de Marzo de 1616.   Al llegar a América, Pedro encontró la terrible injusticia de la esclavitud institucionalizada que había comenzado ya desde el segundo viaje de Colón el 12 de Enero de 1510, cuando el rey mandó a emplear negros como esclavos.

Se trata de una tragedia que envolvió a unos 14 millones de infelices seres humanos. Un millón de ellos pasaron por Cartagena. Los esclavos venían en su mayoría de Guinea, del Congo y de Angola. Los jefes de algunas tribus de esas tierras vendían a sus súbditos y sus prisioneros. En América los usaban en todo tipo de trabajo forzado: agricultura, minas, construcción.   Cartagena por ser lugar estratégico en la ruta de las flotas españolas se convirtió en el principal centro del comercio de esclavos en el Nuevo Mundo. Mil esclavos desembarcaban cada mes. Aunque se murieran la mitad en la trayectoria marítima, el negocio dejaba grandes ganancias.

Por eso, las repetidas censuras del papa no lograron parar este vergonzoso mercado humano.   Pedro no podía cambiar el sistema. Pero si había mucho que se podía hacer con la gracia de Dios. Pero hacía falta tener mucha fe y mucho amor. Pedro supo dar la talla. En la escuela del gran misionero, el padre Alfonso Sandoval, Pedro escribió: “Ego Petrus Claver, etiopum semper servus” (yo Pedro Claver, de los negros esclavo para siempre”. Así fue.

San Pedro no se limitó a quejarse de las injusticias o a lamentarse de los tiempos en que vivía. Supo ser santo en aquella situación y dejarse usar por Jesucristo plenamente para su obra de misericordia. En Cartagena durante cuarenta años de intensa labor misionera se convirtió en apóstol de los esclavos negros. Entre tantos cristianos acomodados a los tiempos, el supo ser luz y sal, supo hacer constar para la historia lo que es posible para Dios en un alma que tiene fe.

A pesar de su timidez la cual tubo que vencer, se convirtió en un organizador ingenioso y valiente. Cada mes cuando se anunciaba la llegada del barco esclavista, el padre Claver salía a visitarlos llevándoles comida. Los negros se encontraban abarrotados en la parte inferior del barco en condiciones inhumanas. Llegaban en muy malas condiciones, víctimas de la brutalidad del trato, la mala alimentación, del sufrimiento y del miedo. Claver atendía a cada uno y los cuidaba con exquisita amabilidad. Así les hacia ver que el era su defensor y padre.

Los esclavos hablaban diferentes dialectos y era difícil comunicarse con ellos. Para hacer frente a esta dificultad, el padre Claver organizó un grupo de intérpretes de varias nacionalidades, los instruyó haciéndolos catequistas.   Mientras los esclavos estaban retenidos en Cartagena en espera de ser comprados y llevados a diversos lugares, el padre Claver los instruía y los bautizaba. Los reunía, se preocupaba por sus necesidades y los defendía de sus opresores. Esta labor de amor le causó grandes pruebas.

Los esclavistas no eran sus únicos enemigos. El santo fue acusado de ser indiscreto por su celo por los esclavos y de haber profanado los Sacramentos al dárselos a criaturas que a penas tienen alma. Las mujeres de sociedad de Cartagena rehusaban entrar en las iglesias donde el padre Claver reunía a sus negros.   Sus superiores con frecuencia se dejaron llevar por las presiones que exigían se corrigiesen los excesos del padre Claver. Este sin embargo pudo continuar su obra entre muchas humillaciones y obstáculos.

Hacia además penitencias rigurosas. Carecía de la comprensión y el apoyo de los hombres pero tenia una fuerza dada por Dios.   Muchos, aun entre los que se sentían molestos con la caridad del padre Claver, sabían que hacia la obra de Dios siendo un gran profeta del amor evangélico que no tiene fronteras ni color. Era conocido en toda Nueva Granada por sus milagros.

Llegó a catequizar y bautizar a mas de 300,000 negros.   En la mañana del 9 de Septiembre de 1654, después de haber contemplado a Jesús y a la Santísima Virgen, con gran paz se fue al cielo.   Beatificado el 16 de Julio de 1850 por Pío IX.

Canonizado el 15 de Enero de 1888 por León XIII junto con Alfonso Rodriguez. El 7 de Julio de 1896 fue proclamado patrón especial de todas las misiones católicas entre los negros. El papa Juan Pablo II rezó ante los restos mortales de San Pedro Claver en la Iglesia de los Jesuitas en Cartagena el 6 de Julio de 1986

San Pedro Claver
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