Evangelio de Hoy

Sábado de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 11,27-28.

Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: “¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!”.
Jesús le respondió: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”.
Reflexionemos
  • San Agustín (354-430)

    obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

    Sermón sobre el Evangelio de Mateo, n° 25, 7-8 ; PL 46, 937 (trad. bréviaire 21/11)

    Dichosa la madre que te llevó en sus entrañas

    Atiende a lo que dice Cristo, el Señor, extendiendo la mano hacia sus discípulos: ” He aquí mi madre y mis hermanos “. Y luego: ” El que hace la voluntad de mi Padre, que me envió, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre ” (Mt 12,49-50). ¿ Acaso la Virgen María no hizo la voluntad del Padre, ella que creyó por la fe, que concibió por la fe?… Santa María hizo, sí, la voluntad del Padre, y por consiguiente… María fué bienaventurada, porque, antes de dar a luz al Maestro, lo llevó en su seno. Ved si lo que digo no es verdad. Cuando el Señor pasaba, seguido por la muchedumbre y haciendo milagros, una mujer se puso a decir: “¡Feliz y bienaventurado, el pecho qué te llevó!” ¿ Y qué le replicó el Señor, para evitar que se coloque la felicidad en la carne? “¡ Feliz más bien aquellos qué escuchan la palabra de Dios y la cumplen!”. Pues, María es bienaventurada también porque oyó la palabra de Dios y la cumplió: su alma guardó la verdad más, que su pecho guardó la carne. La Verdad, es Cristo; la carne, es Cristo. La verdad, es Cristo en el corazón de María; la carne, es Cristo en el seno de María. Lo que está en el alma es más que lo que está en el seno. ¡Santa María, bienaventurada María!… Pero vosotros, queridísimos, mirad:vosotros sois miembros Cristo, y sois el cuerpo del Cristo (1Co 12,27)… « El que escucha y hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre”… Porque sólo hay una herencia. Y es por eso que Cristo, aunque era el Hijo único, no quiso ser único; en su misericordia, quiso que fuéramos herederos del Padre, que fuéramos herederos con Él (Rm 8,17).

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