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Sant_Annibale_Maria_Di_Francia01 de Junio

San Aníbal María Di Francia, presbítero y fundador

En Mesina, ciudad de Sicilia, de nuevo en Italia, san Aníbal María Di Francia, presbítero, que fundó la Congregación de Padres Rogacionistas del Corazón de Jesús y la de Hijas del Divino Celo, para rogar al Señor santos sacerdotes para su Iglesia y cuidar a huérfanos sin recursos.

Aníbal María Di Francia nació en Messina el 5 de julio de 1851 de la noble señora Anna Toscano y del caballero Francisco, marqués de S. Caterina dello Ionio, Vicecónsul Pontificio y Capitán Honorario de la Marina. Tercero de cuatro hijos, Aníbal quedó huérfano, tan sólo a los quince meses por la muerte prematura del padre. Esta amarga experiencia infundió en su ánimo la particular ternura y el especial amor a los huérfanos, que caracterizó su vida y su sistema educativo.

 

Desarrolló un grande amor hacia la Eucaristía, tanto que recibió el permiso, excepcional para aquellos tiempos, de acercarse cotidianamente a la Santa Comunión. Jovencísimo, delante del Santísimo Sacramento solemnemente expuesto, recibió lo que se puede definir «inteligencia del Rogate»: es decir, descubrió la necesidad de la oración por las vocaciones, que, más tarde, encontró expresada en el versículo del Evangelio: «La mies es mucha pero los obreros son pocos. Rogad (Rogate) pues al dueño de la mies, para que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38: Lc 10, 2). Estas palabras del Evangelio constituyeron la intuición fundamental a la que dedicó toda su existencia.

 

De ingenio alegre y de notables capacidades literarias, apenas sintió la llamada del Señor, respondió generosamente, adaptando estos talentos a su ministerio. Terminados los estudios, el 16 de marzo de 1878 fue ordenado sacerdote. Algún mes antes, un encuentro «providencial» con un mendigo casi ciego lo puso en contacto con la triste realidad social y moral del barrio periférico más pobre de Messina, las llamadas Casas de Avignone y le abrió el camino de aquel ilimitado amor hacia los pobres y los huérfanos, que llegará a ser una característica fundamental de su vida.

 

Con el consentimiento de su Obispo, fue a habitar en aquel «gueto» y se comprometió con todas sus fuerzas en la redención de aquellos infelices, que, se presentaban, ante su vista, según la imagen evangélica, como «ovejas sin pastor». Fue una experiencia marcada por fuertes incomprensiones, dificultades y hostilidades de todo tipo, que él superó con grande fe, viendo en los humildes y marginados al mismo Jesucristo y realizando lo que definía: «Espíritu de doble caridad: la evangelización y la ayuda a los pobres».

 

En 1882 dio inicio a sus orfanatos, que fueron llamados antonianos porque estaban puestos bajo la protección de San Antonio de Padua. Su preocupación no sólo fue la de dar pan y trabajo, sino y, sobre todo, la de educar de forma integral a la persona teniendo en cuenta el aspecto moral y religioso, ofreciendo a los asistidos un verdadero clima de familia, que favorece el proceso formativo para hacerles descubrir y seguir el proyecto de Dios. Hubiera querido abrazar a los huérfanos y a los pobres de todo el mundo con espíritu misionero. Pero, ?cómo hacerlo? La palabra del Rogate le abría esta posibilidad. Por eso escribió: « ¿Qué son estos pocos huérfanos que se salvan y estos pocos pobres que se evangelizan frente a millones que se pierden y están abandonados como rebaño sin pastor?… Buscaba un camino de salida y lo encontré amplio, inmenso en aquellas adorables palabras de nuestro Señor Jesucristo: Rogate ergo… Entonces me pareció haber hallado el secreto de todas las obras buenas y de la salvación de todas las almas».

 

Aníbal había intuido que el Rogate no era una simple recomendación del Señor, sino un mandado explícito y un «remedio inefable». Motivo por el cual su carisma es de valorar como el principio animador de una fundación providencial en la Iglesia. Otro aspecto importante para hacer resaltar es que él precede a los tiempos en el considerar vocaciones también aquellas de los laicos comprometidos: padres, maestros y hasta buenos gobernantes.

 

Para realizar en la Iglesia y en el mundo sus ideales apostólicos, fundó dos nuevas familias religiosas: en 1887 la Congregación de las Hijas del Divino Celo y diez años después la Congregación de los Rogacionistas. Quiso que los miembros de los dos Institutos, aprobados canónicamente el 6 de agosto de 1926, se comprometieran a vivir el Rogate con un cuarto voto. Tanto que el Di Francia escribió en una súplica del 1909 a S. Pío X: «Me he dedicado desde mi primera juventud a aquella santa Palabra del Evangelio: Rogate ergo. En mis mínimos Institutos de beneficencia se eleva una oración incesante, cotidiana de los huérfanos, de los pobres, de los sacerdotes, de las sagradas vírgenes, con la que se suplican a los Corazones Santísimos de Jesús y María, al Patriarca S. José y a los Santos Apóstoles para que quieran proveer abundantemente a la Iglesia de sacerdotes elegidos y santos, de obreros evangélicos de la mística mies de las almas».

 

Para difundir la oración por las vocaciones promovió numerosas iniciativas, tuvo contactos epistolares y personales con los Sumos Pontífices de su tiempo; instituyó la Sagrada Alianza para el clero y la Pía Unión de la Rogación Evangélica para todos los fieles. Creó el periódico con el significativo título «Dios y el Prójimo» para implicar a los fieles a vivir los mismos ideales. «Es toda la Iglesia -escribe- que oficialmente tiene que rezar por este fin, ya que la misión de la oración para obtener buenos obreros es tal que ha de interesar vivamente a cada fiel, a todo cristiano, que le preocupe el bien de todas las almas, pero en particular a los obispos, los pastores del místico rebaño, a los cuales fueron confiadas las almas y que son los apóstoles vivientes de Jesucristo».

