Evangelio Hoy

Miércoles de la séptima semana de Pascua

Evangelio según San Juan 17,11b-19. 

Jesús levantó los ojos al cielo, y oró diciendo: 
“Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros. 
Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura. 
Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto. 
Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 
No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. 
Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 
Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. 
Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. 
Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad.” 

Reflexionemos

San Cirilo de Alejandría (380-444), obispo y doctor de la Iglesia
Comentario al evangelio de Juan, 11, 11; PG 74, 558

«Para que ellos sean uno como lo somos nosotros»

Cuando Cristo se hizo semejante a nosotros, es decir, se hizo hombre, el Espíritu lo ungió y consagró, aún siendo Dios por naturaleza… Él mismo santifica su propio cuerpo y todo lo que en la creación es digno de ser santificado. El misterio ocurrido en Cristo es el principio y el itinerario de nuestra participación por el Espíritu.

Para unirnos también a nosotros, para fundirnos en una unidad con Dios y entre nosotros, aunque separados por la diferencia de nuestras individualidades, de nuestras almas y de nuestros cuerpos, el Hijo único inventó y preparó un medio para estar unidos, gracias a su sabiduría y según el consejo de su Padre. A través de un solo cuerpo, su propio cuerpo, bendice a los que creen en él en una comunión mística y hace de todos nosotros un solo cuerpo con él y entre nosotros.

¿Quién podrá separar, quién podrá  privar de su unión física a los que, a través de este cuerpo sagrado y sólo a través de él, estén unidos en la unidad de Cristo? Si compartimos un mismo pan, formamos todos un solo cuerpo (1C 10,17). Porque Cristo no puede ser partido. Por esto también a la Iglesia se la llama cuerpo de Cristo y a nosotros sus miembros, según la doctrina de san Pablo (Ef 5,30). Todos unidos a un solo Cristo a través de su santo cuerpo, le recibimos, único e indivisible, en nuestros propios cuerpos. Debemos considerar nuestros propios cuerpos como que ya no nos pertenecen.

 

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