Evangelio Hoy

Martes de la vigésima semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Mateo 19,23-30.

Jesús dijo entonces a sus discípulos: “Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos.
Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos”.
Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”.
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: “Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible”.
Pedro, tomando la palabra, dijo: “Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?”.
Jesús les respondió: “Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna.
Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.
Reflexionemos
Juliana de Norwich (1342-después de 1416)

reclusa inglesa

Revelaciones del amor divino

« Y heredará la vida eterna » (Trad. ©Evangelizo.org)

Cristo es nuestro camino (Jn 14:6). Con seguridad nos conduce en sus preceptos, en su cuerpo nos lleva al cielo con poder. He visto que teniéndonos a todos nosotros nos salvará, con devoción hace don de nosotros mismos a su Padre celestial, don que el Padre recibe con un gran reconocimiento y que entrega cortezmente a su Hijo Jesucristo. Ese don y ese gesto son alegría para el Padre, felicitado por el Hijo y regocijo para el Espíritu Santo. Entre todo lo que podemos hacer, no hay nada más agradable para nuestro Señor que vernos regocijarnos en esta alegría que tiene la Trinidad por nuestra salvación… Sea lo que sea que sintamos-alegría o tristeza, fortunio o infortunio-Dios quiere que comprendamos y que creamos que estamos verdaderamente más en el cielo que sobre la tierra. Nuestra fe viene del amor natural que Dios ha puesto en nuestra alma, de la clara luz de nuestra razón y de la inteligencia inquebrantable que recibimos de su parte, desde el primer instante en que hemos sido creados. Al ser infundida nuestra alma en nuestro cuerpo volviéndolo sensible, la misericordia y la gracia comienzan su obra cuidando de nosotros y cuidándonos con piedad y con amor. Por esta operación el Santo Espíritu forma en nuestra fe la esperanza de regresar a nuestra substancia superior, al poder de Cristo desarrollado y llevado a la plenitud por el Espíritu Santo. Pues en el mismo instante en el que nuestra alma es creada sensible, se vuelve la ciudad de Dios, preparada para él desde la eternidad (Hb 11:16; Ap 21:2-3). Él viene a esta ciudad, no se irá de ella jamás pues jamás Dios está afuera del alma, en ella permanecerá en la bienaventuranza por siempre.

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