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Abre tu corazón al perdón y sé misericordioso como el Padre.

papa-franciscoJesús nos reta a cada uno de nosotros a pensar en cómo responder a la invitación de Dios, a abrir el corazón a su amor reconciliador

En su audiencia general del día miércoles, el Papa Francisco ha enfocado su reflexión en la parábola del hijo pródigo para mostrar así, cómo Dios nos da la bienvenida con un amor incondicional. Incluso en las situaciones más difíciles de nuestra vida.

El Santo Padre comenzó sus reflexiones en la parte de la Escritura en el que el hijo pródigo regresa a casa. A continuación su mensaje

Una ternura desbordada

El hijo pródigo regresa a casa pidiendo perdón por lo que había hecho y le termina diciendo a su padre: “Ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Pero por el contrario, lo único que importa a su padre es que su hijo ha vuelto a casa sano y salvo. Así que corre a abrazarlo, restaura su dignidad, dándole la ropa, sandalias y un anillo en su dedo, y pide una fiesta para celebrar su regreso

El padre se desborda en ternura y misericordia y, de la misma manera, nosotros sabemos que incluso en los momentos más difíciles de nuestra vida, Dios nos espera y anhela para abrazarnos como sus hijos.

Las palabras de Jesús pueden animar a los padres que se preocupan por sus hijos que llegan a ser alienados y tentados por todo tipo de peligros. Ellos pueden ayudar a los sacerdotes y catequistas, quienes se preguntan si su trabajo es en vano. Incluso, ellos también pueden ayudar a los que están en la cárcel, o aquellos que han cometido errores y son incapaces de ver algún futuro para sí mismos.

Dos hijos que no comprenden la misericordia de Dios

Esta parábola habla tanto del hijo pródigo y su hermano mayor, quien también tiene que aprender a aceptar la misericordia del Padre. A pesar de que se ha mantenido en casa con su padre, sus palabras no muestran sensibilidad o pensamiento sino para sí mismo. ¡Qué triste para el padre, con un hijo que se fue y el otro que nunca estaba muy cerca de él!

Tanto el hijo menor, que está esperando ser castigado, y el hijo mayor, que espera una recompensa por su buen comportamiento, no están actuando de acuerdo con el amor de Dios, que sobrepasa la recompensa y el castigo.

La mayor alegría para el Padre

Los dos hermanos no se hablan entre sí, viven vidas diferentes, ninguno de ellos vive de acuerdo con la lógica de Nuestro Señor. Su lógica es revocada por las palabras del padre, “vamos a celebrar con una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado”. La mayor alegría para el padre es ver a sus dos hijos que se reunieron y el reconocimiento del uno al otro como hermanos.

¿Cómo responder a la invitación de Dios?

Esta parábola termina sin que sepamos cómo el hermano mayor responde a la invitación del padre para celebrar el regreso de su hermano.

Jesús nos reta a cada uno de nosotros a pensar en cómo responder a la invitación de Dios, a abrir el corazón a su amor reconciliador y a llegar a ser “misericordiosos como el Padre”

– Papa Francisco
Catequesis, Audiencia General, 11 de mayo de 2016

Fuente: pildorasdefe.net

Eterna es su misericordia

Dios de Misericordia«El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para promulgar el año de gracia del Señor». El Señor vuelve por primera vez a Nazaret durante su vida pública, y se levanta para leer en la sinagoga. Le entregan el libro de Isaías, y proclama este pasaje, que se refiere a Él mismo. Después se sienta y, ante el asombro de todos, apostilla: «hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

SI UNA PALABRA TUVIERA QUE RESUMIR LO QUE SUPONÍA UN JUBILEO PARA EL PUEBLO DE ISRAEL, PODRÍA SER “LIBERTAD”.

Ahí tienen, ante sus ojos, a Aquél que viene de Dios, y es Dios mismo, que viene a quitar el pecado del mundo. Pero los paisanos del Señor no están aún preparados para acogerle, y adoptan una actitud hostil: le echan de la ciudad y le intentan despeñar, como si se tratara de un falso profeta. Entonces Jesús, relata el Evangelio en un giro misterioso, «pasando por medio de ellos, se marchó». Jesús sigue su camino porque nada puede detener el corazón de Dios.

La libertad que solo Dios puede dar

Al convocar un jubileo, la Iglesia se sabe portadora de ese empuje irrefrenable del Señor: la salvación es hoy. «Utinam hodie vocem eius audiatis: nolite obdurare corda vestra, ¡Ojalá escuchéis hoy su voz! No endurezcáis vuestro corazón». En el Antiguo Testamento, una prefiguración de la salvación de Dios es precisamente el año jubilar, que tenía lugar cada 50 años. Al cumplirse «siete semanas de años» -siete veces siete años- se iniciaba un año en el que los esclavos eran liberados, y cada uno volvía a su propiedad y a su familia, porque los hombres no pertenecen a nadie, sino a Dios. Si una palabra tuviera que resumir lo que suponía un jubileo para el Pueblo de Israel, podría ser “libertad”.

Libertad: ¿no está hoy más que nunca esta palabra en boca de todos? Y, sin embargo, muchas veces olvidamos que la libertad, en su sentido más profundo, proviene de Dios. Con su pasión salvadora y su resurrección, Él nos libera de la peor esclavitud: el pecado. «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz».

La fuente de la verdadera libertad está en la misericordia de Dios. Para una lógica meramente mundana, esta afirmación parecería una ingenuidad: se admitiría quizá que un poco de misericordia podría venir bien para dulcificar las relaciones, pero solo después de haber resuelto muchas otras cosas más urgentes. Poner, en cambio, la misericordia en primer lugar, «humanamente hablando es de locos, pero “lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Cor 1, 25)». El mundo la necesita para salir de tantas espirales de resentimiento, de envidia, de frustración; la necesitan las familias, la sociedad.