 

Grande fue el amor que tuvo por el sacerdocio, convencido que sólo mediante la obra de los sacerdotes numerosos y santos es posible salvar a la humanidad. Se comprometió fuertemente en la formación espiritual de los seminaristas, que el arzobispo de Messina confió a sus cuidados. A menudo repetía que sin una sólida formación espiritual, sin oración, «todos los esfuerzos de los obispos y de los rectores de los seminarios se reducen generalmente a una cultura artificial de sacerdotes…». Fue él mismo, el primero, en ser buen obrero del Evangelio y sacerdote según el corazón de Dios. Su caridad, definida «sin cálculos y sin límites», se manifestó con connotaciones particulares también hacia los sacerdotes en dificultad y las monjas de clausura.

 

Ya durante su existencia terrenal fue acompañado por una clara y genuina fama de santidad, difundida a todos los niveles, tanto que cuando el 1 de junio de 1927 falleció en Messina, confortado por la presencia de María Santísima, que tanto había amado durante su vida terrenal, la gente decía: «Vamos a ver el santo que duerme». La santidad y la misión de Padre Aníbal, declarado «insigne apóstol de la oración por las vocaciones», son hoy profundamente apreciadas por quienes se han compenetrado de las necesidades vocacionales de la Iglesia. Fue beatificado por SS Juan Pablo II en 1990 y canonizado por el mismo pontífice el 16 de mayo de 2004.

fuente: Vaticano

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Piffard_Harold_H_Joan_Of_Arc30 de Mayo

Santa Juana de Arco, virgen

En Rouen, en la región de Normandía, en Francia, santa Juana de Arco, virgen, conocida como la doncella de Orleans, que después de luchar firmemente por su patria, al final fue entregada al poder de los enemigos, quienes la condenaron en un juicio injusto a ser quemada en la hoguera.

Hija de campesinos, Juana de Arco nació en 1412 en Donremy, Francia. Jamás aprendió a leer y escribir pero su madre que era muy piadosa le infundió una gran confianza en el Padre Celestial y una tierna devoción hacia la Virgen María.

A causa de los estragos de la invasión de los ingleses, Francia atravesaba una difícil situación. Por revelación divina, la santa supo cuál que su misión era salvar a su patria y al rey de las manos de Inglaterra. Sin embargo, sus familiares, amigos y oficiales de la corte francesa desoyeron su petición de sostener un encuentro con el rey.

Al fin, luego de muchos intentos, Juana de Arco conversó con el monarca, quien se quedó impresionado de la sabiduría y revelaciones de la santa.    Los ingleses habían invadido y dominado casi toda Francia; sólo faltaba una ciudad importante: Orleans, y por petición de Santa Juana, el rey Carlos y sus militares le concedieron el mando sobre las tropas, nombrándola capitana. Juana manda a confeccionar una bandera blanca con los nombres de Jesús y de María y al frente de diez mil hombres se dirige hacia Orleans, donde logra un triunfo glorioso.

Luego, se dirige a otras ciudades donde logra la victoria y la libertad del dominio inglés.    Sin embargo, a causa de envidias y ambiciones entre los miembros de la corte del Rey Carlos VII, éste retira a Juana de sus tropas, cayendo herida y hecha prisionera por los borgoñones en la batalla de París.   La santa fue abandonada por los franceses; pero los ingleses estaban supremamente interesados en tenerla en la cárcel, pagando más de mil monedas de oro a los de Borgoña para que se la entregaran, siendo sentenciada a cadena perpetua.

En la prisión, la santa sufrió las más terribles humillaciones e insultos, pero se mantenía adherida a la cruz del Señor y a la protección de la Madre del Cielo y de San Miguel Arcángel.    Los enemigos de Juana la acusaron de utilizar brujería y conjuros para obtener sus conocidas victorias en Francia. Juana de Arco siempre negó todas las acusaciones y pidió que el Pontífice fuese el que la juzgase.

Todos desoyeron su petición, y la santa fue condenada a padecer en la hoguera. Murió rezando y su mayor consuelo era mirar el crucifijo que un religioso le presentaba y encomendarse a Nuestro Señor. Era el 29 de mayo del año 1431.

Tenía apenas 19 años.

Fue declarada Santa, por el Papa Benedicto XV, en el siglo XX y no en 1454.
En 1454, el proceso de nulidad, ordenado por el Papa Calixto III, encontró que Juana fue condenada a muerte injustamente y que sus revelaciones eran verdaderas, así como se recogió el milagro de que su corazón, después de que ella fue reducida a cenizas, quedó sin quemar y lleno de sangre.

Esto último, lo testificó Gean Masieu, quien la acompañó los últimos metros hasta la hoguera. Estoy interesada en encontrar libros que hablen de los milagros por los que se dieron la beatificación de Santa Juana de Arco, por el Papa San Pío X, y su canonización por el Papa Benedicto XV, ya que este es un caso curioso, en tanto que Juana es considerada mártir y en tal caso, no se suele pedir el milagro de los otros procesos.

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Sant_Agostino_di_Canterbury_A27 de Mayo

San Agustìn de Cantorbery

Nació en el siglo VI. Fue monje y prior del monasterio de San Andrés que había sido fundado por san Gregorio Magno en Roma. Este pontífice le envió a evangelizar la fecunda Inglaterra en la que tantos monasterios y santos habían florecido pese a las invasiones sufridas, como las de los sajones que indujo a muchas gentes a la idolatría. Gran parte de los contemporáneos de Agustín, que eran ingleses, aún persistían en ella y el cristianismo estaba en trance de desaparecer. Sin embargo, hasta el Santo Padre habían llegado noticias del ferviente anhelo y disposición a abrazarse a la fe que mostraban numerosos anglosajones. Así que maduró en su oración el sueño de evangelizar y afianzar la Iglesia en ese país. Simplemente necesitaba obreros para atender tanta mies. Y dio un primer paso. Alentó la conversión de las gentes ordenando a su administrador en los territorios provenzales, el presbítero Cándido, que le proporcionara algunos esclavos oriundos de esas tierras con objeto de formarlos y enviarlos después a predicar entre sus compatriotas. Pero se dio cuenta de que era una labor lenta. Y un apóstol se caracteriza por la urgencia; no mide el tiempo por las agujas del reloj. Es la fe rompiendo toda barrera la que marca una ruta a seguir que jamás se detiene. Desde el punto de vista espiritual un segundo perdido es irreparable; no se puede volver a recuperar.

