You are here:  Home  /   Laicos en accion

Laicos en accion

  1. EL SEÑOR NOS HA LLAMADO Y NOS LLAMA A SER SANTOSlaicos en la iglesia

“Sed, pues, santos porque yo soy santo. (Levítico 11,45). La imitación de Dios es la condición indispensable, el fiel tiene que ser santo porque su Dios es santo.“Santificaos y sed santos; porque yo soy el Señor, vuestro Dios, Guardad mis preceptos y cumplidlos. Yo soy el Señor, el que os santifico.  (Levítico 20, 22), Sed, pues, santos para mí, porque yo, el Señor, soy santo,  (Levítico 20,26),

Este llamado del Señor, es para todos, nadie está excluido para disponerse a la santidad independiente de la actividad que realice o la posición jerárquica o social a la cual pertenece. Cada cual, estamos capacitados para dar frutos de santidad según el estado y condición a la que pertenecemos, casados, solteros, viudos, obreros, artesanos, empresarios, militares, religiosos, presbíteros, etc. Para ser santos, podemos elegir la vida contemplativa, conventual, religiosa, matrimonial, laboral, etc., cada cual y en cualquier lugar que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la vida perfecta. Cristo nos ha pedido; “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mateo 5, 48), El es perfecto porque es Dios, pero el hombre lo será ayudado por el mismo Dios y estará con nosotros siempre, y estará siempre recordándonos estas cosas.

  1. UN LAICO, EN SU VIDA, PUEDE SER MÁS SANTO QUE UN SACERDOTE

En la Audiencia del 24 de noviembre de 1993, San Juan Pablo II, expuso que; “Un laico que acepta generosamente la caridad divina en su corazón y en su vida es más santo que un sacerdote o un obispo que la aceptan de modo mediocre”. Ciertamente coincide con el Evangelio cuando dice; “No todo el que me diga: “Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Y entonces les declararé: “¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!” (Mateo 7, 21-29).

El gozo de comprender en la parábola donde se nos relata que “el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.  (Mateo 20, 12), despliega ante nuestra mirada la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de personas, hombres y mujeres, que son llamadas por Él y enviadas para que tengan trabajo en ella. La viña es el mundo entero (cf. Mt 13, 38). “Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.”  (Mateo 20, 4), es un amplio llamado, que no se dirige sólo a los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo. (Christifideles Laici, 1.2)

San Gregorio Magno, predicando a sus fieles laicos, comenta de este modo la parábola de los obreros de la viña: “Fijaos en vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si ya sois obreros del Señor. Examine cada uno lo que hace y considere si trabaja en la viña del Señor”.

  1. QUE SE ENTIENDE POR LAICOS

Para comprender que entiende la Iglesia por laicos, la Constitución Dogmática Lumen Gentium (LG), Capitulo IV, “Los Laicos”, nos expone que por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que viven en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, según sus posibilidades, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo. (LG 31)

Además (LG 31) nos expone que a los laicos nos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Vivimos en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí estamos llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándonos por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyamos desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de nuestra vida, con nuestra fe, nuestra esperanza y caridad.

  1. “ID TAMBIÉN VOSOTROS A MI VIÑA, Y OS DARÉ LO QUE SEA JUSTO.”(Mateo 20, 4)

Cifras para meditar. A continuación, un ejercicio sencillo de nuestra realidad de católicos. Hoy día, 6.700 millones de habitantes que tiene nuestro planeta tierra y de estos, 1.190 millones, es decir un 18%, se declaran católicos. La iglesia tiene hoy aproximadamente 400.000 presbíteros, es decir 0,33% del total de los católicos, o dicho de otra forma más o menos 1 presbíteros por cada 3.000 católicos. Otro dato, a modo de ejemplo, Santiago de Chile, tiene aproximadamente 7 millones de habitantes, y asisten de promedio en sus más de 200 parroquias, 105.000 fieles a misa los domingos, Día del Señor, dicho de otro modo, 1,51 % de la población. Se estima que en esta ciudad, hay mas o menos un presbítero por cada 17,500 habitantes. (Todos los datos, son aproximados, y su propósito es dar un ejemplo, no una estadística).