«Lo débil de Dios»: con el sí del Señor a hacerse hombre, a ser cosido en la Cruz, y a ser recibido en las entrañas de la tierra, surge en el mundo un nuevo germen de libertad que ya no muere más. La resurrección gloriosa de Cristo prolonga a través de los siglos el «año de gracia del Señor» Pero con el trigo crece, hasta el fin del mundo, la cizaña: junto a los signos de la auténtica liberación, se perciben constantemente en la historia los de la esclavitud. Satanás intenta cribarnos como el trigo, pero el Señor ha rogado por Pedro, para que su fe no desfallezca. Y él nos confirma en nuestra fe. A un mundo que suspira por la libertad sin lograr encontrarla, la Iglesia le ofrece incansablemente la misericordia del Señor, que trae consigo «la libertad de los hijos de Dios».

Recogiendo todo un itinerario espiritual de la Iglesia

«En medio de las luces y sombras que aparecen en el caminar de los cristianos, nunca han faltado las intervenciones de la indulgencia divina: por medio del Espíritu Santo que habita en la Iglesia, y con la presencia real de Cristo en la Eucaristía, además de la intercesión siempre actual de la Santísima Virgen, se nos revelan los torrentes de misericordia que se vierten constantemente sobre el mundo». En 2002, san Juan Pablo II -que había dedicado su segunda encíclica, Dives in misericordia, al amor de Dios Padre por los hombres- proclamó el segundo domingo de Pascua como domingo de la divina misericordia, siguiendo una sugerencia de santa María Faustina Kowalska, canonizada por él mismo. «Es preciso transmitir al mundo este fuego de la misericordia. En la misericordia de Dios el mundo encontrará la paz».

LA DECISIÓN DEL PAPA DE CONVOCAR UN JUBILEO DE LA MISERICORDIA RECOGE TODO UN ITINERARIO ESPIRITUAL DE LA IGLESIA, UN IMPULSO DEL ESPÍRITU SANTO PARA EL TIEMPO PRESENTE.

Benedicto XVI se hizo eco muchas veces de esta urgencia de su predecesor. «Como sor Faustina, Juan Pablo II se hizo a su vez apóstol de la Misericordia divina. La tarde del inolvidable sábado 2 de abril de 2005, cuando cerró los ojos a este mundo, era precisamente la víspera del segundo domingo de Pascua, y muchos notaron la singular coincidencia, que unía en sí la dimensión mariana -era el primer sábado del mes- y la de la Misericordia divina. En efecto, su largo y multiforme pontificado tiene aquí su núcleo central; toda su misión al servicio de la verdad sobre Dios y sobre el hombre y de la paz en el mundo se resume en este anuncio». También en la Prelatura se ha dado esa providencial coincidencia: de la mano de la Virgen,Mater misericordiae, discurren juntos el final del Año Mariano de la familia y el inicio del Jubileo de la misericordia.

«El rostro de Dios -decía el Papa Francisco en su primer ángelus- es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia». La decisión con que el Santo Padre habla de la misericordia remite también a su propia vocación. Resulta más elocuente ahora su lema episcopal, «miserando atque eligendo», que mantuvo al ser elegido para la sede de Pedro; son palabras que aluden a la vocación de Mateo: Jesús le miró con mucha misericordia y lo eligió para Él.

«Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia». La decisión del Papa de convocar un Jubileo de la Misericordia recoge, en fin, todo un itinerario espiritual de la Iglesia, un impulso del Espíritu Santo para el tiempo presente. Al día siguiente de abrir la Puerta Santa en San Pedro, el Papa lo explicaba así: «La Iglesia necesita este momento extraordinario. En nuestra época de profundos cambios, la Iglesia está llamada a ofrecer su contribución peculiar, haciendo visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Y el Jubileo es un tiempo favorable para todos nosotros, para que contemplando la Divina Misericordia, que supera todo límite humano y resplandece sobre la oscuridad del pecado, lleguemos a ser testigos más convencidos y eficaces».

La puerta de la misericordia

LA PUERTA SANTA NOS RECUERDA, DE UN MODO MÁS VIVO, DE DÓNDE VIENE LA SALVACIÓN: DEL REDIL DE DIOS, DEL ESPACIO DE DIOS, AL QUE ÉL NOS INVITA A ENTRAR.

«Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia». En el rito de apertura de la Puerta Santa en la basílica de san Pedro se cantó el salmo 117 (118), que se abre y se cierra con este mismo verso. Y con el motivo de la misericordia confluye el de la puerta: «abridme las puertas de la justicia: entraré y daré gracias al Señor. Esta es la puerta del Señor: los justos entrarán por ella».

Desde un punto de vista pragmático, una puerta es a fin de cuentas un simple lugar de paso, que une y distingue dos ambientes. La puerta no parece tener, en sí misma, más importancia. Importantes, son, en todo caso, los ambientes; pero no la puerta. Y sin embargo, el Año santo nos invita a detenernos en este motivo, a verlo como un símbolo de nuestra vida, de nuestra peregrinación en la tierra; a considerar lo que supone atravesar este umbral de esperanza, en expresión querida de san Juan Pablo II.

En la Escritura, la puerta tiene un gran valor simbólico: desde la entrada de la tienda de Abraham, en la que está sentado el Patriarca cuando recibe la visita de Yahveh, pasando por la puerta de la tienda del Encuentro, donde Moisés hablaba cara a cara con Dios, hasta las puertas de la ciudad en la gran visión de Ezequiel. Todas estas referencias convergen en el momento del evangelio de Juan en que el Señor se presenta, Él mismo, como «la puerta de las ovejas».