De modo que el año 596, el papa escogió a Agustín, conocido por su virtud y celo apostólico. Y éste, con treinta y nueve monjes, partió en la primavera de ese mismo año a Gran Bretaña. Al llegar a la Provenza hicieron un alto en el monasterio de Lérins. Allí constataron la dificultad que revestiría su misión. Los compañeros del santo se aterrorizaron ante los relatos trazados por los monjes que ilustraban los peligros que podrían hallar subrayando la crueldad del pueblo. Entonces, Agustín se vio obligado a regresar a Roma para informar al papa del carácter belicoso de los sajones. Éste no dio marcha atrás y animó a todos a enfrentarse a las circunstancias con fe. Les entregó cartas de recomendación para prelados y reyes, designando abad a Agustín. El retorno lo hicieron por Autun, donde pasaron el invierno. Después recorrerían Orleáns, Tours para embarcar después rumbo a Gran Bretaña desde Boulogne. En la primavera del año 597 llegaron a la isla de Thanet, siendo recibidos personalmente por el rey Ethelberto. Llegaban portando la cruz y recitando procesionalmente las letanías. Conmovido el rey, pidió que le explicaran las verdades de la fe, les autorizó para predicar el Evangelio y les condujo a una residencia en Canterbury, que fue origen de la conocida abadía. Siguiendo retazos de la historia, el primer encuentro entre ambos debió producirse en campo abierto, seguramente al abrigo de un corpulento roble, ya que el monarca tendría sus reservas pensando en algún maleficio obrado por Agustín. No tardó en percatarse de su error. El hombre que tenía ante sí era un dechado de sencillez, de prudencia y sabiduría. Le hablaba de un Dios amor tan poderoso que enseguida quedó seducido por Él. Fue constatando la autenticidad de todos los misioneros, la fortaleza que mostraban ante las dificultades, su entrega sin paliativos…, y se convirtió. Pidió ser bautizado ante el asombro de sus súbditos, a quienes dio plena libertad para seguir sus pasos. No usó su poder para ello. Hizo saber a Agustín su convicción de que debía respetar la creencia primitiva que había formado parte de su pueblo durante tanto tiempo. Pero las gentes cuando vieron que él seguía la enseñanza del santo, quisieron secundarle. Miles de ellos fueron instruidos y se abrazaron también a la religión cristiana en las navidades del año 597. Ethelberto colaboraba con esta ingente obra apostólica y legó hasta su propio palacio que fue monasterio y sede del obispo.

En esa época, Agustín fue consagrado obispo en Francia. Entretanto, comunicó al papa estos hechos a través de dos monjes que envió al efecto. Y san Gregorio respondió enviando nuevos colaboradores que portaron valiosos recursos para las gentes. Asimismo eran custodios del palio y el nombramiento de Agustín como arzobispo primado de Inglaterra. Llevaban indicaciones expresas del pontífice en las que, con gran prudencia, proporcionaba al nuevo primado paternales y lúcidos consejos. Respecto a los templos decía: «no conviene derribarlos, sino solamente los ídolos en ellos existentes». Y en cuanto a las tradiciones del pueblo advertía: «como hay costumbre de hacer sacrificios de bueyes a los demonios, es conveniente cambiarla en una fiesta cristiana. Así las fiestas de la Dedicación y de los Mártires podrían celebrarlas por medio de banquetes fraternales». Otras previsiones del papa concernientes a la organización jerárquica eclesial del país tuvieron que esperar. La comunidad presidida por Agustín vivía bajo la regla benedictina. En ese momento era el único obispo que había para la Gran Bretaña sajona. Y mientras se progresaba en la evangelización, mantuvo diversas entrevistas con responsables de la iglesia bretona. No solo buscaba ayuda con nuevos misioneros, sino la conciliación entre los dos pueblos que estaban enfrentados. En el año 601 todavía no se había llegado a un acuerdo. La autoridad de Agustín no era reconocida por los bretones y tampoco estaban dispuestos a evangelizar a los anglosajones. Así que Agustín y sus compañeros se volcaron con más brío en la tarea apostólica. En el 604 murió el papa y ese mismo año se establecía un segundo obispado en Rochester, y quedaban abiertas las puertas a un tercer obispado en Londres. Para ello Agustín contó con la ayuda incondicional de Ethelberto. Pero este nuevo despliegue acontecía cuando este gran apóstol de Inglaterra se hallaba al final de su vida. Murió el 26 de mayo del año 605 dejando en marcha esta magna obra que, aunque impulsada por el pontífice, fue materializada por él.

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San_Gregorio_VII25 de Mayo

San Gregorio VII

Papa ( 1020-1085 )  Nació Hildebrando en Soana, provincia de Siena, hacia el 1020, de una familia pobre. Creció en la ciencia y en la virtud en el monasterio de Santa María, en el Aventino (Roma).   Legado de los papas durante cinco pontificados, dedicó buena parte de su vida en el restablecimiento de la disciplina eclesiástica.

Era solo diácono cuando fue elegido Papa. Ordenado sacerdote y consagrado obispo de Roma en el 1073, se llamó Gregorio VII.   Empleó el resto de su existencia luchando principalmente contra las investiduras y la simonía para lograr la independencia de la Iglesia frente al poder civil.

Tuvo su mayor obstáculo en las relaciones con el emperador Enrique IV.

Murió desterrado en Salerno en el 1085, habiendo dado un impulso decisivo a la reforma de la Iglesia que lleva su nombre.

 

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Beato_Luigi_Zeffirino_Moreau24 de Mayo

Beato Luis Zeferino Moreau

«El buen prelado Moreau, amigo de los pobres, conocido también como el obispo santo, fue singularmente devoto del Sagrado Corazón de Jesús, de María y de José, devoción que se ocupó de difundir. Fue cofundador de las Hermanas de San José»

 

Nació en Bécancour, Quebec, Canadá, el 1 de abril de 1824. Sus padres eran humildes agricultores. Fue el quinto de trece hermanos; dos de ellos no sobrevivieron. Creció siendo un niño «inteligente, piadoso, modesto, apacible y pensativo». Pero al venir al mundo prematuramente desde el principio le acompañó su mala salud. Esta deficiencia hizo que sus progenitores buscaran para él un futuro menos fatigoso que el derivado del trabajo en el campo. El párroco Charles Dion les aconsejó que lo destinaran al estudio. Y, después de aprender las nociones básicas, en 1839 ingresó en el seminario de Nicolet. En una de sus visitas pastorales el arzobispo de Quebec, Joseph Signay, confirmó sus cualidades para ser ordenado. Pero casi a finales de 1845, año y medio más tarde de producirse este encuentro, la debilidad y estrés originado por unas clases que impartía mermaron sus escasas fuerzas y volvió a Bécancour para llevar una vida acorde con su situación, al amparo de la parroquia donde se propuso continuar los estudios eclesiásticos.