Estas cifras, no pueden dejarnos indiferentes, y tampoco podemos ser egoístas con ellas, es decir cómodos y opinar, es lo que hay y punto, todo lo contrario, el Señor nos llama a todos a ser Martas y Marías, en otra palabras, atender su llamado en la acción, tarea ejercida con decisión, y a la oración a los pies del Señor, pero no solo para que nos envíe vocaciones sacerdotales, sino que además para que los católicos tomemos la decisión de tener y promover vocaciones de laicos que pasen por el mundo haciendo el bien y se decidan a andar por caminos de santidad, no es fácil, pero el Señor nunca nos ha pedido algo imposible.

Recordando nuevamente la parábola de la viña, en la Exhortación apostólica del Papa Juan Pablo II sobre la vocación y la misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo, nos dice que el fruto más valioso deseado la Iglesia, es la acogida por parte de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta magnífica y dramática hora de la historia. Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso. Dice el Señor “Todavía salió a eso de las cinco de la tarde, vió otros que estaban allí, y les dijo: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?” Le respondieron: “Es que nadie nos ha contratado”. Y él les dijo: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 6-7).  No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor.(Christifideles Laici, 3)

  1. EL APOSTOLADO DE LOS LAICOS

Continuando con la Constitución Dogmática Lumen Gentium (LG), Capitulo IV, acápite 32, nos enseña que  los laicos estamos congregados en el Pueblo de Dios y constituidos en un solo Cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza cualesquiera que seamos: “Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y todos los miembros no tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo y todos miembros los unos de los otros” (Rom. 12, 4-5) y que  estamos llamados, como miembros vivos, a procurar el crecimiento de la Iglesia y su perenne santificación con todas sus fuerzas, recibidas por beneficio del Creador y gracia del Redentor.

El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia y a él todos están destinados por el mismo Señor en razón del bautismo y de la confirmación. Por los sacramentos, especialmente por la Sagrada Eucaristía, se comunica y se nutre aquella caridad hacia Dios y hacia los hombres, que es el alma de todo apostolado. Los laicos, estamos llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de nosotros. Así, pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos, se convierte en testigo y al mismo tiempo en instrumento vivo de la misión de la misma Iglesia “en la medida del don de Cristo” (Ef., 4, 7).

Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los fieles, los laicos pueden también ser llamados de diversos modos a una cooperación más inmediata con el apostolado de la Jerarquía, como aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho para el Señor (cf. Filp., 4, 3; Rom. 16, 3 s.). Por lo demás, somos aptos para que la Jerarquía nos confíe el ejercicio de determinados cargos eclesiásticos, ordenados a un fin espiritual.

Es así, como a nosotros nos incumbe como laicos colaborar en la hermosa empresa de que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y de toda la tierra.  Y a los presbíteros les corresponde abrirnos el camino por doquier para que, a la medida de nuestras fuerzas y de las necesidades de los tiempos, participemos también celosamente, en la obra salvadora de la Iglesia.

  1. ESTAMOS DESDE SIEMPRE LLAMADOS A LA SANTIDAD

San Pedro, dirigiendo su carta a los que viven como extranjeros en la Dispersión: en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos le dice: “Como hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de vuestra ignorancia, más bien, así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo.  (1 Pedro 1, 14-16)

Luego de leer esta Carta de Pedro, Juan Pablo II, expuso en la Audiencia del 24 de noviembre de 1993, que la Iglesia es santa y todos sus miembros, es decir todos nosotros, estamos llamados a la santidad. Y continua el Papa haciendo ver, que nosotros como laicos participamos en la santidad de la Iglesia, al ser miembros con pleno derecho de la comunidad cristiana; y esta participación, que podríamos definirontológica, en la santidad de la Iglesia, se traduce también para los laicos en un compromiso ético personal de santificación. En esta capacidad y en esta vocación de santidad, todos los miembros de la Iglesia somos iguales, lo dice San Pablo; “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.  (Gálatas 3, 16-28)

Junto a los anterior, para que no nos juzguemos menos por lo que hacemos o las posición que tenemos como fieles, no aclaró el Beato Juan Pablo II, que el grado de santidad personal no depende de la posición que se ocupa en la sociedad o en la Iglesia, sino únicamente del grado de caridad que se vive, como también nos enseña San Pablo; “Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha. (1 Corintios 13, 1-3) y luego, nos hace ver una realidad muy importante en nuestra condición; “Un laico que acepta generosamente la caridad divina en su corazón y en su vida es más santo que un sacerdote o un obispo que la aceptan de modo mediocre.”