La Puerta Santa nos recuerda, de un modo más vivo, de dónde viene la salvación: del redil de Dios, del espacio de Dios, al que Él nos invita a entrar. «Como el soldado que está de guardia, así hemos de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso es oración. O como se echa el perrillo, a los pies de su amo». La salvación no viene de lo que nosotros podemos hacer, sino de lo que hace Dios por nosotros. «Fuera de la misericordia de Dios no existe otra fuente de esperanza para el hombre».

Sucede que a veces los hombres pensamos que en realidad no hay puerta que abrir para nuestros problemas, incluso aquellos de carácter más menudo. Sencillamente aspiramos a sobrevivir mal que bien a nuestros miedos y nuestras dificultades. Preferimos quizá no ponerles nombre, preferimos no pensar demasiado en ellos… Porque, aunque estemos mal, no creemos que Dios pueda poner remedio a esas cosas. Con las obras, más que con las palabras, le decimos muchas veces: «no voy a vivir siempre. Déjame, que mis días son como un soplo». Y, sin embargo, Dios «se hace el encontradizo con los que no le buscan»y nos invita a abrir una puerta de esperanza. El Jubileo es «un Año Santo para sentir intensamente dentro de nosotros la alegría de haber sido encontrados por Jesús, que, como Buen Pastor, ha venido a buscarnos porque estábamos perdidos».

Lo que a Dios más le gusta

Estamos, pues, ante un momento especial para experimentar la fuerza liberadora de la misericordia divina, que perdona nuestros pecados y nos abre a los demás hombres: «Este Jubileo, en definitiva, es un momento privilegiado para que la Iglesia aprenda a elegir únicamente “lo que a Dios más le gusta”. Y, ¿qué es lo que “a Dios más le gusta”? Perdonar a sus hijos, tener misericordia con ellos, a fin de que ellos puedan a su vez perdonar a los hermanos, resplandeciendo como antorchas de la misericordia de Dios en el mundo. Esto es lo que a Dios más le gusta».

EL JUBILEO ES «UN AÑO SANTO PARA SENTIR INTENSAMENTE DENTRO DE NOSOTROS LA ALEGRÍA DE HABER SIDO ENCONTRADOS POR JESÚS, QUE, COMO BUEN PASTOR, HA VENIDO A BUSCARNOS PORQUE ESTÁBAMOS PERDIDOS» (PAPA FRANCISCO).

La reconciliación con Dios -que recibimos en la Confesión, sacramento que está puesto en el centro del Año jubilar- abre una puerta para dejar entrar en nuestra vida a quienes nos rodean. Porque la misericordia de Dios no es simple manto que tapa nuestras miserias, sin que en realidad nada cambie en nuestra vida. Al contrario, su misericordia nos transforma radicalmente, nos hace hombres y mujeres misericordiosos como el Padre: lo somos cuando perdonamos a quien nos había ofendido, realizamos quizá con esfuerzo alguna obra de caridad, damos a conocer el mensaje salvador del Evangelio a quien vive lejos del Señor. Acercarse a la misericordia de Dios implica necesariamente convertirse en instrumentos de su compasión hacia quienes nos rodean: «El corazón del Señor es corazón de misericordia, que se compadece de los hombres y se acerca a ellos. Nuestra entrega, al servicio de las almas, es una manifestación de esa misericordia del Señor, no sólo hacia nosotros, sino hacia la humanidad toda»

Carlos Ayxelà

Oración para pedir restauración del amor en el Año Santo de la Misericordia

perdonPorque es deber de gratitud crear una cadena de misericordia tan fuerte como el Amor que tú nos tienes, tan grande como tu paciencia.

El Papa Francisco ha pedido un Año Santo de la Misericordia para ayudar a los fieles de la Iglesia a reconocer que tenemos a un Padre que nos ama, un Padre que está ansioso por darnos a todos su misericordia.

En este Año Santo, tenemos que ser capaces de brindar misericordia a los demás en la medida que somos capaces de recibir la misericordia del Padre.

Es por ellos que el lema escogido por el Santo Padre para el Año de la Misericordia es “ser misericordiosos como el Padre.”

A continuación te presetamos una pequeña oración, que el Padre Guillermo Serra, .L.C ha publicado en su FanPage, en la cual, podemos comenzar a vivir una completa restauración del amor durante este Año Santo de la Misericordia

Oración

Tú me abres Señor una puerta
y llenas de luz mi esperanza gastada
Tú me cargas en tus hombros
y sostienes mi fe cansada

Me recuerdas con ternura mis miserias
Con tu mano tendida que acaricia
Y repites a mi alma
Dame lo mío y toma lo tuyo

¿Qué es lo tuyo Señor?
¿Por qué tengo miedo de este intercambio?
Tú has venido a cargar mis miserias
Y sólo me pides que abra mi puerta

Entras contento como un buen ladrón
Me robas los miedos, rencores y dudas
Y con tu huella profunda me marcas
Dejando una estela de paz infinita

Tu misericordia me levanta
Tu misericordia me limpia
Tu misericordia me alegra
Tu misericordia me da vida

Ven Señor Jesús
Rompe las ataduras del pecado
Venda mis heridas más profundas
Carga mi cuerpo tan cansado
Sana mi alma lastimada

Y que restaurado por tu Amor
Vaya y haga yo lo mismo con mi hermano
Aquél que más me necesita
Aquél que más me ha herido
Aquél que es más temido

Porque es deber de gratitud
Crear una cadena de misericordia
Tan fuerte como el Amor que Tú nos tienes
Tan grande como tu paciencia
Tan brillante como tu ternura

Déjame entrar en tu corazón
Ábreme tu puerta
Para que entrando descubra
A todos mis hermanos
Que lo son por el gran amor
Con que tú nos has perdonado.

¡Amén!


Oración: Padre Guillermo Serra, L.C

Fuente: pildorasdefe.net

Audiencia General

Papa en Plaza San Pedro

El Papa advierte del riesgo de caer en la tentación de la hipocresía, de creernos mejores que los otros, cuando en cambio debemos mirar nuestro pecado y mirar al Señor.