 

En 1846 no estaba completamente recuperado, y ello indujo a monseñor Signay a recomendarle que permaneciese con su familia y se olvidara del sacerdocio. Recibió esta noticia consternado. Su vocación era sólida, y sin arredrarse, fortalecido por la fe y en un estado de paz, elevó sus oraciones a Dios y actuó con firmeza. El párroco y formadores del seminario que lo conocían bien no lo abandonaron. Con cartas de recomendación viajaron a Montreal. Luís no tardó mucho en recibir la ayuda del obispo de la ciudad, monseñor Ignace Bourget, quien debiendo viajar a Roma se lo confió a Jean Charles Prince, su secretario y director de la escuela, que poco después sería designado primer obispo de Saint-Hyacinthe. Cuando Bourget regresó, anexionó a Luís al obispado. Prince y él pudieron constatar de primera mano las virtudes que adornaban al beato. Ambos fueron sus benefactores.
Fue ordenado el 19 de diciembre de 1846. Durante seis años estuvo al frente de distintas misiones que le dispusieron para poder asistir convenientemente a Prince en 1852 cuando se hizo cargo de la diócesis de Saint-Hyacinthe en calidad de obispo. Fue secretario y canciller suyo. Tuvo en él a un gran maestro. Como discípulo aventajado, Luís aprendió de su sagacidad pastoral y se nutrió de sus enseñanzas, como después le ocurrió con los tres sucesores de este prelado. Fue párroco de la catedral, procurador del obispado, vicario general, secretario del consejo diocesano, encargado de las finanzas y capellán de varias congregaciones de religiosas, entre otras responsabilidades que desempeñó.
Cuatro veces administró la diócesis en ausencia del prelado titular o durante las épocas en las que la sede estuvo vacante. Todo lo asumió con eficacia, haciéndose acreedor de la confianza que depositaron en él. Era ordenado, un trabajador nato, querido y admirado por todos: laicos, religiosos, sacerdotes y fieles en general. Al fallecer el tercer obispo de Saint-Hyacinthe, Charles Larocque, Pío IX le otorgó esta misma dignidad en noviembre de 1875. En manera alguna quería asumir Luís tan alta misión que le colocaba al frente de la diócesis, pero el papa le rogó que aceptase con generosidad lo que denominó«yugo del Señor». Tomó posesión el 16 de enero de 1876. Tenía entonces 51 años, y rigió la joven diócesis durante más de un cuarto de siglo bajo el lema: Omnia possum in eo qui me confortat «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Flp 4,13).
Era un hombre de oración, de vida sencilla y austera que tenía especial debilidad por los pobres. En el transcurso de su misión episcopal se constató su gran fidelidad a la Iglesia y al papa. En momentos delicados en los que se implicó antepuso su amor por ellos a sus criterios y a los lazos de amistad que le unían a otras personas. Intensa fue su labor pastoral. Reabrió la residencia episcopal, impulsó la construcción de la catedral con los recursos acumulados por su predecesor, abrió las puertas a muchas comunidades religiosas proporcionando a la diócesis la riqueza que conllevan diversos carismas, ayudó social y económicamente a la Unión de San José, un proyecto puesto en marcha por él para sostener a los que quedaron sin trabajo tras el voraz incendio que asoló Saint-Hyacinthe, y prestó su asistencia a los círculos agrícolas. Asimismo fundó, con la colaboración de la venerable Elisabeth Bergeron, las Hermanas de San José con objeto de atender las escuelas rurales de chicos y chicas.
Pasó por esta vida prodigando el bien, abandonado en manos de la divina Providencia. Fue audaz, prudente, solícito y servicial, firme y comprensivo, un apóstol incansable. Estaba disponible para todos. Denunció los desórdenes de la época sin dudarlo. Su cercanía a los sacerdotes y feligreses era fruto de su oración. Reconocido por sus virtudes le asignaron el entrañable apelativo de «el buen monseñor Moreau».Era signo del afecto y gratitud que le profesaban. Este calificativo derivó después en «el obispo santo». El pueblo heredó su devoción por el Sagrado Corazón de Jesús, por María y José, que difundió en todo momento. Incontables personas le buscaron para recibir su consejo. De ello da constancia el valiosísimo e ingente testimonio espiritual plasmado en más de 15.000 cartas. «No haremos bien las grandes cosas si no estamos determinados por una unión íntima con Nuestro Señor», escribió. Hizo vida esta convicción venciendo la fragilidad que le acompañó toda su existencia. Murió enSaint-Hyacinthe el 24 de mayo de 1901. Juan Pablo II lo beatificó el 10 de mayo de 1987.

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San_Crispino-Pietro_Fioretti-da_Viterbo_B23 de Mayo

San Crispín Viterbo

Se llamaba Pedro y era zapatero remendón, un oficio hoy en desuso por arte y parte de la sociedad de consumo. Al entrar en el noviciado de los Capuchinos cambió su nombre por el del patrón de los zapateros: San Crispín.   Su carisma más original es el de la sonrisa y el canto. Como no tenía muchas letras, sus superiores lo colocaron en la cocina, la huerta y la portería; nada de sacristías ni, mucho menos, de bibliotecas: tan solo en los más humildes encargos de su convento, pero, eso sí, cantando y riendo.   Era tan de buen carácter que a algunos de sus hermanos les parecía poco monástico… su palabra discreta y oportuna, su sonrisa siempre amable y su alegría suavemente desbordante hicieron del buen Crispín un consejero exigente en la entrega y comprometedor en la más rigurosa observancia de la vida interior y el servicio al prójimo: “Fortiter in re, suaviter in modo”… O sea, tan serios por dentro para lo sustancial, como alegres por fuera para lo accidental.

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Santa-Rita-de-Cascia22 de Mayo

Santa Rita de Casia

Santa Rita nació en 1381 junto a Casia, su segunda patria, en la hermosa Umbría, tierra de Santos: Benito, Escolástica, Francisco, Clara, Angela, Gabriel… Santa Rita pertenece a esa insigne pléyade de mujeres que pasaron por todos los estados: fue un modelo extraordinario de esposa, de madre, de viuda y de monja.