  1. LA PALABRA SANTO Y LA SANTIDAD DE LA IGLESIA

En su libro Introducción al Cristianismo, el cardenal Joseph Ratzinger, explica que; “La palabra “santo” no alude primariamente a la santidad en medio de la perversidad humana. El Símbolo no llama a la Iglesia “santa” porque todos y cada uno de sus miembros sean santos, es decir, personas inmaculadas. Este es un sueño que ha renacido en todos los siglos, pero que no tiene lugar alguno en el Símbolo, por tanto una Iglesia Santa, expresa el anhelo perpetuo del hombre por que se le dé un cielo nuevo y una tierra nueva, inaccesibles en este mundo. En realidad, las más duras críticas a la Iglesia de nuestro tiempo nacen veladamente de este sueño; muchos se ven defraudados, golpean fuertemente la puerta de la casa y tildan a la Iglesia de mentirosa.

“La santidad de la Iglesia consiste en el poder por el que Dios obra la santidad en ella, dentro de la pecaminosidad humana. Este es el signo característico de la “nueva alianza”: En Cristo Dios se ha unido a los hombres, se ha dejado atar por ellos. La nueva alianza ya no se funda en el mutuo cumplimiento del pacto, sino que es un don de Dios, una gracia, que permanece a pesar de la infidelidad humana. Es expresión del amor de Dios que no se deja vencer por la incapacidad del hombre, sino que siempre es bueno para él, lo asume continuamente como pecador, lo transforma, lo santifica y lo ama”.

“Por razón del don que nunca puede retirarse, la Iglesia siempre es la santificada por él; santificación en la que está presente entre los hombres la santidad del Señor. Lo que en ella está presente y lo que elige en amor cada vez más paradójico las manos sucias de los hombres como vasija de su presencia, es verdaderamente la santidad del Señor. Es santidad que en cuanto santidad de Cristo brilla en medio de los pecados de la Iglesia. Por eso la figura paradójica de la Iglesia en la que las manos indignas nos presentan a menudo lo divino, en la que lo divino siempre está presente sólo en forma de sin-embargo, es para los creyentes un signo del sin-embargo del más grande amor de Dios.” Introducción al Cristianismo, Capitulo III, El Espíritu y La Iglesia

  1. LA SANTIDAD CRISTIANA

Regresando nuevamente al tema de la Audiencia del 24 de noviembre de 1993, el Beato Juan Pablo II, expuso que; “la santidad cristiana tiene su raíz en la adhesión a Cristo por medio de la fe y del bautismo. Este sacramento es la fuente de la comunión eclesial en la santidad”. Es lo que pone de relieve el texto paulino: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Efesios 4,5), citado por el concilio Vaticano II, que de ahí deduce la afirmación sobre la comunión que vincula a los cristianos en Cristo y en la Iglesia (LG 32). En esta participación en la vida de Cristo mediante el bautismo se injerta la santidad ontológica, (real y existente) eclesiológica (por la esencia y el desarrollo histórico de la Iglesia) y ética de todo creyente, sea este sacerdote (Presbítero u Obispo) o laico, aunque que no haya tenido mas instrucción religiosa que un breve catecismo.

Además nos recuerda el Beato Juan Pablo II, que el Concilio afirma: “Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos” (LG 40). Porque la santidad es pertenencia a Dios, y esta pertenencia se realiza en el bautismo, cuando Cristo toma posesión del ser humano para hacerlo “partícipe de la naturaleza divina”, como se confronta en la lectura del apóstol Pedro; “por medio de las cuales nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia”. (2 Pedro 1,4). Cristo se convierte así de verdad, como se ha dicho, en vida del alma. El carácter sacramental impreso en el hombre por el bautismo es el signo y el vínculo de la consagración a Dios. Por eso san Pablo hablando de los bautizados los llama “los santos”; “a todos los amados de Dios…..santos por vocación”  (Romanos 1,7)

  1. TODOS DEBEN VIVIR “COMO CONVIENE A LOS SANTOS”

Continúa la reflexión del Beato Juan Pablo II: Pero, como hemos dicho, de esta santidad ontológica brota el compromiso de la santidad ética. Como dice el Concilio, “es necesario que todos, con la ayuda de Dios, conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron” (LG 40). Todos deben tender a la santidad, porque ya tienen en sí mismos el germen; deben desarrollar esa santidad que se les ha concedido. Todos deben vivir “como conviene a los santos”, como escribe San Pablo; “toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene a los santos”.  (Efesios 5,3) y revestirse, “Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia,  (Colosenses 3,12).