 

Texto completo:

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy queremos detenernos sobre un aspecto de la misericordia bien representado en el Evangelio de Lucas que hemos escuchado. Se trata de un hecho que le sucedió a Jesús cuando era huésped de un fariseo de nombre Simón. Este había invitado a Jesús a su casa porque había oído hablar bien de él, como de un gran profeta.

Mientras estaban sentados comiendo, entra una mujer conocida por todos en la ciudad como pecadora. Esta sin decir una palabra se pone a los pies de Jesús e inicia a llorar; sus lágrimas mojan los pies de Jesús y ella los seca con sus cabellos, después los besa y los unge con aceite perfumado que había llevado consigo.

Resalta el contraste existente entre las dos figuras: la de Simón, celoso servidor de la Ley y aquella de la anónima mujer pecadora. Mientras el primero juzga a los otros en base a las apariencias, la segunda con sus gestos expresa con sinceridad su corazón. Simón a pesar de haber invitado a Jesús, no quiere comprometerse ni involucrar su vida con el Maestro; la mujer al contrario, se confía plenamente a Él, con amor y veneración.

El fariseo no concibe que Jesús se deje ‘contaminar’ por los pecadores, así pensaban ellos. Y piensa que si fuera realmente un profeta debería reconocerlos y tenerlos lejos para no ser manchado, como si fueran leprosos. Esta actitud es típica de un cierto modo de entender la religión y está motivado por el hecho de que Dios y el pecado se oponen radicalmente.

Pero la palabra de Dios enseña a distinguir entre el pecado y el pecador: con el pecado no es necesario hacer compromisos, en cambio los pecadores –o sea todos nosotros– somos como los enfermos que necesitan ser curados, y para curarlos es necesario que el médico se les acerque, los visite, los toque. Y naturalmente el enfermo, para ser curado tiene que reconocer que necesita un médico.

Entre el fariseo y la mujer pecadora, Jesús se alinea con ésta última. Libre de los prejuicios que impiden a la misericordia expresarse, el Maestro la deja hacer, Él, el Santo Dios, se deja tocar por ella sin temor de ser contaminado. Jesús está libre porque cerca de Dios que es Padre Misericordioso.

Más aún, entrando en relación con la pecadora, Jesús termina con aquella condición de aislamiento, a la cual el juicio impío del farseo y de sus conciudadanos la insultaba y condenaba: “Tus pecados te son perdonados”. La mujer ahora puede ‘ir en paz’. El Señor ha visto la sinceridad de su fe y de su conversión: por lo tanto delante a todos proclama: “Tu fe te ha salvado”.

De un lado aquella hipocresía de estos doctores de la Ley, de otra la humildad y sinceridad de esta mujer. Todos nosotros somos pecadores, pero tantas veces caemos en la tentación de la hipocresía, de creernos mejores que los otros y decimos: “Mira tu pecado…”. Todos nosotros en cambio debemos mirar nuestro pecado, nuestras caídas, nuestros errores y mirar al Señor. Esta es la línea de la salvación: la relación entre el ‘yo’ pecador y el Señor. Si yo me siento justo, esta relación de salvación no se da.

A este punto, un estupor aún mayor se apodera de todos los comensales: “¿Quién es este que perdona también los pecados?”. Jesús no da una respuesta explícita, pero la conversión de la pecadora está delante de los ojos de todos y demuestra que en Él resplandece la potencia de la misericordia de Dios, capaz de transformar los corazones.

La mujer pecadora nos enseña la relación entre la fe, el amor y el reconocimiento. Le fueron perdonados “muchos pecados” y por ésto ama mucho. “En cambio a quien se le perdona poco ama poco”. También el mismo Simón tiene que admitir que ama más quién ha sido perdonado más. Dios ha encerrado a todos en el mismo misterio de misericordia y de este amor, que siempre nos precede, todos nosotros aprendemos a amar. Como recuerda san Pablo: “En Cristo, mediante su sangre tenemos la redención, el perdón de las culpas, de acuerdo a la riqueza de su gracia. É la ha derramado abundantemente sobre nosotros”.

En este texto el término “gracia” es prácticamente sinónimo de misericordia, y viene indicada como “abundante”, o sea más allá de nuestras expectativas, porque actúa el proyecto salvífico de Dios para cada uno de nosotros.

Queridos hermanos y hermanas, indiquemos nuestro reconocimiento por el don de la fe, agradezcamos al Señor por su amor tan grande e inmerecido.

Dejemos que el amor de Cristo se derrame en nosotros: a este amor el discípulo llega y sobre éste se funda; de este amor cada uno se puede nutrir y alimentar. Así como en el amor grato que damos a su vez a nuestros hermanos, en nuestras casas, en la familia, en la sociedad se comunica a todos la misericordia del Señor.

Fuente: zenit.org

Sólo quien ama de verdad es capaz de llegar a perdonar: Papa Francisco

baslica-de-santa-mara-la-mayor-roma-1-728La fuerza del perdón es el auténtico antídoto contra la tristeza provocada por el rencor y por la venganza.

La Basílica de Santa María la Mayor, también conocida como Nuestra Señora de las Nieves, es una de las iglesias más antiguas dedicada a la Madre de Dios, y la más grande del mundo. Por lo que fue particularmente apropiada que el Papa la haya elegido, en la Solemnidad de María, la Madre de Dios, para abrir la Puerta Santa, en una de las iglesias más queridas de Roma.

En su homilía, el Santo Padre destacó que esta Puerta Santa es “una puerta de la Misericordia” porque “quien atraviesa ese umbral está llamado a sumergirse en el amor misericordioso del Padre. A continuación sus palabras:

Salve, Mater misericordiae!

