Evangelio Hoy

Viernes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Mateo 10,16-23. 

Jesús dijo a sus apóstoles: 
“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas. 
Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. 
A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. 
Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes. 
El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. 
Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. 
Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra, y si los persiguen en esta, huyan a una tercera. Les aseguro que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel, antes de que llegue el Hijo del hombre.” 

Reflexionemos

San Juan XXIII (1881-1963), papa
Diario del alma, domingo 13 de agosto de 1961 (trad. Vives E., Francisco – Juan XXIII: el Papa Bueno; Ed. Paulinas, 1965, p. 94-96, rev.)

“Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas”

Tratar a todos con respeto, con prudencia y con sencillez evangélica… Está más en conformidad con el ejemplo de Jesús la sencillez más atrayente, no separada de la prudencia de los sabios y de los santos a la que Dios ayuda. La sencillez puede provocar, no digo desprecio, pero sí, menor consideración entre los pedantes. Poco importa si los pedantes, de quienes no se debe tener cuenta alguna, pueden infligir alguna humillación de juicio y de trato: todo se transformará en daño y en confusión para ellos. El “simple, recto y el que teme a Dios” es siempre el más digno y el más fuerte. Naturalmente, sostenido siempre por una prudencia sabia y pura.

El que es sencillo no se avergüenza de confesar el Evangelio, también entre los hombres que no lo aprecian sino como una debilidad y una puerilidad, y confesarlo en todas sus partes, y en todas las ocasiones y ante la presencia de todos; no se deja engañar o perjudicar por el prójimo, ni pierde la serenidad de su alma por cualquier actitud que los otros tengan con él.

Es prudente quien sabe callar una parte de la verdad que sería inoportuno manifestar y que callada no daña la parte de verdad que dice, falsificándola; quien sabe llegar a los buenos fines que se propone, eligiendo los medios más eficaces de la voluntad y de la acción…; quien en todos los asuntos distingue la substancia y no se deja trabar por los accidentes…; quien en la base de todo esto espera el buen éxito sólo en Dios…

La sencillez no tiene nada que contradiga a la prudencia, o viceversa. La sencillez es amor, la prudencia es pensamiento. El amor reza; la inteligencia vigila. “Vigilad y orad” (Mt 26,41). Conciliación perfecta. El amor es como la paloma que gime; la inteligencia activa es como la serpiente que no cae nunca en la tierra ni choca, porque va palpando con su cabeza todas las desigualdades de su camino.

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