Por otra parte, pocos santos han gozado de tanta devoción como Santa Rita, Abogada de los imposibles. Su pasión favorita era meditar la Pasión de Jesús.   Se casa con Pablo Fernando, de su aldea natal. Fue un verdadero martirio, Rita acepta su papel: callar, sufrir, rezar. Su bondad y paciencia logran la conversión de su esposo.

Nacen dos gemelos que les llenan de alegría. A la paz sigue la tragedia. Su esposo cae asesinado, como secuela de su antigua vida. Rita perdona y eso mismo inculca a sus hijos. Y sucede ahora una escena incomprensible desde un punto de vista natural.

Al ver que no puede conseguir que abandonen la idea de venganza, pide al Señor se los lleve, por evitar un nuevo crimen, y el Señor atiende su súplica.    Tres veces desea entrar en las Agustinas de Casia, y las tres veces es rechazada.

Por fin, con un prodigio que parece arrancado de las Florecillas, se le aparecen San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino y en voladas es introducida en el monasterio. Es admitida, hace la profesión ese mismo año de 1417, y allí pasa 40 años, sólo para Dios.   Recorrió con ahínco el camino de la perfección, las tres vías de la vida espiritual, purgativa, iluminativa y unitiva. Ascetismo exigente, humildad, pobreza, caridad, ayunos, cilicio, vigilias.

Las religiosas refieren una hermosa Florecilla. La Priora le manda regar un sarmiento seco. Rita cumple la orden rigurosamente durante varios meses y el sarmiento reverdece.   Jesús no ahorra a las almas escogidas la prueba del amor por el dolor. Rita, como Francisco de Asís, se ve sellada con uno de los estigmas de la Pasión: una espina muy dolorosa en la frente.

Hay solicitaciones del demonio y de la carne, que ella calmaba aplicando una candela encendida en la mano o en el pie. Pruebas purificadoras, miradas desconfiadas, sonrisas burlonas. Rita mira al Crucifijo y en aquella escuela aprende su lección.   La hora de su muerte nos la relatan también llena de deliciosos prodigios.

En el jardín del convento nacen una rosa y dos higos en pleno invierno para satisfacer sus antojos de enferma. Al morir, la celda se ilumina y las campanas tañen solas a gloria. Su cuerpo sigue incorrupto.   Cuando Rita murió, la llaga de su frente resplandecía en su rostro como una estrella en un rosal. Era el año 1457.   León XIII la canonizó el 1900.

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San_Eugenio_Mazenod_ASan Carlos José Eugenio de Mazenod

CARLOS JOSÉ EUGENIO DE MAZENOD

LLegó a un mundo que estaba llamado a   cambiar muy rápidamente. Nacido en Aix de Provenza al sur de Francia, el 1 de   agosto de 1782, parecía tener asegurada una buena posición y riqueza en su   familia, que era de la nobleza menor. Sin embargo, los disturbios de la   Revolución francesa cambiaron todo esto para siempre. Cuando Eugerio tenía 8   años su familia huyó de Francia, dejando sus propiedades tras sí, y   comenzó un largo y cada vez más difícil destierro de 11 años de duración.

Los años pasados en Italia

La familia de Mazenod, como refugiados políticos, pasaron por varias   ciudades de Italia. Su padre, que había sido Presidente del Tribunal de   Cuentas, Ayuda y Finanzas de Aix, se vio forzado a dedicarse al comercio para   mantener su familia. Intentó ser un pequeño hombre de negocios, y a medida   que los años iban pasando la familia cayó casi en la miseria. Eugenio   estudió, durante un corto período, en el Colegio de Nobles de Turín, pero   al tener que partir para Venecia, abandonó la escuela formal. Don Bartolo   Zinelli, un sacerdote simpático que vivía al lado, se preocupó por la   educación del joven emigrante francés. Don Bartolo dio a Eugenio una   educación fundamental, con un sentido de Dios duradero y un régimen de   piedad que iba a acompañarle para siempre, a pesar de los altos y bajos de su   vida. El cambio posterior a Nápoles, a causa de problemas económicos, le   llevó a una etapa de aburrimiento y abandono. La familia se trasladó de   nuevo, esta vez hacia Palermo, donde gracias a la bondad del Duque y la   Duquesa de Cannizzaro, Eugenio tuvo su primera experiencia de vivir a lo noble,   y le agradó mucho. Tomó el título de “Conde” de Mazenod,   siguió la vida cortesana y soñó con tener futuro.

Vuelta a Francia: el Sacerdocio

En 1802, a la edad de 20 años, Eugenio pudo volver a su tierra natal y   todos sus sueños e ilusiones se vinieron abajo rápidamente. Era simplemente   el “Ciudadano” de Mazenod, Francia había cambiado; sus padres   estaban separados, su madre luchaba por recuperar las propiedades de la   familia. También había planeado el matrimonio de Eugenio con una posible   heredera rica. Él cayó en la depresión, viendo poco futuro real para sí.   Pero sus cualidades naturales de dedicación a los demás, junto con la fe   cultivada en Venecia, comenzaron a afirmarse en él. Se vio profundamente   afectado por la situación desastrosa de la Iglesia de Francia, que había   sido ridiculizada, atacada y diezmada por la Revolución.

Él llamado al sacerdocio comenzó a manifestársele y Eugenio respondió a   este llamado. A pesar de la oposición de su madre, entró en el seminario San   Sulpicio de París, y el 21 de diciembre de 1811 era ordenado sacerdote en   Amiens.

Esfuerzos apostólicos: los Oblatos de María Inmaculada

Al volver a Aix de Provenza, no aceptó un nombramiento normal en una parroquia, sino que comenzó a ejercer su sacerdocio atendiendo a los que tenían verdadera necesidad espiritual: los prisioneros, los jóvenes, las domésticas y los campesinos. Eugenio prosiguió su marcha, a pesar de la oposición frecuente del clero local. Buscó pronto otros sacerdotes igualmente celosos que se prepararían para marchar fuera de las estructuras acostumbradas y aún poco habituales. Eugenio y sus hombres predicaban en Provenzal, la lengua de la gente sencilla, y no el francés de los “cultos”. Iban de aldea en aldea, instruyendo a nivel popular y pasando muchas horas en el confesonario. Entre unas misiones y otras, el grupo se reunía en una vida comunitaria intensa de oración, estudio y amistad. Se llamaban a sí mismos “Misioneros de Provenza”.

