Evangelio Hoy

Jueves de la décima semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Juan 6,51-58.

Jesús dijo a los judíos:
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.
Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”.
Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

Reflexionemos

San Francisco de Sales (1567-1622), obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia
Introducción a la vida devota, III, 8

“La ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere”

El santo e ilustre patriarca José, cuando mandó a sus hermanos que regresaran a Egipto, a la casa de su padre, sólo les hizo esta advertencia: “No os encolericéis por nada durante el camino” (Gn 45,24). Yo os digo lo mismo: esta miserable vida no es otra cosa que un camino hacia la vida bienaventurada; en este camino no os encolericéis pues, por nada, los unos con los otros, caminemos con el grupo de nuestros hermanos y compañeros suave y pacíficamente. Mas, os digo claramente y sin excepción, no os encolericéis en absoluto, por nada, si es posible, y bajo ningún pretexto no queráis abrir la puerta de vuestro corazón a los iracundos. Porque san Jaime dice clara y llanamente que “la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere” (1,20).

Hay que resistir fuertemente al mal y reprimir los vicios, de manera constante y valiente, pero dulce y pacíficamente, de aquellos a quienes tenemos a nuestro cuidado … No produce tanto efecto la corrección que sale de la pasión, aunque sea con razón que la que no tiene otro origen que la sola razón. Si la cólera llega hasta la noche i “el sol se pone conservando nuestro resentimiento” (Ef 4,26), llegando a convertirse casi en odio, ya es difícil encontrar un medio para deshacerla. Porque se nutre de mil falsas persuasiones, puesto que jamás un hombre encolerizado piensa que su cólera es injusta.

Porque es mejor intentar vivir sin ira que querer usar de ella con moderación y sabiamente, y cuando por imperfección o debilidad nos vemos sorprendidos por ella, es mejor rechazarla rápidamente que querer entablar diálogo con ella.

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