La santidad que poseen no les libra de las tentaciones ni de las culpas, porque en los bautizados sigue existiendo la fragilidad de la naturaleza humana en la vida presente. El concilio de Trento enseña, al respecto que nadie puede evitar durante toda su vida el pecado incluso venial, sin un privilegio especial de Dios, como la Iglesia cree que acaeció con la santísima Virgen; “por privilegio especial de Dios, como de la bienaventurada Virgen lo enseña la Iglesia” (Denzinger 833 Can. 23). Eso nos impulsa a orar para obtener del Señor una gracia siempre nueva, la perseverancia en el bien y el perdón de los pecados: “perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros hemos perdonado a los que nos ofenden (Mateo 6,12)

  1. LLAMADO A LA PERFECION POR LA CARIDAD

Según el Concilio (Vaticano II), todos los seguidores de Cristo, incluidos los laicos, están llamados a la perfección de la caridad (LG 40). Es así como Juan Pablo II nos explica que “la tendencia a la perfección no es privilegio de algunos, sino compromiso de todos los miembros de la Iglesia. Y compromiso por la perfección cristiana significa camino perseverante hacia la santidad. Como dice el Concilio, “el divino Maestro y modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que él es iniciador y consumador: “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mateo 5,48)

Por ello, nosotros; “todos los fieles, de cualquier estado o condición, estamos llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”. Precisamente gracias a la santificación de cada uno se introduce una nueva perfección humana en la sociedad terrena: como decía la sierva de Dios Isabel Leseur, (francesa y una de las figuras más preclaras de la espiritualidad laical dominicana de principios del XX), “toda alma que se eleva consigo el mundo”. EL Concilio enseña que “esta santidad suscita un nivel de vida más humano, incluso en la sociedad terrena”

Enseña Juan Pablo II, “que conviene observar aquí que la riqueza infinita de la gracia de Cristo, participada a los hombres, se traduce en una gran cantidad y variedad de dones, con los que cada uno puede servir y beneficiar a los demás en el único cuerpo de la Iglesia”. Era la recomendación de san Pedro a los cristianos esparcidos en Asia Menor cuando, exhortándolos a la santidad, escribía: “Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios. Si alguno habla, sean palabras de Dios; si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios, para que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. (1 Pedro 4,10)

  1. EL CAMINO DE SANTIDAD PARA LOS LAICOS CRISTIANOS

También el concilio Vaticano II dice que “una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios” (LG 41). Así recuerda el camino de santidad para los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos que aspiran a convertirse en ministros de Cristo, y “aquellos laicos elegidos por Dios que son llamados por el obispo para que se entreguen por completo a las tareas apostólicas” (ib.). Pero de forma más expresa considera el camino de santidad para los laicos cristianos comprometidos en el matrimonio: “Los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, mediante la fidelidad en el amor, deben sostenerse mutuamente en la gracia a lo largo de toda la vida e inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos amorosamente recibidos de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un incansable y generoso amor, contribuyen al establecimiento de la fraternidad en la caridad y se constituyen en testigos y colaboradores de la fecundidad de la madre Iglesia, como símbolo y participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a sí mismo por ella” (ib.).

Y completa la idea el Papa Juan Pablo II; “Lo mismo se puede y debe decir de las personas que viven solas, o por libre elección o por acontecimientos y circunstancias particulares: como los célibes o las núbiles, los viudos y las viudas, los separados y los alejados. Para todos vale la llamada divina a la santidad, realizada en forma de caridad. Y lo mismo se puede y debe decir, como afirma el Sínodo de 1987” (cf. Christifideles Laici), de aquellos que en la vida profesional ordinaria y en el trabajo cotidiano actúan por el bien de sus hermanos y el progreso de la sociedad, a imitación de Jesús obrero. Y lo mismo se puede y debe decir, por último, de todos los que, como dice el Concilio, “se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos o los que padecen persecución por la justicia”: éstos “están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación del mundo” (LG 41).

Por todo lo anterior, son muchos, por consiguiente, los aspectos y las formas de la santidad cristiana que están al alcance de todos nosotros, los laicos, en sus diversas condiciones de vida, en las que estamos llamados a imitar a Cristo, y podemos recibir de él la gracia necesaria para cumplir su misión en el mundo. Todos estamos invitados por Dios a recorrer el camino de la santidad y a atraer hacia este camino a nuestros amigos y compañeros de vida y de trabajo en el mundo de las cosas temporales.

El Señor nos bendiga y nos ayude en éste caminar

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

Fuente: caminandoconjesus.org