Sin embargo, para asegurar la continuidad en el trabajo, Eugenio tomó la intrépida decisión de ir directamente al Papa para pedirle el reconocimiento oficial de su grupo como una Congregación religiosa de derecho pontificio. Su fe y su perseverancia no cejaron y, el 17 de febrero de 1826, el Papa Gregorio XII aprobaba la nueva Congregación de los “Misioneros Oblatos de María Inmaculada”. Eugenio fue elegido Superior General, y continuó inspirando y guiando a sus hombres durante 35 años, hasta su muerte. Eugenio insitió en una formación espiritual profunda y en una vida comunitaria cercana, al mismo tiempo que en el desarrollo de los esfuerzos apostólicos: predicación, trabajo con jóvenes, atención de los santuarios, capellanías de prisiones, confesiones, dirección de seminarios, parroquias. Él era un hombre apasionado por Cristo y nunca se opuso a aceptar un nuevo apostolado, si lo veía como una respuesta a las necesidades de la Iglesia. La “gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la santificación de las almas” fueron siempre fuerzas que lo impulsaron.

Obispo de Marsella

La diócesis de Marsella había sido suprimida durante la Revolución   francesa, y la Iglesia local estaba en un estado lamentable. Cuando fue   restablecida, el anciano tío de Eugenio, Fortunato de Mazenod, fue nombrado   Obispo. Él nombró a Eugenio inmediatamente como Vicario General, y la mayor   parte del trabajo de reconstruir la diócesis cayó sobre él. En pocos años,   en 1832, Eugenio mismo fue nombrado Obispo auxiliar. Su ordenación episcopal   tuvo lugar en Roma, desafiando la pretensión del gobierno francés que se   consideraba con derecho a intervenir en tales nombramientos. Esto causó una amarga   lucha diplomática y Eugenio cayó en medio de ella con acusaciones,   incomprensiones, amenazas y recriminaciones sobre él. A pesar de los golpes,   Eugenio siguió adelante resueltamente y finalmente la crisis llegó a su fin.   Cinco años más tarde, al morir el Obispo Fortunato, fue nombrado él mismo   como Obispo de Marsella.

Un corazón grande como el mundo

Al fundar los Oblatos de María Inmaculada para servir ante todo a los   necesitados espiritualmente, a los abandonados y a los campesinos de Francia,   el celo de Eugenio por el Reino de Dios y su devoción a la Iglesia movieron a   los Oblatos a un apostolado de avanzada. Sus hombres se aventuraron en Suiza,   Inglaterra, Irlanda. A causa de este celo, Eugenio fue llamado “un   segundo Pablo”, y los Obispos de las misiones vinieron a él pidiendo   Oblatos para sus extensos campos de misión. Eugenio respondió gustosamente a   pesar del pequeño número inicial de misioneros y envió sus hombres a   Canadá, Estados Unidos, Ceylan (Sri Lanka), Sud-Africa, Basutolandia (Lesotho).   Como misioneros de su tiempo, se dedicaron a predicar, bautizar, atender a la   gente. Abrieron frecuentemente áreas antes no tocadas, establecieron y   atendieron muchas diócesis nuevas y de muchas maneras “lo intentaron   todo para dilatar el Reino de Cristo”. En los años siguientes, el   espíritu misionero de los Oblatos ha continuado, de tal modo que el impulso   dado por Eugenio de Mazenod sigue vivo en sus hombres que trabajan en 68   países.

Pastor de su diócesis

Al mismo tiempo que se desarrollaba este fermento de actividad misionera,   Eugenio se destacó como un excelente pastor de la Iglesia de Marsella,   buscando una buena formación para sus sacerdotes, estableciendo nuevas   parroquias, construyendo la Catedral de la ciudad y el espectacular santuario   de Nuestra Señora de la Guardia en lo alto de la ciudad, animando a sus   sacerdotes a vivir la santidad, introduciendo muchas Congregaciones Religiosas   nuevas para trabajar en su diócesis, liderando a sus colegas Obispos en el   apoyo a los derechos del Papa. Su figura descolló en la Iglesia de Francia.   En 1856, Napoleón III lo nombró Senador, y a su muerte, era decano de los   Obispos de Francia.

Legado de un santo

El 21 de mayo de 1861 vio a Eugenio de Mazenod volviendo hacia Dios, a la edad de 79 años, después de una vida coronada de frutos, muchos de los cuales nacieron del sufrimiento. Para su familia religiosa y para su diócesis ha sido fundador y fuente de vida: para Dios y para la Iglesia ha sido un hijo fiel y generoso. Al morir dejó a sus Oblatos este testamento final: “Entre vosotros, la caridad, la caridad, la caridad; y fuera el celo por la salvación de las almas”.

Al declararlo santo la Iglesia, el 3 de diciembre de 1995, corona estos dos   ejes de su vida: amor y celo. Y este es el mayor regalo que Eugenio de Mazenod,   Oblato de María Inmaculada, nos ofrece hoy.

Santoral

hnacrescencia20 de Mayo

Beata María Crescencia Pérez

El 17 de Agosto de 1897, nacía en San Martín, Provincia de Buenos Aires, María Angélica Pérez: 34 años más tarde moría en Vallenar (Chile), un viernes 20 de Mayo la Hermana María Crescencia Pérez.

Entre la aurora y el ocaso, una existencia enteramente vivida ¨en el nombre Del Señor. María Angélica vino al mundo de unos padres profundamente enraizados en la fe, llenos de confianza en la Voluntad de Dios, humanamente íntegros. En ese ambiente familiar de coherencia espiritual y humana, María Angélica fue bendecida por Dios con cualidades excepcionales y con ella fue bendecido el Instituto del Huerto y la Iglesia a la que durante 14 años sirvió.

