Evangelio Hoy

Miércoles de la tercera semana de Pascua

Evangelio según San Juan 6,35-40. 

Jesús dijo a la gente: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. 
Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. 
Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, 
porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió. 
La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día. 
Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día”. 

Reflexionemos

San Juan XXIII (1881-1963), papa
L’Osservatore Romano 20-09-1959

“El que viene a mí no volverá a tener hambre.” (Jn 6,35)

El problema económico es el problema terrible de nuestra época atormentada. El problema del pan de cada día, del bienestar, es la incertidumbre angustiosa que nos oprime en medio de las masas agitadas e insatisfechas, y por desgracia, a menudo hambrientas. Es un deber nuestro unir fuerzas, hacer los sacrificios necesarios según la doctrina católica sacada del evangelio y las instrucciones claras y solemnes de la Iglesia, para contribuir a la búsqueda de una solución justa para todos. Pero sería vano esforzándonos para llenar los estómagos de pan y satisfacer los otros apetitos a veces desenfrenados, si no llegamos a alimentar las almas con el pan de vida, pan auténtico, sustancial, divino: alimentarlas con este Cristo del que están hambrientas para que, gracias a él únicamente, sean capaces de continuar el camino “hasta llegar a la montaña del Señor” (lR 19,8)…

Sería en vano pedir a los economistas y a los gobiernos nuevas formas de vida social si uno se quisiera sustraer de la mirada dulce y maternal de María que nos sonríe con los brazos abiertos para acoger a todos sus hijos. Junto a ella, el orgullo se desvanece, los corazones se apaciguan en la santa poesía de la paz cristiana y del amor. Juntemos nuestros esfuerzos para que nunca se separe del corazón del hombre lo que Dios, en la doctrina católica y en la historia del mundo, ha unido de modo maravilloso: la eucaristía y la Virgen.

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