Con este saludo nos dirigimos a la Virgen María en la Basílica romana dedicada a ella con el título de Madre de Dios. Es el comienzo de un antiguo himno, que cantaremos al final de esta santa Eucaristía, de autor desconocido y que ha llegado hasta nosotros como una oración que brota espontáneamente del corazón de los creyentes:

“Dios te salve, Madre de misericordia, Madre de Dios y Madre del perdón, Madre de la esperanza y Madre de la gracia, Madre llena de santa alegría”.

En estas pocas palabras se sintetiza la fe de generaciones de personas que, con sus ojos fijos en el icono de la Virgen, piden su intercesión y su consuelo.

María, Madre de misericordia

Hoy más que nunca resulta muy apropiado que invoquemos a la Virgen María, sobre todo como Madre de la Misericordia. La Puerta Santa que hemos abierto es de hecho una puerta de la Misericordia. Quien atraviesa ese umbral está llamado a sumergirse en el amor misericordioso del Padre, con plena confianza y sin miedo alguno; y puede recomenzar desde esta Basílica con la certeza de que tendrá a su lado la compañía de María.

María es Madre de la misericordia, porque ha engendrado en su seno el Rostro mismo de la misericordia divina, Jesús, el Emmanuel, el Esperado de todos los pueblos, el «Príncipe de la Paz» (Is 9,5). El Hijo de Dios, que se hizo carne para nuestra salvación, nos ha dado a su Madre, que se hace peregrina con nosotros para no dejarnos nunca solos en el camino de nuestra vida, sobre todo en los momentos de incertidumbre y de dolor.

María, Madre de Perdón

María es Madre de Dios que perdona, que da el perdón, y por eso podemos decir que es Madre del perdón. Esta palabra –«perdón»– tan poco comprendida por la mentalidad mundana, indica sin embargo el fruto propio y original de la fe cristiana.

El que no sabe perdonar no ha conocido todavía la plenitud del amor. Y sólo quien ama de verdad es capaz de llegar a perdonar, olvidando la ofensa recibida. A los pies de la cruz, María vio a su Hijo ofrecerse totalmente a sí mismo y así dar testimonio de lo que significa amar como Dios ama. En aquel momento escuchó a Jesús pronunciar palabras que probablemente nacían de lo que ella misma le había enseñado desde niño: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»(Lc 23,34). En aquel momento, María se convirtió para todos nosotros en Madre del perdón. Ella misma, siguiendo el ejemplo de Jesús y con su gracia, fue capaz de perdonar a los que estaban matando a su Hijo inocente.

El perdón no conoce límites

Para nosotros, María se convierte en un icono de cómo la Iglesia debe extender el perdón a cuantos lo piden. La Madre del perdón enseña a la Iglesia que el perdón ofrecido en el Gólgota no conoce límites. No lo puede detener la ley con sus argucias, ni los saberes de este mundo con sus disquisiciones.

El perdón de la Iglesia debe tener la misma amplitud que el de Jesús en la Cruz, y el de María a sus pies. No hay alternativa. Y por eso el Espíritu Santo ha hecho que los Apóstoles sean instrumentos eficaces de perdón, para que todo lo que nos ha conseguido la muerte de Jesús pueda llegar a todos los hombres, en cualquier momento y lugar

El perdón renueva la vida

El himno mariano, por último, continúa diciendo: «Madre de la esperanza y Madre de la gracia, Madre llena de santa alegría». La esperanza, la gracia y la santa alegría son hermanas: todas son don de Cristo, es más, son otros nombres suyos, escritos, por así decir, en su carne.

El regalo que María nos hace al darnos a Jesucristo es el del perdón que renueva la vida, que le permite cumplir de nuevo la voluntad de Dios, y que la llena de auténtica felicidad. Esta gracia abre el corazón para mirar el futuro con la alegría de quien espera. Es la enseñanza que proviene del Salmo:

«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. […]Devuélveme la alegría de tu salvación» (51, 12.14).

El perdón sana, libera, devuelve la alegría

La fuerza del perdón es el auténtico antídoto contra la tristeza provocada por el rencor y por la venganza. El perdón nos abre a la alegría y a la serenidad porque libera el alma de los pensamientos de muerte, mientras el rencor y la venganza perturban la mente y desgarran el corazón quitándole el reposo y la paz.

Atravesemos, por tanto, la Puerta Santa de la Misericordia con la certeza de que la Virgen Madre nos acompaña, la Santa Madre de Dios, que intercede por nosotros. Dejémonos acompañar por ella para redescubrir la belleza del encuentro con su Hijo Jesús. Abramos de par en par nuestro corazón a la alegría del perdón, conscientes de ver restituida la esperanza cierta, para hacer de nuestra existencia cotidiana un humilde instrumento del amor de Dios.

Y con amor de hijos aclamémosla con las mismas palabras pronunciadas por el pueblo de Éfeso, en tiempos del histórico Concilio: «Santa Madre de Dios

– Papa Francisco
Homilía en la apertura de la Puerta Santa en al Basílica vaticana de Santa María La Mayor, Ciudad del Vaticano, 01 de enero de 2016

Fuente: Pildorasdefe.net

La Misericordia de Dios no es una devoción azucarada:

12 razones por las que salva el mundo.

En diciembre de 2015 se celebró  en Barcelona el Congreso Cor Iesu, Vultus Misericordiae (www.istomas.org/coriesu), dedicado a la Misericordia de Dios, precisamente en pleno año jubilar de la Misericordia.

Para algunos la Misericordia divina no pasa de ser una devoción azucarada propia de ancianas piadosas, para otros sería una buena expresión de buenismo utópico y poco exigente.

La verdad es muy diferente: estamos ante lo mas nuclear de una Revelación que nos ha mostrado que Dios es Amor.