En el año 1917 hizo su profesión religiosa inundada de paz interior. Esa paz estuvo precedida por sufrimientos diversos como la pobreza familiar y la muerte de su padre que se produjo el mismo día en que ella hizo su profesión religiosa. Aceptó esa muerte con generosidad y dolor contenido. Al consagrarse a Dios nació muy pronto un amor especial a la oración y una extraordinaria capacidad de sufrir. En su apostolado los más beneficiados fueron los enfermos y los pobres, podemos decir que vivió una auténtica vocación: los pobres. A los enfermos les enseñó que en el sufrimiento se esconde una fuerza especial que los acerca a Cristo. Hizo propias las esperanzas, las angustias y las tristezas de las personas que trataban con ella. El supremo mandamiento del Señor ¨Amaos los unos a los otros¨ había arraigado profundamente en ella durante los años de su consagración, vividos en fidelidad al carisma de la congregación. La devoción mariana resplandeció de un modo elocuente en su vida.

Amó y veneró a la Virgen con afecto filial. A ella recurrió en todo momento, especialmente en las situaciones de dificultad y prueba.

Sus fatigas y sufrimientos tuvieron como único objeto trasmitir el gran tesoro de la fe en Jesucristo, único Salvador del mundo.

En su incansable actividad a pesar de su corta vida, sembró una semilla que poco después de su muerte dio abundante fruto.

El amor a Jesús, a María del Huerto, a su Iglesia y al Padre fundador de su Instituto, San Antonio María Gianelli la fueron transformando y así abrazada y consumida por ese fuego interior entregó su vida a Dios. En el umbral del tercer milenio, el testimonio de santidad sencilla y cotidiana de María Crescencia, puede ayudar a muchos a ser como ella.

 

Santoral

San_Felice_da_Cantalice_FSan  Félix de Cantalicio (1513-1587)

La vida de San Félix de Cantalicio es  como un regatillo de agua clara al servicio de Dios. Hay en esta existencia,  del que se puede considerar primer santo capuchino en el siglo XVI, una sublime  sencillez, exponente de un alma transparente, purificada día tras  día por la caridad, que es la forma más pura del amor.

Nace este  interesante ejemplar de la santidad en Cantalicio, en el año 1513.  Cantalicio es una pequeña población italiana del territorio de  Città Ducale, provincia de Umbría. Los padres del Santo eran  pobres y temerosos del Señor. Su padre se llamaba Santo de Carato; su  madre, Santa. ¿Se llamaban así o eran llamados así por su  bondad? De niño, se dedica al pastoreo. Grababa una cruz en una encina,  como un pequeño tallista del símbolo del sacrificio, y ante ella  rezaba muchos rosarios. Junto al trabajo, humilde trabajo de pastor, la  oración.

De esta manera, su trabajo quedaba empenachado de plegarias,  como si las avemarías fuesen salpicando las jornadas de su vigilancia  del ganado. Entra después al servicio de varios labradores. En la casa  de uno de éstos oye leer vidas de santos. Quiere imitar a los penitentes  del desierto, y, al preguntar dónde podría hallar la  fórmula de los anacoretas, alguien le respondió: «En los  capuchinos». Es, entonces, cuando se decide a pedir el hábito en el  convento de Città Ducale.

Parece que el padre guardián, para  probar la vocación del aspirante, recarga las tintas de la penitencia de  los frailes y le dice, mientras le muestra un crucifijo: «Éste es  el modelo a que debe conformar su vida un capuchino». Félix,  enamorado del sacrificio, se arroja a los pies del padre guardián y le  manifiesta que no desea sino una vida del todo crucificada. Enviado al  noviciado de Áscoli, cuando tiene veintiocho años, cae enfermo:  unas pesadas calenturas. Pero un día se levanta de la cama y le dice al  padre guardián que ya no tiene nada. Destinado a Roma, ejerce en la  Ciudad Eterna, durante casi cuarenta años, el cargo de limosnero. A su  compañero de fatigas y de alegrías a lo divino le decía:  «Buen ánimo, hermano: los ojos en la tierra, el espíritu en  el cielo y en la mano el santísimo rosario». Jamás  condescendió con su gusto, y toda su vida fue una constante  renunciación a los pequeños muchos por el gran todo.

Solía  exclamar, recordando una frase que había leído: «O  César o nada». Se ha dicho que sólo hay una tristeza: la de  no ser santo. Sí; la de no ser «césar» de la santidad.  Y llegó a «césar» de Dios por el camino de la santa  simplicidad. ¿En qué consistía la ciencia de este  simpático lego? «Toda mi ciencia –afirmaba– está  encerrada en un librito de seis letras: cinco rojas, las llagas de Cristo, y  una blanca, la Virgen Inmaculada».

Ayunaba a pan y agua las tres cuaresmas  de San Francisco, comía los mendrugos de pan que dejaban los frailes y  dormía tres horas en un lecho de tarima. Pero, como si esto fuera poco  –y lo era para sus aspiraciones–, no se quitaba el cilicio. A pesar  de todo, o, más exactamente, por todo, tenía una contagiosa  felicidad y un buen humor delicioso. Bromeaba a lo divino con su amigo Felipe  de Neri. Uno y otro se saludaban de esta manera:

–Buenos días, fray Félix.  ¡Ojalá te quemen por amor de tu Dios!

–Salud, Felipe. ¡Ojalá te apaleen y te  descuarticen en el nombre de Cristo!

Un fraile que le acompañaba en cierta ocasión,  en visita al cardenal de Santa Severina, dijo a éste que mandase a fray  Félix descargar la limosna. «Señor –respondió el  lego–, el soldado ha de morir con la espada en la mano y el asno con la  carga a cuestas. No permita Dios que yo alivie jamás a un cuerpo que  sólo es de provecho para que se le mortifique». Cuando alguien le  insultaba, replicaba: «¡Que Dios te haga un santo!»

Estaba rezando un día, cuando la imagen de la Virgen  puso al Niño en los brazos de fray Félix. Y así le  pintó Murillo. Son muchas las anécdotas con trascendencia de  eternidad que se cuentan de San Félix de Cantalicio. Su hermano en  religión, padre Prudencio de Salvatierra, recoge algunas verdaderamente  entrañables. En cierta ocasión, iba pidiendo limosna, que era su  oficio cotidiano.