Frente a las deformaciones e incomprensiones, estas son las 12 razones por las que la Misericordia de Dios salvará al mundo:

1.- Porque nos revela al mismo Dios, que es Amor y nos ama con locura, hasta el punto de entregar a su Hijo a la muerte para abrirnos las puertas del cielo y tenernos junto a Él por toda la eternidad. Aquella locura de amor no se agotó en el Calvario, sino que continúa tan viva hoy como entonces.

2.- Porque la Misericordia divina todo lo puede. Puede incluso borrar los más grandes crímenes, esos que abundan en nuestro mundo, un mundo que ha decidido darle la espalda a Dios.

3.- Porque nosotros somos impotentes, con nuestras propias fuerzas, de llevar, no ya una vida mínimamente digna, sino de ser felices. La Ley sigue siendo una losa para nuestras pobres naturalezas caídas, pero ahorala Misericordia de Dios viene a nuestro rescate y nos da la gracia para poder corresponder al amor de Dios.

4.- Porque las obras que la Misericordia de Dios nos inspira nos muestran el camino del cielo y hacen de este mundo un lugar habitable y no el infierno del todos contra todos que los hombres construimos cada vez que tenemos la oportunidad.

5.- Porque Jesús no quiere que el pecador se condene, sino que se convierta y viva eternamente.

6.- Porque Dios no es un ser lejano al que no le afectan nuestras vidas, sino que nos ama con un Corazón que estalla de amor, un corazón de madre que no duda en pasar las peores penalidades para rescatarnos y darnos un abrazo que todo lo perdona.

7.- Porque Cristo nos salvó con su sangre, la misma sangre que brotó, a través de su costado abierto, de su Corazón de hombre, ese Corazón con el que nos sigue amando sin límite a pesar de todas nuestras traiciones, y esa sangre es lo único que puede lavar todas nuestras miserias.

8.- Porque, lejos de ser un pasaporte para el “todo vale”, la Misericordia de Dios nos mueve a corresponderle, a amarle sin medida, da sentido a nuestra vida y nos da fuerzas para obrar, para seguir el camino estrecho que lleva hasta el cielo y que Cristo nos ha enseñado.

9.- Porque, como le dijo Jesús a santa Faustina, “la humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia”.

10.- Porque quien ponga su confianza en la Misericordia divina, recibirá gracias inimaginables en su vida y la salvación final.

11.- Porque el amor misericordioso de Dios no se guarda nada para sí: quiere que le pidamos muchas cosasporque quiere dar mucho, muchísimo, sin medida.

12.- Porque lo que más gusta a Dios es perdonar a sus hijos, tener misericordia de ellos, para que así nosotros también podamos personar a nuestros hermanos y guiados por la gracia que el Espíritu derrama sobre nosotros, de la mano de la Madre de Dios, seamos dóciles instrumentos en las manos se Jesucristo, el Salvador del Mundo.

(El autor del artículo, Jorge Soley, es miembro del comité ejecutivo del Congreso Cor Iesu en Barcelona, que explora la Misericordia de Dios desde las enseñanzas de Santa Teresita de Lisieux, sus padres San Luis y Celia Martin, Santa Faustina Kowalska y la devoción del Sagrado Corazón. El congreso empiezó el jueves 31 de diciembre 2015 a las 19.30 con el emocionante testimonio de Tim Guénard en la Fundación Balmesiana. Más información en: www.istomas.org/coriesu )

Fuente: Catolic.net

Por: Jorge Soley | Fuente: http://www.religionenlibertad.com/

Audiencia Jubilar del Papa Francisco

Francisco_DanielIbanezACIPrensa_090416Catequesis del Papa Francisco en la Audiencia Jubilar sobre la limosna

El Papa Francisco celebró hoy una nueva Audiencia Jubilar, abordando en esta ocasión el tema de la limosna. “Puede parecer una cosa sencilla dar limosna, pero debemos estar atentos a no vaciar este gesto del gran contenido que posee”, advirtió.

A continuación el texto completo de la Audiencia Jubilar del Papa Francisco sobre la limosna, gracias a la traducción de Radio Vaticano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio que hemos escuchado nos permite descubrir un aspecto esencial de la misericordia: la limosna. Puede parecer una cosa sencilla dar limosna, pero debemos estar atentos a no vaciar este gesto del gran contenido que posee. En efecto, el término “limosna”, deriva del griego y significa precisamente “misericordia”.

La limosna, pues, debería traer consigo toda la riqueza de la misericordia. Y como la misericordia tiene mil caminos, mil modalidades, así la limosna se expresa en tantos modos, para aliviar la dificultad de cuantos se encuentran en necesidad.

El deber de la limosna es antiguo cuánto la Biblia. El sacrificio y la limosna eran dos deberes de los cuales una persona religiosa debía cumplir. Existen páginas importantes en el Antiguo Testamento, donde Dios exige una atención particular por los pobres que, de tanto en tanto, eran los que no poseían nada, los extranjeros, los huérfanos y las viudas.

Y en la Biblia este es un estribillo continuo, ¿eh?: el necesitado, la viuda, el extranjero, el forastero, el huérfano. Es un estribillo. Porque Dios quiere que su pueblo mire a estos hermanos nuestros. Pero, yo diré que están al centro del mensaje: alabar a Dios con el sacrificio y alabar a Dios con la limosna. Junto a la obligación de recordarse de ellos, es dada también una indicación preciosa: «Cuando le des algo, lo harás de buena gana» (Deut 15,10). Esto significa que la caridad exige, sobre todo, una actitud de alegría interior. Ofrecer misericordia no puede ser un peso o un fastidio de la cual liberarse a prisa.

Y cuánta gente se justifica por dar, porque no da la limosna diciendo: “Pero, ¿Cómo será esto? Éste a quien yo daré, irá a comprar vino para emborracharse”. ¡Pero si él se embriaga, es porque no tiene otro camino! Y tú, ¿qué cosa haces a escondidas, cuando nadie ve? Y tú, ¿eres juez de aquel pobre hombre que te pide una moneda para un vaso de vino? Me gusta recordar el episodio del viejo Tobías que, después de haber recibido una gran suma de dinero, llamó a su hijo y lo instruyó con estas palabras: «A todos los que practican la justicia. Da la limosna de tus bienes y no lo hagas de mala gana. No apartes tu rostro del pobre y el Señor no apartará su rostro de ti» (Tob 4,7-8). Son palabras muy sabias que ayudan a entender el valor de la limosna.

Jesús, como hemos escuchado, nos ha dejado una enseñanza insustituible al respecto. Sobre todo, nos pide no dar limosna para ser alabados y admirados por los hombres por nuestra generosidad: “Haz de modo que tu mano derecha no sepa lo que hace tú izquierda”.

No es la apariencia la que cuenta, sino la capacidad de detenerse para mirar en la cara a la persona que pide ayuda. Cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Yo soy capaz de detenerme y mirar en la cara, mirar a los ojos, a la persona que me está pidiendo ayuda? ¿Soy capaz?

No debemos identificar, pues, la limosna con la simple moneda ofrecida a prisa, sin mirar a la persona y sin detenerse a hablar para comprender que cosa tienen verdaderamente necesidad. Al mismo tiempo, debemos distinguir entre los pobres y las diversas formas de mendicidad que no hacen justicia a los verdaderos pobres. En conclusión, la limosna es un gesto de amor que se dirige a cuantos encontramos; es un gesto de atención sincera a quien se acerca a nosotros y pide nuestra ayuda, hecho en el secreto donde solo Dios ve y comprende el valor del acto realizado. Pero, dar limosna también debe ser para nosotros una cosa que sea un sacrificio.

Yo recuerdo una mamá: tenía tres hijos; de seis, cinco y tres años, más o menos. Y siempre enseñaba a sus hijos que se debía dar limosna a aquellas personas que la pedían. Estaban almorzando; cada uno estaba comiendo un filete a la milanesa, como se dice en mi tierra, “apanado”. Y tocan a la puerta, el mayor va a abrir y regresa: “Mamá, hay un pobre que pide comer, ¿Qué hacemos?”. “¡Le damos – los tres – le damos!”. “Bien: toma la mitad de tu filete, tú toma la otra mitad, tú la otra mitad, y hacemos dos sándwiches”. “¡Ah no, mamá, no!”. “¿Ah, no?”, tú, da de lo tuyo. Tú da de aquello que te cuesta. Esto es involucrarse con el pobre. Yo me privo de algo mío para darte a ti. Y a los padres, atentos. Eduquen a sus hijos a dar limosna, a ser generosos con aquello que tienen.

Hagamos nuestras entonces las palabras del apóstol Pablo: «De todas las maneras posibles, les he mostrado que así, trabajando duramente, se debe ayudar a los débiles, y que es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: “La felicidad está más en dar que en recibir”». (Hech 20,35; Cfr. 2 Cor 9,7). ¡Gracias!

Fuente: AciPrensa

Catequesis del Papa sobre la Misericordia de Dios en el Nuevo Testamento

PAPA-FRANCISCOEl Papa Francisco, luego de haber reflexionado sobre la misericordia de Dios en el Antiguo Testamento, inició este miércoles las catequesis sobre cómo Jesús llevó a su pleno cumplimiento esta misericordia en el Nuevo Testamento, con “un amor que alcanza su culmen en el Sacrificio de la Cruz”.

A continuación el texto completo gracias a la traducción de Radio Vaticana:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Después de haber reflexionado sobre la misericordia de Dios en el Antiguo Testamento, hoy iniciamos a meditar sobre como Jesús mismo lo ha llevado a su pleno cumplimiento. Una misericordia que Él ha expresado, realizado y comunicado siempre, en cada momento de su vida terrena. Encontrando a la gente, anunciando el Evangelio, curando a los enfermos, acercándose a los últimos, perdonando a los pecadores, Jesús hace visible un amor abierto a todos: ¡ninguno está excluido! Abierto a todos sin límites. Un amor puro, gratuito, absoluto. Un amor que alcanza su culmen en el Sacrificio de la Cruz. ¡Sí, el Evangelio es de verdad el “Evangelio de la Misericordia”, porque Jesús es la Misericordia!

Los cuatro Evangelios afirman que Jesús, antes de iniciar su ministerio, quiso recibir el bautismo de Juan Bautista. Este acontecimiento imprime una orientación decisiva en toda la misión de Cristo. De hecho, Él no se ha presentado al mundo en el esplendor del templo: podía hacerlo, ¿eh? No se ha hecho anunciar al son de trompetas: podía hacerlo. Ni mucho menos ha venido en las vestiduras de un juez: podía hacerlo. En cambio, después de treinta años de vida oculta en Nazaret, Jesús se acercó al río Jordán, junto a tanta gente de su pueblo, y se puso en la fila con los pecadores. No ha tenido vergüenza: estaba ahí con todos, con los pecadores, para hacerse bautizar.

Por lo tanto, desde el inicio de su ministerio, Él se ha manifestado como Mesías que asume la condición humana, movido por la solidaridad y la compasión. Como Él mismo afirma en la sinagoga de Nazaret identificándose con la profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». Todo lo que Jesús ha realizado después del bautismo ha sido la realización del programa inicial: traer a todos el amor de Dios que salva. Jesús no ha traído el odio, no ha traído la enemistad: ¡nos ha traído el amor! ¡Un amor grande, un corazón abierto a todos, a todos nosotros! ¡Un amor que salva!