De pronto, siente un cansancio extraordinario. ¿Por  qué le pesaba tanto el morralillo que llevaba a la espalda? Porque  alguien había depositado una moneda de plata en la alforja del santo  mendigo, moneda que le pareció la sonrisa burlona del demonio.  «Este es el peso maldito que no me deja caminar». Y, sacudiendo la  alforja, hizo que la moneda cayese al suelo, para seguir tan sólo con  los regojos a cuestas. Durante las jornadas frías, quizá algunos  religiosos se acercaban al fuego para confortar un poquillo sus cuerpos  ateridos. Mas fray Félix huía del grato calor, a la vez que  decía a su cuerpo: «Lejos, lejos del fuego, hermano asno, porque  San Pedro, estando junto a una hoguera, negó a su Maestro».

Venerable y al mismo tiempo jovial figura, por las calles de Roma, la de este  hermano lego, al que rodeaban los chiquillos para tirarle de las barbas y  curiosear en sus alforjas. El lego, sonriente y hasta riente, enseñaba  el catecismo a los niños, y les daba consejos, les embelesaba con su  palabra dulce y sencilla.

Inventaba coplas religiosas, que en seguida se hacían  populares en la ciudad. Tenía buen oído y voz de barítono.  Lo debía de pasar muy bien cantando, limpio de polvo y paja del menor  gusto. «Dentro del convento sabía unir, por modo maravilloso, la  alegría con el silencio, el trabajo con la oración». Su  hermano fray Domingo decía: «Félix es avaro en sus palabras,  pero lo poco que dice es siempre bueno».

Enferma un fraile, a quien los médicos desahucian.  Pero entra fray Félix en la celda del paciente y profiere unas palabras  como mojadas de humor y frescura celestiales: «Vamos, perezoso,  levántate; lo que a ti te conviene es un poco de ejercicio y el aire  puro del huerto. »En efecto, el frailecico había sanado.

Mas no pensemos que las que pudiéramos llamar  personalidades importantes de aquel tiempo dejaban de acudir a la  «ciencia» del «ignorante» lego. El sabio obispo de  Milán, luego San Carlos Borromeo, solicita de fray Félix algunos  consejos para la reforma del clero diocesano. ¿Qué consejos iba a  dar un pobre lego mendicante a un obispo intelectual? Pues sí; le da  este consejo: «Eminencia: que los curas recen devotamente el oficio  divino. No hay nada más eficaz que la oración para la reforma del  espíritu».

Con empuje de alma inspirada por Dios, dice al cardenal de  la Orden franciscana Montalto, en vísperas de ser elegido para el Solio  Pontificio: «Cuando seas Papa, pórtate como tal para la gloria de  Dios y bien de la Iglesia: porque, si no, sería mejor que te quedaras en  simple fraile». Ya era papa Montalto, con el nombre de Sixto V, cuando una  vez pidió al lego un poco de pan.

Fray Félix busca para el Padre  Santo el mejor panecillo, pero el Papa le replica: «No haga  distinción, hermanito: déme lo primero que salga». Lo  primero que salió fue un mendruguillo negro. El lego toma el regojo y se  lo entrega a Su Santidad con estas palabras: «Tenga paciencia, Santo  Padre; también Vuestra Santidad ha sido fraile». Siempre el humor  junto al amor, siempre la gracia junto a la gracia. En actitud  poéticamente franciscana, repartía pedacitos de pan a los pobres,  a los perros, a los pájaros. A fuerza de oración consigue  librarse de una epidemia, para poder seguir asistiendo a numerosos enfermos.

Con una fidelidad exacta cumple los tres votos  monásticos de su vida religiosa: obediencia, pobreza y castidad.  Respetaba al sacerdote y rendía homenaje a «la dignidad más  sublime de la tierra». Fue fray Félix de Cantalicio un amador  esforzado de la Señora, y cuando, en la calle, los ojos del lego se  encontraban con una imagen de la Virgen, prorrumpía de este modo:  «Querida Madre: os recomiendo que os acordéis del pobre fray  Félix. Yo deseo amaros como buen hijo, pero vos, como buena Madre, no  apartéis de mí vuestra mano piadosa, porque soy como los  niños pequeños, que no pueden andar un paso sin la ayuda de su  madre».

Uno se acuerda de la Balada de las dudas del lego, de  Pemán: «Y, apretando el paso, con simple alegría, corre que  te corre… ¿Qué más oración que el ir mansamente,  por la veredica, con el cantarillo, bendiciendo a Dios?» Fray Félix  no iba con el cantarillo, sino con el talego del pan. Y con las alforjas de su  caridad franciscana.

¿Cómo era en lo físico fray Félix  de Cantalicio? He aquí una semblanza del Santo: «Fue bajo de  cuerpo, pero grueso decentemente y robusto. La frente espaciosa y arrugada, las  narices abiertas, la cabeza algo grande, los ojos vivos y de color que tiraba a  negro; la boca, no afeminada, sino grave y viril; el rostro alegre y lleno de  arrugas; la barba no larga, sino inculta y espesa; la voz apacible y sonora; el  lenguaje de tal calidad que, aunque rústico, por ser simple y humilde,  convertía en hermosura la rusticidad».

Cargado de trabajos, de dolores, pero con una alegría  desbordante, presiente su muerte. Y dice: «El pobre jumento ya no  caminará más». Pretende ir a la iglesia desde el lecho,  arrastrándose, mas se le prohíbe. Recibe los sacramentos, se  queda en éxtasis, vuelve en sí, pide que le dejen solo. Los  frailes le preguntan: «¿Qué ves?» Y él responde:  «Veo a mi Señora rodeada de ángeles que vienen a llevar mi  alma al paraíso». Sin haber entrado en agonía, muere el 18  de mayo de 1587, a los setenta y dos años de edad. Toda la ciudad corre  al convento para besar el cadáver del santo lego y obtener reliquias.

El  papa Sixto V, que testificaba dieciocho milagros, quiso beatificar a fray  Félix, pero no tuvo tiempo. Es Paulo V quien inicia el proceso de  beatificación, que solemnemente será verificado por Urbano VIII.  En 1712, Clemente XI canonizó a fray Félix de Cantalicio.

He aquí una vida colmada hasta los bordes de santa  simplicidad, una vida clara y sencilla, alegre por sacrificada, sublime por  humilde, la vida de un lego capuchino del siglo XVI, cuyo perfume llega hasta  nuestros días con la fragancia de las más puras esencias de la  virtud.

San Félix de Cantalicio, en Año Cristiano, Tomo II,
Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 410-415