Él se ha hecho prójimo con los últimos, comunicando a ellos la misericordia de Dios que es perdón, alegría y vida nueva. ¡El Hijo enviado por el Padre, Jesús, es realmente el inicio del tiempo de la misericordia para toda la humanidad! Todos aquellos que estaban presentes en la orilla del Jordán no entendieron enseguida el significado del gesto de Jesús. El mismo Juan el Bautista se sorprendió de su decisión. ¡Pero el Padre celeste no! Él hizo oír su voz desde lo alto: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección». De este modo el Padre confirma el camino que el Hijo ha iniciado como Mesías, mientras desciende sobre Él como una paloma el Espíritu Santo. Así el corazón de Jesús late, por así decir, al unísono con el corazón del Padre y del Espíritu, mostrando a todos los hombres que la salvación es el fruto de la misericordia de Dios.

Podemos contemplar todavía más claramente el gran misterio de este amor dirigiendo la mirada a Jesús crucificado. Mientras está por morir inocente por nosotros pecadores, Él suplica al padre: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Es en la cruz que Jesús presenta a la misericordia del Padre el pecado del mundo: ¡el pecado de todos! Mis pecados, tus pecados, los pecados. Es ahí, en la cruz, que Él los presenta. Y con ella todos nuestros pecados son borrados. Nada ni nadie queda excluido de esta oración sacrificial de Jesús. Esto significa que no debemos temer en reconocernos y confesarnos pecadores. Pero, cuantas veces nosotros decimos: “Éste es un pecador, éste ha hecho esto, aquello…” y juzgamos a los demás. ¿Y tú? Cada uno de nosotros debería preguntarse: “si éste es un pecador. ¿Y yo?”. Todos somos pecadores, pero todos somos perdonados: todos tenemos la posibilidad de recibir este perdón que es la misericordia de Dios.

No debemos temer, pues, de reconocernos pecadores, confesarnos pecadores, porque todo pecado ha sido llevado por el Hijo en la cruz. Y cuando nosotros lo confesamos arrepentidos confiando en Él, estamos seguros de ser perdonados. ¡El sacramento de la Reconciliación hace actual para cada uno la fuerza del perdón que brota de la Cruz y renueva en nuestra vida la gracia de la misericordia que Jesús nos ha traído! No debemos temer nuestras miserias: no debemos temer a nuestras miserias. Cada uno de nosotros tiene las suyas. La potencia del amor del Crucificado no conoce obstáculos y no se acaba jamás. Y esta misericordia borra nuestras miserias.

Queridos, en este Año Jubilar pidamos a Dios la gracia de tener experiencia de la potencia del Evangelio: Evangelio de la misericordia que transforma, que nos hace entrar en el corazón de Dios, que nos hace capaces de perdonar y de mirar al mundo con más bondad. Si acogemos el Evangelio del Crucificado Resucitado, toda nuestra vida es plasmada por la fuerza de su amor que renueva. ¡Gracias!

Fuente: AciPrensa

¿Cómo ser un verdadero apóstol de misericordia?

PapaFranciscoMisPapa Francisco lo explica en su Jubileo

“Ser apóstoles de misericordia significa tocar y acariciar las llagas de Jesús, presentes también hoy en el cuerpo y en el alma de muchos hermanos y hermanas suyos”, dijo el Papa Francisco en la homilía que pronunció esta mañana.

Miles de personas se reunieron hoy en la Plaza de San Pedro para participar en la Misa del Jubileo de las personas que se adhieren a la espiritualidad de la Divina Misericordia, que presidió el Papa Francisco.

“Toda enfermedad puede encontrar en la misericordia de Dios una ayuda eficaz”, dijo para agregar a continuación: “De hecho, su misericordia no se queda lejos: desea salir al encuentro de todas las pobrezas y liberar de tantas formas de esclavitud que afligen a nuestro mundo”.

El Papa indicó que “todos estamos llamados a ser escritores vivos del Evangelio, portadores de la Buena Noticia a todo hombre y mujer de hoy”.

“El camino que el Señor resucitado nos indica es de una sola vía, va en una única dirección: salir de nosotros mismos, para dar testimonio de la fuerza sanadora del amor que nos ha conquistado”.

Por eso Dios “quiere llegar a las heridas de cada uno, para curarlas”. “Al curar estas heridas, confesamos a Jesús, lo hacemos presente y vivo; permitimos a otros que toquen su misericordia y que lo reconozcan como ‘Señor y Dios’ (cf. v. 28), como hizo el apóstol Tomás”.

“El Evangelio de la misericordia continúa siendo un libro abierto, donde se siguen escribiendo los signos de los discípulos de Cristo, gestos concretos de amor, que son el mejor testimonio de la misericordia”.

Francisco explicó que una manera de anunciar esta Buena Noticia es realizar “las obras de misericordia corporales y espirituales, que son el estilo de vida del cristiano” porque “por medio de estos gestos sencillos y fuertes, a veces hasta invisibles, podemos visitar a los necesitados, llevándoles la ternura y el consuelo de Dios”.

“Se sigue así aquello que cumplió Jesús en el día de Pascua, cuando derramó en los corazones de los discípulos temerosos la misericordia del Padre, el Espíritu Santo que perdona los pecados y da la alegría”.

El Papa destacó la necesidad de “salir de nosotros mismos” porque “Cristo, que por amor entró a través de las puertas cerradas del pecado, de la muerte y del infierno, desea entrar también en cada uno para abrir de par en par las puertas cerradas del corazón”.

El Santo Padre también manifestó que “el Evangelio de la misericordia, para anunciarlo y escribirlo en la vida, busca personas con el corazón paciente y abierto, ‘buenos samaritanos’ que conocen la compasión y el silencio ante el misterio del hermano y de la hermana; pide siervos generosos y alegres que aman gratuitamente sin pretender nada a cambio”.

“Hemos nacido en Cristo como instrumentos de reconciliación, para llevar a todos el perdón del Padre, para revelar su rostro de amor único en los signos de la misericordia”.

Fuente: AciPrensa